Los indignados del 15-M vuelven a Sol para protestar por el derecho a la vivienda
Andrea Silva ha estado bromeando 15 años sobre la posibilidad de acampar de nuevo en la Puerta del Sol. El domingo 27 lo volvió a hacer. La madrugada previa, sus amigas le avisaron: si todas estaban de acuerdo, se quedaban a acampar. Silva, que estaba de viaje, sintió que tenía que estar allí, nada más bajar del tren acudió al centro. En este tiempo ha terminado el instituto, estudiado una ingeniería, madurado, ganado formación política y trabajado en diferentes sectores. Sin embargo, ser propietaria todavía es un objetivo inalcanzable. Solo ha podido independizarse gracias a que su pareja tiene casa. Cree que la causa de la acampada del 15-M (2011) y por el derecho a la vivienda (2026) parte de que el sentir general sea “vivir un momento de mierda”.
Acudió a la convocatoria para intentar frenar el desahucio de Maricarmen Abascal y se unió a la concentración de ese mismo miércoles. Recuerda una atmósfera familiar de “rabia contenida y de darse cuenta de que tú estás enfadada, pero esta gente que está a tu alrededor, y no es de tu círculo, también”. La primera vez que pisó la plaza el 15 de mayo de 2011 tenía 16 años y lo hizo a espaldas de su familia, impulsada por un malestar social generalizado.
La misma plaza vuelve a estar atestada de gente y ya cuenta con más de 1.200 tiendas de campaña. Esta vez, el desahucio de Maricarmen ha sido el detonante: la vecina de 87 años fue desalojada de la que había sido su casa más de siete décadas en el madrileño barrio del Retiro el miércoles 23 de septiembre. El sábado, el Sindicato de Inquilinas convocó una manifestación que acabó, de nuevo, en una acampada espontánea en el centro de Madrid. Esta vez reclaman al Gobierno un nuevo decreto de vivienda. “Mañana cuando volvamos a ver a Maricarmen, le diremos: ‘¡Mira, tía, la que has montado!”, gritaba el sábado Valeria Racu, una de las portavoces del Sindicato de Inquilinas, mientras animaba a cientos de personas a pernoctar en la plaza.
A pocos metros, Jesús Vega, un informático de 62 años que integró Democracia Real Ya, la plataforma que promovió el 15-M, acompaña a su hija y a las amigas de esta hasta la madrugada. En 2011 acudía a las asambleas con su hija a hombros. Hoy son ellas las que acampan antes de ir a la universidad. “Llamamos a tomar las calles para encontrarnos, organizarnos y demostrar cuántos pensábamos igual. En realidad, buscábamos un jaque a lo que nos parecía una falsa democracia”, recuerda Vega.
Aquel 15-M, tras una marcha multitudinaria convocada por Democracia Real Ya, un grupo de jóvenes improvisó una acampada en la Puerta del Sol para exigir “un cambio social justo para la mayoría”. La Policía los desalojó. Pocas horas después la plaza se volvió a llenar de lo que se conoció como “los indignados”, que eran desempleados, familias afectadas por desahucios y ciudadanos desencantados. Bajo lemas como “sin casa, sin curro, sin pensión” o “nuestros sueños no caben en las urnas”, canalizaron su rechazo a un sistema que no respondía a sus necesidades.
En el campamento actual, las educadoras infantiles cuentan un punto de encuentro y de apoyo. El domingo se concentró el sector de la educación para exigir mejoras en los servicios. Oliva García, de 52 años, estuvo allí. Es profesora de música en secundaria y vive de alquiler en La Latina para disponer de más espacio, pese a que arrenda un piso de su propiedad. Aquel 15 de mayo no durmió en la plaza, pero al oír en la radio que desalojaban con violencia acudió a acampar al día siguiente. Ahora no acampa por cuidar a su hija, pero se acerca siempre que puede. “Éramos gente de barrio, por eso es importante que en las ciudades vivan las personas de la ciudad”, sostiene. También aprovecha para defender el sentido político de la movilización: “Queremos que dentro del Congreso vean a la gente y digan: “hostia, tenemos que hacerles caso, que para eso nos han votado”. Y que el efecto sean cambios y no solo parches”.
El veterano Jesús Vega percibe una diferencia fundamental entre ambas etapas: la juventud de hoy está sensiblemente más politizada. “Con el 15-M había gente que militaba, pero la mayoría eran ciudadanos sin discurso previo. Había mucha gente que venía a su primera acción, gente que no había oído hablar del feminismo”, reflexiona. Hoy, en cambio, observa a chavales de instituto debatiendo activamente en la tienda de al lado. Oliva García respalda esa visión: “La juventud no es tan de derechas como nos quieren hacer ver. No es tan consumista ni está tan apalancada como nos muestran”.
Aunque muchos jóvenes no se han enfrentado aún al obstáculo del alquiler, la protesta trasciende la vivienda y abarca la educación pública, el derecho al aborto y el antifascismo. “Esto es lo que conecta con el 15-M. Entonces nos preguntaban qué queríamos y respondíamos: ‘Lo queremos todo”. Los tres recuerdan con especial cariño aquellas reuniones abiertas en las que cualquiera podía intervenir. Aun así, sobre el movimiento pesa el aprendizaje de los errores pasados. Muchos manifestantes rememoran con desencanto el nacimiento de partidos como Podemos, que intentó trasladar las demandas callejeras a las instituciones.
Silva sintió que había sido utilizada y cree que esa decepción todavía pesa entre quienes vuelven a movilizarse ahora. “Se priorizaron más los acuerdos del partido que encontrar una propuesta unificada”, lamenta. Para ella, Podemos fue el gran fracaso del 15-M: “Llegar al poder y ver que no se ha conseguido nada”. A Mario Zabala, madrileño de 35 años, también le desilusiona esta deriva, sobre todo, le frustra la izquierda dividida ante el auge de la extrema derecha. Zabala pidió un día de asuntos propios para poder acudir a la acampada, donde echa en falta una mayor confluencia entre movimientos sociales. Él, que en 2011 protestaba por una democracia más participativa, ahora lo hace por el derecho a la vivienda a pesar de haber podido comprar junto a su pareja. Lo que más recuerda son las sensaciones. “Cuando llegué el otro día y vi esto me dieron ganas de llorar. Va más allá de una concentración. Ves a mucha gente unida por un mismo fin y notas que se está cociendo algo importante”, cuenta.
Para Zabala lo que más conecta ambas reivindicaciones es la forma de organizarse. En Sol vuelve a reconocer el nivel de cuidados, la autogestión y la cooperación espontánea que recuerda del 15-M. La comida llega a través de donaciones, se atiende también a personas sin hogar, hay comisiones de limpieza y las tareas aparecen y se reparten sobre la marcha. En esto coincide también con la joven de 31 años Andrea Silva. Ha sido un punto de inflexión porque, aunque a veces se haya podido sentir perdida, esto le ha demostrado que al final lo que necesita es rodearse de buenas personas, “encuentras a amigas que te sostienen y luchan contigo”.


