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“Una relación no se crea solo con apetito sexual”: ¿es realmente problemático que mi pareja consuma pornografía?

Foros estadounidenses como Reddit están repletos de usuarios preguntándose si el consumo de pornografía cuando se tiene pareja estable puede considerarse infidelidad. Además, desde hace años, los americanos están preocupados por el efecto del porno en sus matrimonios e incluso la revista Science recoge estudios que hallan correlación entre el aumento en el consumo de pornografía y el de la tasa de divorcios. En Forocoches y Cotilleando —espacios en español equivalentes a Reddit—, la cuestión también surge de tanto en tanto y revela todo tipo de temores e inseguridades: “¿Es un problema que mi compañero o compañera consuma pornografía?”. “¿Y que use juguetes eróticos?”. Aunque la pregunta suele remitir a ciertas heridas (el mito del amante insatisfecho o el de la traición, aunque sea como fantasía) a menudo recoge una preocupación más profunda: “¿Y si es problemático por el efecto que tiene sobre el imaginario de mi compañero, por tanto, sobre mis prácticas junto a él?”.

Las respuestas son tantas como los individuos que se lo preguntan. En primer lugar, porque acercarse estas cuestiones implica definir qué es una pareja y qué es una infidelidad y ambos conceptos están sujetos a continuas disputas culturales, sociales o políticas…, por supuesto, a una negociación en cada caso. Pero asumiendo que existe un modelo de relación monógama (sea hetero u homosexual), definido por cierta continuidad y compromisos, el de la infidelidad en tiempos de Internet es un terreno todavía más resbaladizo.

Las redes funcionan como un almacén de potencial erótico ilimitado. Frente a la pantalla, cada individuo se encuentra ante un mercado del sexo donde sus posibilidades son infinitas. El éxito de Hay más cuernos en un “buenas noches”, una de las columnas más celebradas y compartidas de Manuel Jabois en EL PAÍS, parece indicar que la mayoría de jóvenes contemporáneos identifica “implicación emocional” con “cuernos”, mientras que otro tipo de contactos más físicos pero casi mecánicos perderían importancia frente a ella.

No obstante, la industria del placer virtual hace tiempo que rompió la barrera entre el onanista solitario y la imagen que consume. De esta forma, además de la reproducción de imágenes eróticas, el porno online hoy implica webcams donde el espectador interactúa con la persona (o el cuerpo) al otro lado, redes sociales de intercambio de imágenes amateur y todo tipo de foros y chats donde nunca está del todo claro quién está detrás de cada nick (o apodo). Por eso, hoy cualquier debate sobre pornografía y relaciones afectivas implica discutir también sobre la identidad virtual, es decir, sobre quién es la persona que navega por Internet: ¿es realmente mi novio quien participa con su cuerpo pero sin su nombre en Chatroulette?

Equilibrio o malestar

La pornografía no es neutral. En Pornocracia, Jorge Dioni advierte de que esta industria ya no imita o representa la sexualidad, sino que la sexualidad contemporánea intenta emular la coreografía pornográfica, cada vez más violenta y sexista., esto no es inocuo, al menos según la mayoría de especialistas. Por ejemplo, la antropóloga y socióloga Andrea García-Santesmases escribe en Un nuevo contrato sexual que esta transformación de la pornografía “de objeto masturbatorio destinado al consumo rápido” a “guía para las prácticas sexuales”, “resulta especialmente dañina para el público más joven (sobre todo, para las consumidoras femeninas), cuyas primeras experiencias sexuales están mediadas por un consumo previo que repercute de manera negativa en su autoestima”. La propia García Santesmases explica a ICON que considera que tanto el imaginario romántico como el sexual “están colonizados” por imaginarios normativos y machistas. “Hay espacio para la agencia y la resistencia, pero es difícil. Entonces, el imaginario que protagoniza y reproduce y perpetúa el porno más consumido es uno que erotiza la desigualdad y sexualiza la violencia contra las mujeres”.

“Una persona puede masturbarse, utilizar juguetes sexuales o consumir porno y mantener simultáneamente relaciones sexuales y afectivas satisfactorias”

Loola Pérez, sexóloga

La sexóloga Loola Pérez reconoce que muchas veces ha encontrado en su consulta a parejas con problemas derivados del consumo de pornografía. Ella advierte de que la oferta pornográfica proporciona “gratificación sexual a demanda, altamente controlable, repetible, sin riesgo de rechazo interpersonal y muchas veces, personalizada”. “En determinadas personas, especialmente si el consumo funciona como estrategia habitual para evitar soledad, ansiedad, frustración o dificultades relacionales, puede establecerse un circuito de refuerzo en el que aislamiento y consumo pueden retroalimentarse”. “Una relación humana tiene unas consecuencias psicológicas que un producto erótico elimina, pues éste acaba con la incertidumbre, la negociación, la vulnerabilidad emocional, la reciprocidad, el rechazo, el conflicto o el compromiso”, continúa la sexóloga, que, sin embargo, no es apocalíptica: “También una persona puede masturbarse, utilizar juguetes sexuales o consumir porno y mantener simultáneamente relaciones sexuales y afectivas satisfactorias. Incluso dentro de una pareja los juguetes pueden formar parte de una actividad sexual compartida y consensuada”.

Por eso, Pérez se centra en la necesidad de desterrar ciertos mitos sexoafectivos relacionados con la masturbación y el deseo: “Todavía persiste la creencia de que ser pareja consiste en entregar nuestra vida erótica al otro, en exclusividad. Desde ahí, la masturbación resulta sospechosa para muchas parejas, no por lo que se hace, sino por lo que revela: hay una parte de mi sexualidad que no te necesita, en la que no eres protagonista y sobre la que no tienes poder ni control. Aunque muchos mitos del amor romántico hayan perdido fuerza, la pareja moderna continúa creyendo que el otro es un destino inagotable y único de deseo. Otro de los mitos que sigue ahí es la creencia de que, si se fantasea, realmente la persona quiere hacerlo. La fantasía no es una declaración de intenciones, ni un plan, ni siquiera una exigencia a una pareja”.

“También hay mitos que conectan mucho con el género. Por ejemplo, creer que una mujer sexualmente satisfecha no necesita una sexualidad propia”, continúa Pérez. “Las mujeres no necesitan que un hombre las seduzca o las haga sentir deseadas para desear, sino que pueden crear mundos eróticos propios. En general, muchos hombres heterosexuales creen que si su pareja se masturba es porque no son sexualmente suficientes para ellas. Quizá por eso muchas mujeres lo ocultan, para evitar esa posible lectura y que el hombre vea dañado su ego. La descripción de las mujeres con sujetos sexuales deseantes ha sido tradicionalmente peyorativa y culturalmente sospechosa”.

La necesidad de compartirlo todo

“La masturbación sigue siendo un poco tabú dentro de la pareja, se piensa que sería innecesaria, porque si la pareja tiene sexo ya habrían logrado esa satisfacción completa (y la masturbación dibujaría hombres o mujeres insaciables), si no tiene sexo, la masturbación sería la evidencia palpable de que la relación es un fracaso”, comenta García-Santesmases que pone como ejemplo la reciente película La invitación, donde una pareja muy liberada pregunta a otra que no mantiene relaciones entre sí, si tendrían sexo con ellos mismos, a lo que contestan: “Claro que tengo sexo conmigo mismo o conmigo misma, si es lo único que tengo”, y esta respuesta aparece como hilarante y patética.

“El apetito sexual masculino no puede ser el centro de una relación, no podemos imponer nuestros gustos y el conjunto de nuestras fantasías a la otra persona o personas con las que establecemos relaciones sexoafectivas”

Nacho M. Segarra, autor de ‘Self porn’

“El mito de que hay que confesar toda nueva vida sexual a nuestra pareja para que no se sienta excluido resulta además problemático con respecto a la masturbación” confirma Pérez. “Nuestra cultura romántica defiende que el verdadero amor no oculta nada, sin embargo, el amor o las relaciones sanas necesitan de privacidad para proteger nuestra intimidad sexual. La privacidad erótica no debería entenderse como una deslealtad”, zanja al respecto.

En Self Porn, el historiador y especialista en género Nacho M. Segarra explica cómo las redes sociales han convertido a todos los usuarios en productores además de espectadores de su propia pornografía. Además, esa dinámica habría influido también en el ideal de amor. Tal y como Segarra explica a ICON: “Buscamos un espectador o una espectadora total. Alguien que sepa cómo nos comportamos en todas las esferas porque se lo hemos contado todo y porque nos ha visto siempre”. Segarra recupera un concepto del sociólogo Erving Goffman y habla de un “colapso de las esferas” provocado por la socialización online: “Él decía que todos tenemos un frontstage y un backstage [algo así como un escenario y unas bambalinas]. Y en las interacciones sabemos qué papel estamos representando. En cierto modo, las redes sociales nos llevan al colapso de las de las categorías y las esferas, porque nos piden que nos exhibamos y hacen que cada vez sea más difícil separar el ámbito laboral del de los colegas, del ámbito familiar o del amoroso”.

Con todo, el escritor nos recuerda que la mayoría de nuestros secretos “son muy banales, no dan para melodrama”. Así que, por un lado, “los miembros de una relación necesitan también espacios personales y privados para seguir experimentando porque nuestros deseos con el tiempo cambian”. Pero, por otro, “hay que explorar otras formas de porno, también otras formas de ser pornotero; porque el apetito sexual de los hombres, y si me apuras, el apetito sexual de los hombres cisheteros, no es una base suficientemente sólida para crear una relación”.

En febrero de 2025, el CIS ofreció una detallada encuesta sobre aquello que los españoles consideran infidelidad. Los resultados fueron completamente distintos entre jóvenes y mayores, algo que para García-Santesmases demuestra que este es un terreno donde siempre existirá cierta tensión: “Es la que existe en torno a la monogamia y a los roles de género. El contrato sexual está en disputa y hay quienes plantean algo nostálgico (volvamos a prohibir absolutamente la infidelidad, la monogamia es la forma más natural e incluso se dice que solo debe votar el cabeza de familia), al mismo tiempo, hay quienes proponen ese nuevo contrato sexual que está por definir”, comenta.

Definir ese nuevo contrato sexual parece una tarea para cada pareja, desterrando clichés y renunciando a etiquetas despectivas; pero también para cada individuo, que debe construir una intimidad sana. “No podemos ser tan heterobásicos como para pensar que los hombres somos unos masturbadores constantes y furtivos y que las mujeres solo quieren amor. Yo también rechazo esa imagen del consumidor pasivo o furtivo”, comenta Segarra. “Pero sigo repitiendo: el apetito sexual masculino no puede ser el centro de una relación, no podemos imponer nuestros gustos y el conjunto de nuestras fantasías a la otra persona o personas con las que establecemos relaciones sexoafectivas. Hay ciertas cosas que tienen que quedarse en el terreno de la fantasía, no es necesario compartir todo nuestro imaginario sexual con la pareja, tenemos que encontrar espacios individuales y personales para seguir explorando”.

Así que, como norma general, Loola Pérez ofrece un consejo: “Antes de juzgar la vida erótica virtual de una persona, especialmente cuando no hemos establecido acuerdos claros, es fundamental preguntarle qué significa esa interacción para ella. En su respuesta quizá encontremos que su comportamiento no va de ser infiel sino de vivir fantasías de forma segura, de búsqueda de validación, de respiro ante la rutina o de búsqueda de estímulos ante problemas personales… y no tanto de una aventura perpetrada en secreto”, concluye la sexóloga.



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