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Las mujeres campesinas son las guardianas tanto de Pachamama como de la soberanía alimentaria


Desde las abuelas hasta mi propia madre, la fuerza de las mujeres siempre ha sostenido la agricultura campesina, aunque su aporte ha permanecido invisible. A través de nuestros saberes ancestrales y de prácticas agroecológicas responsables hemos cuidado la Pachamama y la biodiversidad, alimentado a nuestras familias y comunidades, sostenido la soberanía alimentaria, el comercio justo y los derechos colectivos, y valorado la organización social.

A lo largo de mi vida, las mujeres hemos ganado, poco a poco, mayor visibilidad y espacios de participación y reconocimiento. A los 15 años rompí barreras al ser parte de la dirigencia y encargarme de Actas y Comunicación dentro del proceso organizativo de mi comunidad. Esta responsabilidad fortaleció mi liderazgo y abrió caminos para una participación activa.

La World Food Prize Foundation me ha reconocido como pionera agroalimentaria en el Año Internacional de la Agricultora. Este reconocimiento no es solo para mí. También pertenece a las mujeres que iniciaron este camino, a la Asociación de Productores Agroecológicos de Cotopaxi, a la Feria De la Mata a la Olla, a mi familia, a las comunidades que mantienen vivos estos saberes ancestrales, a todo el pueblo kichwa panzaleo, a todas y todos los campesinos que producen alimentos y a quienes trabajan en la agroecología cuidando la vida.

Sin embargo, mientras empezamos a superar las barreras de la desigualdad de género, enfrentamos nuevos desafíos derivados del cambio climático, que aumenta la vulnerabilidad de las agricultoras y profundiza las inequidades.

Históricamente, las mujeres hemos enfrentado mayores obstáculos para acceder a la tierra, el agua, la asistencia técnica, la educación, la información y la toma de decisiones. Ahora, el cambio climático ralentiza o frena el trabajo organizativo dirigido a lograr mayores avances.

En Ecuador, el cambio climático ha transformado profundamente la vida de las comunidades rurales: genera pérdidas económicas, aumenta los costos de producción, disminuye los caudales de agua, degrada el suelo y causa la pérdida de saberes ancestrales por la alteración del ciclo agrícola. Mientras tanto, la amenaza de un próximo fenómeno de El Niño de gran intensidad podría alterar aún más los ciclos agrícolas y acelerar la degradación del suelo y las pérdidas de animales.

Ante esta realidad, nuestro desafío consiste en defender nuestra forma de vida y de producción, la agroecología, que constituye una respuesta al cambio climático. Para ello, necesitamos garantizar nuestros derechos y su cumplimiento.

Las mujeres de las comunidades hemos demostrado que la agroecología funciona y protege la soberanía alimentaria, incluso frente al actual sistema económico destructivo

Las mujeres de las comunidades hemos demostrado que la agroecología —una forma de agricultura que trabaja con la naturaleza, no contra ella— funciona y protege la soberanía alimentaria, incluso frente al actual sistema económico destructivo.

La formación que las socias de la organización y yo recibimos en la Escuela de Agroecología, junto con la recuperación de conocimientos ancestrales, ha permitido afianzar la producción sostenible y la conservación del agua, la tierra y las semillas. Estas prácticas abren un camino hacia la construcción de sistemas alimentarios sostenibles sin destruir los recursos naturales ni agravar el cambio climático.

Con el apoyo de Heifer International pudimos impulsar los circuitos cortos de comercialización a través de nuestra Feria Agroecológica ‘De la Mata a la Olla’. Este espacio propicia un encuentro más justo entre el campo y la ciudad, beneficia directamente a quienes producen y brinda alimentos nutritivos, producidos de manera sostenible y acordes con nuestra cultura.

El establecimiento de la feria ha sido un camino difícil. Desde el inicio enfrentamos la discriminación y la desvalorización del trabajo agrícola de las mujeres, la desigualdad en el acceso a espacios de comercialización y los conflictos derivados de las normas culturales patriarcales. Perseveramos gracias a la solidaridad, el trueque, el intercambio de saberes y la construcción de una confianza colectiva capaz de transformar vidas.

De siete mujeres pasamos a 20, luego a 50 y hoy somos 120 productoras y productores organizados. Este crecimiento fortaleció los ingresos familiares, posicionó la agroecología como una alternativa económica viable e impulsó la autonomía financiera de las mujeres rurales. Hoy, la feria es una de las más importantes de la ciudad para comercializar alimentos producidos de manera sostenible. También demuestra cómo las mujeres nos organizamos y somos capaces de decidir sobre nuestro propio futuro.

Existe evidencia de que los conocimientos indígenas y la agroecología contribuyen a la construcción de sistemas alimentarios sostenibles, pero todavía no se valoran ni reconocen lo suficiente. Las agricultoras cumplen un papel fundamental frente a la destrucción de la naturaleza, el avance del cambio climático, la inseguridad alimentaria y el acaparamiento de los recursos naturales.

El Estado ecuatoriano reconoce los Derechos de la Naturaleza; sin embargo, esto no ha significado un impulso para la agroecología. Pese a ello, las mujeres de la asociación hemos logrado convertirla en una realidad. Nuestra experiencia ofrece aprendizajes y conocimientos que pueden incorporarse tanto a las políticas públicas como a nuestra forma de vida para proteger la soberanía alimentaria.

Las comunidades indígenas necesitamos que se reconozcan nuestros territorios, que se legalice la tierra para quienes producen y que se protejan nuestros derechos sobre la tierra y el agua

Necesitamos mayor protección para nuestras tierras y nuestros derechos. También necesitamos que nuestras experiencias exitosas sean respetadas y se repliquen en otras comunidades.

Las comunidades indígenas necesitamos que se reconozcan nuestros territorios, que se legalice la tierra para quienes producen y que se protejan nuestros derechos sobre la tierra y el agua. Esto incluye preservar los páramos y las fuentes de agua que nos sostienen, sobre los cuales avanza con frecuencia la industria extractiva. La biodiversidad del Ecuador es una de nuestras mayores riquezas y debemos protegerla.

También necesitamos incorporar la agroecología en la política agrícola nacional y dejar de tratarla como un proyecto secundario o un recurso discursivo. La agroecología no puede revertir por sí sola una crisis provocada, pero su potencial todavía no se ha aprovechado plenamente.

Por último, necesitamos abrir más espacios para el liderazgo de las mujeres. Las mujeres de Cotopaxi hemos demostrado qué significa cuidar la tierra y defender la soberanía alimentaria. Podemos llevar estos aprendizajes a otros territorios.

No todas las formas de agricultura son iguales. Las mujeres que producimos hemos demostrado que la agroecología puede sostener la vida y alimentar a todas las personas sin destruir el ambiente.

Desde las dificultades que soportó mi madre hasta la esperanza y la inspiración que hoy transmito a mi hija, las mujeres hemos alcanzado enormes logros al trabajar con la naturaleza, no contra ella. Imaginemos cuánto más podríamos lograr juntas.


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