Un programa encubierto de la CIA estuvo detrás de los ataques contra pescadores cerca de las Galápagos, reporta ‘The Washington Post’
Un programa encubierto de la CIA estaría detrás del misterio de los ataques contra barcos pesqueros ecuatorianos cerca de las islas Galápagos que se han registrado desde comienzos de año, según reveló The Washington Post, citando fuentes con conocimiento de la operación. Los ataques, ocurridos en tres ocasiones entre enero y marzo, han dejado al menos ocho pescadores ecuatorianos desaparecidos y decenas de testimonios de sobrevivientes que aseguran que sus embarcaciones fueron atacadas con drones y los tripulantes detenidos durante días por hombres armados.
Según el reporte, los ataques forman parte de un programa de “acción encubierta” del Gobierno estadounidense, como se le conoce a las operaciones secretas en el extranjero. No está claro si los ataques habrían sido ejecutados directamente por agentes de la CIA, efectivos de otros países o contratistas privados. La CIA no respondió inmediatamente a una solicitud de comentario de EL PAÍS sobre este reporte. La Casa Blanca tampoco respondió.
La Administración de Donald Trump mantiene desde el año pasado una ofensiva contra embarcaciones que identifica como vinculadas al narcotráfico que ha dejado más de un centenar de muertos. Las autoridades han informado sobre los ataques en aguas del Caribe y el Pacífico y han publicado videos donde se ve lanchas rápidas que estallan en el mar. El reporte del diario estadounidense añade que el programa de la CIA sería distinto de esa campaña del Pentágono.
El barco pesquero ecuatoriano Fiorella fue el primero en ser bombardeado. Partió el 2 de enero con diez tripulantes; solo dos regresaron. Desde el 20 de enero —el día del ataque— los demás siguen desaparecidos. El 19 de enero, un día antes de que se perdiera el contacto, el hijo de Mariana Mero, quien era el capitán del barco, le escribió contando que habían visto que un drone los seguía. Fue la última vez que supo de él.
Los ocho pescadores del Fiorella partieron del puerto de Jaramijó, una pequeña ciudad de la costa ecuatoriana, donde la pesca es una tradición que se ha traspasado por generaciones, pero que están bajo acecho por la incursión del crimen organizado que extorsionan a pescadores para transportar la droga a aguas internacionales.
El pueblo se ha levantado en lo alto de la montaña frente al mar. Pequeñas casas de cemento, caña y zinc, unas pegadas al lado de la otra. La mayoría de la gente sobrevive de la pesca y el comercio en medio de la incertidumbre por la inseguridad y una economía cada vez más asfixiante.
En un rincón del cuarto donde el hijo de Mariana solía dormir, la madre ha levantado un altar con su foto, una vela y santos con oraciones. Ella aún guarda la esperanza de que su hijo regrese con vida. “Nos dijeron que los tienen navegando en ese barco grande igual al que estuvieron los otros pescadores”, dice la madre angustiada por el silencio de las autoridades que les advirtieron que era mejor no buscar.
Los otros dos navíos, el Negra Francisca Duarte II y el Don Maca, fueron atacados cerca de Galápagos en marzo, con poco más de una semana entre los sucesos. Todos, en ambas tripulaciones, sobrevivieron para contar que los barcos habían sido atacados por pequeños drones que lanzaron explosivos directo en la cocina de la embarcación, donde están los cilindros de gas, destruyendo casi de inmediato gran parte de la nave. Luego los hombres pidieron ayuda a un buque azul que navegaba a pocas millas de donde ocurrieron los ataques.
Una vez a bordo, hombres vestidos como militares les preguntaron en inglés cuántos eran y si había heridos y les permitieron subir, pero al pisar la cubierta los apuntaron a la cabeza, los esposaron y encapucharon. “Nos llevaron a la proa. Escuchamos: ‘¡Bum!, ¡bum!’. Logré levantarme la funda y vi cómo explotaban el barco”, relata Sebastián, uno de los sobrevivientes. “Cogieron unas cervezas, las abrieron delante de nosotros y dijeron: ‘Están heladitas”, recuerda.
Los tuvieron en la proa navegando por ocho días, hasta llegar a El Salvador y entregarlos a la guardacostas de ese país. “¿Por qué nos entregaron a extranjeros si estábamos cerca del guardacostas ecuatoriano?”, cuestionan. Pasaron un día en un retén militar en San Salvador, donde pudieron bañarse por primera vez. “Aguantamos sol y agua, algunos sin camiseta, tal como salimos de la explosión”, dice Alexis Rivera, capitán del Don Maca. Al día siguiente fueron deportados a Ecuador.
No se ha mostrado evidencia de que los pesqueros estuvieran transportando drogas. La Marina salvadoreña los reportó como si hubieran trasladado náufragos ecuatorianos del Negra Francisca Duarte II como una operación humanitaria. Los pescadores cuestionan eso y dicen que nunca fueron náufragos, sino bombardeados.
El Departamento de Defensa de Estados Unidos negó ante un comité del Congreso en junio haber participado en estos ataques.
El Comité contra las Desapariciones Forzadas de las Naciones Unidas ha pedido a Ecuador investigar y buscar a los desaparecidos del Fiorella. Una investigación de Amnistía Internacional encontró que antes de la misteriosa desaparición, el barco parecía haber estado bajo vigilancia de drones, aviones y otras embarcaciones. Organismos de derechos humanos han criticado la falta de respuesta de Washington y Quito.
The Washington Post señala que rastreó un avión Cessna de vigilancia que había llegado de Tennessee y operaba desde El Salvador, que voló hacia donde se encontraban los pesqueros ecuatorianos los días de los ataques y también días antes. La matrícula de la aeronave no está registrada con la Administración Federal de Aviación (FAA), sino que el número había sido reservado por una empresa con dirección en un buzón en una tienda de UPS en Virginia, según la investigación del diario. que no establece que la aeronave participara directamente en los ataques.
El Fiorella zarpó con diez tripulantes. Fueron rescatados dos que estaban en lanchas auxiliares cuando aseguran que escucharon una explosión y vieron humo que salía de donde se encontraba el pesquero. Las familias de los ocho desaparecidos llevan meses reclamando respuestas. El Gobierno de Ecuador tampoco respondió a la solicitud de información de este periódico.
Desde la llegada de Daniel Noboa al poder la relación con Estados Unidos se ha estrechado como nunca antes. Ambos países han suscrito 67 compromisos bilaterales, el doble de los firmados durante los dos gobiernos anteriores, según ha documentado el Observatorio Ecuatoriano de Conflictos. La seguridad concentra la mayor parte de esa relación, convertida en el eje de la estrategia oficial tras la declaratoria del conflicto armado interno en enero de 2024 e incluida en el Plan Nacional de Seguridad, recientemente publicado por el gobierno en el que además convierte las operaciones militares extranjeras en un pilar de su estrategia para enfrentar la creciente inseguridad del país.


