Sarayaku protege la vida subterránea de la selva ecuatoriana con su sistema agrícola tradicional
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Dos hermanos se sientan frente al fuego, en el cielo aún oscuro de Sarayaku. Desde un pequeño parlante suena una música en kichwa. Hay alegría en el ambiente, aunque se guarda silencio. Desde la cocina, dos hombres acarrean una olla grande con agua y hojas de guayusa. Este espacio ritual se llama Guayusupina: es donde la familia se reúne de madrugada, bebe guayusa e interpreta los sueños que han tenido la noche anterior.
En Sarayaku, los sueños también son una forma de conocimiento. “Los sabios de nuestro pueblo dedican su vida para poder interpretar los sueños y así poder tomar decisiones acertadas para su comunidad y territorio”, explica José Gualinga, líder de Sarayaku.
De estos encuentros también nace el sistema agrícola de Sarayaku. Ahora, una investigación reciente de la micorriza realizada en este territorio aporta evidencia de que esta forma de agricultura no perturba las redes subterráneas de micelio.
Cultivar en diálogo con la selva
Para la cosmovisión de Sarayaku, su propósito de vida se centra en crear un lenguaje armónico con la selva y los seres protectores. Esa forma de entender el territorio también se refleja en su manera de cultivar.
En un estudio realizado entre el pueblo Kichwa de Sarayaku y SPUN (Society for the Protection of Underground Networks) en la Amazonía ecuatoriana, se analizaron las redes de hongos micorrícicos asociadas a las raíces de las plantas a lo largo de los distintos ciclos agrícolas.
Los resultados revelan una diversidad notable de hongos micorrícicos arbusculares. Este tipo de hongo forma una asociación con el 80% de las plantas terrestres. En total, se identificaron más de 1.200 especies de hongos.
“La diversidad de las chakras en Sarayaku destaca al compararla con otro estudio realizado en la parte andina de Ecuador, donde se registraron 72 especies en suelos no cultivados y 40 en suelos agrícolas”, explica Adriana, líder de Ciencia de Campo de SPUN.
Durante generaciones, los sabios de Sarayaku han hablado de Kawsak Sacha, la selva viviente, como un territorio en el que todo está conectado. En su visión, una red de lianas recorre el bosque y enlaza a sus seres protectores; un tejido que no siempre puede verse, pero por el que esas fuerzas pueden comunicarse y desplazarse.
“Es nuestra manera de entender el territorio: hay que reconocerse como iguales a la tierra. Tenemos conexiones en nuestro cuerpo, ciclos reproductivos y también ciclos de descanso”, explica José Gualinga. “Esa forma de mirar el territorio se refleja en nuestra agricultura”.

En Sarayaku existe un sistema rotativo de cultivos asociados, en el que la tierra atraviesa cuatro ciclos: chakra, ushu, purun y ruku purun. El primer ciclo es la chakra, un huerto joven y diverso donde se siembra yuca, plátano, ají, frutas, caña y algunas especies de papa. Le sigue el ushu, es el ciclo adulto del huerto, es el periodo de poscosecha en el que comienzan a incorporarse especies específicas, como las plantas medicinales; Después llega el purun, cuando la chacra deja de ser sembrada y entra en una etapa de descanso/jubilación, aunque algunas plantas continúan produciendo. Finalmente está el ruku purun, donde la chakra vuelve a ser bosque primario. Esto ocurre después de 15 a 20 años desde el último cultivo.
“Creo que este sistema agrícola es exitoso porque es hecho a pequeña escala y en un contexto de bosques bien conservados que ayudan a su recuperación, además de que es un sistema temporal que abandonan cuando su productividad empieza a disminuir, lo que hace que no cruza un límite de degradación del suelo”, explica Adriana, líder de Ciencia de Campo de SPUN.
Hilos incandescentes debajo del bosque
Los hongos que pueden verse en la superficie son solo la punta de un iceberg. Debajo de ellos, en cada centímetro cúbico de un suelo sano y cubierto de vegetación, hay micelio, incluso a grandes profundidades. Una sola cucharada de tierra puede contener kilómetros de hifas, los filamentos que forman esta extensa red subterránea.
A partir de 60 muestras de suelo y mediante técnicas de secuenciación illumina, se pudo estudiar la diversidad de estos hongos. Los hongos micorrícicos construyen redes que les permiten recolectar e intercambiar nutrientes con las raíces de las plantas. Para observar estas redes vivas y el intercambio que ocurre en su interior, los investigadores utilizaron un robot diseñado para realizar imágenes secuenciales de alta capacidad. El sistema puede seguir simultáneamente más de 500.000 nodos fúngicos y alrededor de 100.000 trayectorias del flujo citoplasmático dentro de las redes.

“Los hongos pueden ser beneficiosos no solo para el intercambio de nutrientes, sino también para proteger a las plantas frente a patógenos y sequías y ayudarlas a reducir el estrés”, explica Adriana Corrales.
A través de esta relación, los hongos entregan nutrientes a las plantas y reciben a cambio carbono y lípidos. Ese carbono les proporciona la energía necesaria para construir y mantener su propia infraestructura: esta extensa red de hifas que se ramifica por los poros y espacios del suelo.
“La ciencia occidental empieza a hacer visible, con robots e imágenes, aquello que la comunidad de Sarayaku ha percibido durante años: una red subterránea que conecta la selva. Hacer visibles esas conexiones también puede ser una forma de protegerlas”, Sabine Bouchat, investigadora de Sarayaku.
Un nuevo pacto con la ciencia
Con el propósito de que la comunidad esté involucrada en todo el proceso de investigación, exploración y descripción de especies, se creó SACI (Ciencia Intercultural), un proyecto colaborativo que integra el conocimiento científico occidental con los saberes ancestrales, especialmente enfocado en la defensa y conservación de la Amazonía.
Durante la investigación, en las muestras de suelo se encontraron muchas especies de hongos, principalmente micorrícicos, lo que hace pensar a los investigadores que existen muchísimas especies desconocidas para la ciencia occidental, aunque algunas ya tienen nombre en kichwa. Integrar ambos conocimientos permite ampliar la comprensión de la vida de la selva y generar información que pueda contribuir a la creación de políticas públicas.
“Los estudios que se hacen en Sarayaku nos deben servir para aumentar la argumentación para proteger nuestro territorio”, afirma José Gualinga.



