Política

Sorpresas de un convento de clausura: de la dinastía Ming a Eisenhower. pasando por dos vísceras de monja

El convento de Santa Clara de Pontevedra, fundado hace 716 años y abandonado por las dos últimas monjas de clausura en 2017, tiene más ajetreo que nunca. Desde que lo compró el Ayuntamiento, a finales de 2021, y se lo cedió a la Diputación se han publicado decenas de noticias; se han sucedido dos campañas arqueológicas; se han exhumado y trasladado los restos de las monjas fallecidas en el último siglo; han trabajado a destajo las cuadrillas de limpieza; se han organizado ruedas de prensa, visitas guiadas y espectáculos de danza. Hasta se han rodado series como Los enviados, de Netflix. De vez en cuando, siguen llegando novias despistadas, con docenas de huevos, por eso de garantizarse el sol el día de su boda. Pero al asomar por la puerta se topan con los arqueólogos metidos en algún hoyo, cepillando cuidadosamente algún costillar humano con un pincel de acuarela. Ya no hay monjas que recen al anticiclón de las Azores. Y las novias se van, cabizbajas, con los huevos a otra parte.

Pero este ajetreo habitual se ha convertido en revuelo tras la aparición de un cerebro saponificado entre las tumbas antiguas de las religiosas. El hallazgo fue presentado por la Diputación de Pontevedra como un caso “único” el lunes pasado, y solo cinco días después, en otra sepultura de clarisa, se descubrió otro órgano idéntico. La aparición de vísceras que perduran por el proceso natural de saponificación no es, sin embargo, un hecho tan excepcional.

Aunque mejor empezar el relato por el principio. La curiosidad por lo que pudiera aparecer en un recinto de 12.787 metros cuadrados enclavado en la ciudad —pero que vivió siete siglos encerrado en sí mismo— era grande en Pontevedra. De la primera campaña, dirigida por el arqueólogo provincial Rafael Rodríguez, salieron enterramientos antiguos en el claustro y en el bosque, las primeras estructuras que daban pistas de cómo era el convento primitivo y más de 9.000 fragmentos cerámicos procedentes de medio mundo.

Las Hermanas Pobres de Santa Clara no tiraban absolutamente nada. En el convento aparecieron almacenadas decenas de pelotas de generaciones de niños que perdieron el balón (alguno con el nombre escrito) al jugar en la plaza de Barcelos, aledaña a los altos muros de clausura. También viejos envases de aceite de colza, envoltorios de queso, bidones, latas y una ingente cantidad de cajas de leche en polvo escritas en inglés y castellano. Eran alimentos que fueron llegando en ayudas de EE UU durante el franquismo, sobre todo entre los años 50 y 60, bajo la presidencia de Eisenhower: “Leche desnatada en polvo. Regalo del Pueblo de los Estados Unidos. No se puede vender ni cambiar”.

Pero las sorpresas de la segunda campaña arqueológica, acometida este verano y hasta finales de septiembre, han sido todavía mayores. Los arqueólogos de la empresa A Citania, dirigidos por Israel Picón, han sacado a la luz enormes estructuras enterradas en la zona del bosque, que dan cuenta de las dimensiones que pudo alcanzar el convento en sus inicios. También utensilios de las religiosas y más de 3.000 restos cerámicos de Italia, Alemania, Inglaterra, Sargadelos, Sevilla, Talavera, Manises y hasta porcelana china de la dinastía Ming. Venía en los baúles de las novicias, que entregaban su dote al llegar. En la calidad de los cacharros se percibe el poderío familiar de algunas y la humildad de otras.

A pesar de que a Picón lo que más le emocionan son los hallazgos del bosque, todos los focos apuntan a la iglesia después de que el lunes pasado el vicepresidente de la Diputación de Pontevedra, Rafa Domínguez (PP), convocase una rueda de prensa para anunciar descubrimientos “pioneros”. En las excavaciones del suelo del templo y el Coro Bajo aparecieron este verano, a unos 40 centímetros de la superficie, huesos de dos niños; el magnífico enterramiento de un capellán todavía con su lujosa casulla y sus zapatos; y los restos mortales —aún no datados y en estudio en la Universidade de Santiago— de tres clarisas con sus hábitos.

La acidez de la tierra había devorado los huesos de estas religiosas de entre los siglos XVI y XIX más que las telas de sus sudarios, pero una de las monjas conservaba, aseguró el Gobierno Provincial, el “primer caso documentado” de cerebro saponificado “en la Península Ibérica”. El descubrimiento era además, recalcaba la Diputación, “uno de los pocos” de estas características “a nivel internacional” ya que “solo se encuentran tres casos en el mundo: en Argentina, Chile e Italia”. La saponificación es un proceso natural que se produce en los primeros momentos de la descomposición, por el que esta se frena y los tejidos de un cadáver adquieren un aspecto similar al jabón o la cera por una reacción química de los lípidos, en ambientes muy constantes donde falta oxígeno y hay mucha humedad. La saponificación puede darse también directamente bajo el agua, en ríos o pozos de agua dulce.

El tono triunfal del vicepresidente provincial dio la vuelta a España en los noticieros que se hicieron eco del hallazgo “excepcional” y “único”. Casualmente, el bombazo se lanzaba el mismo día que cesaba de su cargo Álvaro Rodiño, asesor y jefe de prensa de Rafa Domínguez. El cese “a petición propia” tenía lugar tres días después de que saltase el escándalo de un vídeo de TikTok en el que Rodiño bromeaba, palo de golf en ristre, sobre golpear a “niños huérfanos”. Esa tarde, en la calle, los pontevedreses andaban sobrados de titulares que comentar, pero el cerebro “único” también triunfó en el resto de Galicia y España. Y siguió siendo noticia toda la semana.

Mientras tanto, profesionales como las antropólogas Clara Veiga y Claudia González siguieron trabajando estos días en las sepulturas de las religiosas y el viernes afloró el segundo cerebro saponificado, al permanecer el cadáver en el mismo ambiente. De momento van dos. Y podría haber más. Cualquier arqueólogo o forense sabe que el de las clarisas no es ni el primer ni el único caso en España de cerebros saponificados. En una nota difundida tras recuperarse este segundo órgano, el Museo de Pontevedra matizaba que, en todo caso, los descubiertos en Santa Clara “serían los primeros documentados de estas características y fechas en la Península Ibérica, donde los aparecidos hasta ahora son de fechas posteriores”.

57 cerebros de franciscanos

No hacía falta ir lejos para comprobar que lo que anunciaba el cargo político no se sostenía. Se da la circunstancia de que quien está considerado hoy por hoy el mayor experto en cerebros saponificados vive y trabaja a poco más de 100 kilómetros en línea recta de Pontevedra.

Fernando Serrulla, jefe de la Unidad de Antropología Forense del Imelga (Instituto de Medicina Legal de Galicia), conserva en su departamento del Hospital de Verín (Ourense) más de 200 cerebros saponificados recogidos en diferentes contextos. Él, que ha estudiado más de 300 casos en fosas de la Guerra Civil, en soldados de Malvinas e incluso en una catacumba romana de hace dos milenios, custodia el cerebro saponificado más grande que se conoce (más de 200 gramos, todavía con el proyectil dentro; en la fosa de Paterna, Valencia), pero no guarda ninguno de monje o monja. Sin embargo, el forense explica que en 1979 fueron hallados en Svendborg (Dinamarca) los cerebros saponificados de frailes medievales. La investigación, dirigida por Izabella Tkocz, sacó a la luz 57 cerebros que se habían conservado por las condiciones del camposanto del convento franciscano, la orden masculina hermana de las clarisas.

El cerebro, explica el especialista, es la víscera que más veces aparece saponificada porque tiene un mayor porcentaje de materia grasa. El proceso químico debe tener lugar en los primeros días tras la muerte y en condiciones de mucha humedad y poco oxígeno, para que se produzca la transformación y las larvas y moscas no puedan hacer su trabajo. Hay casos documentados en el planeta desde 1791 (Francia) y en el siglo XX se registró el fenómeno en Reino Unido, Suiza, Dinamarca, Estados Unidos (91 cerebros conservados en Florida), Bulgaria o Chile. En el siglo XXI han seguido apareciendo en Sudáfrica, Egipto, Francia, Turquía, España o los casos de Malvinas.

Solo en las fosas de la Guerra Civil podrán llegar a encontrarse centenares. En la excavación de La Pedraja (Burgos), llevada a cabo en 2010 por la Sociedad de Ciencias Aranzadi para recuperar los huesos de 104 republicanos asesinados en 1936, Fernando Serrulla acabó centrando su tesis doctoral. Allí documentó 45 cerebros saponificados y una sorpresa mayor: un corazón.


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