Radiografía de la acampada de Sol: así se organizó en una noche el campamento que ya reúne a miles
La idea de acampar el sábado en la Puerta del Sol empezó a tomar forma en una asamblea, después de una concentración que había desbordado las expectativas. El Sindicato de Inquilinas e Inquilinos acababa de medir el pulso de la movilización en las calles de Madrid, durante la protesta de apoyo a Maricarmen Abascal para tratar de impedir su desahucio. Había mucha gente, mucha rabia, al terminar, una pregunta: ¿qué hacer con todo aquello?
“Había que poner la rabia en algún lado”, cuenta una de las personas que integran el Sindicato de Inquilinas. Al terminar la concentración, llegó el momento de decidirlo. “Fue como: ‘Vale, vamos a sentarnos a ver qué hacemos después’. Y salió la mani”.
De aquella conversación nació la multitudinaria manifestación que el sábado recorrió las calles de Madrid y terminó frente al Congreso de los Diputados. Pero la protesta no acababa allí. Horas antes, esa misma mañana, varios miembros del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos habían salido de casa con una tienda de campaña bajo el brazo. También habían contactado con organizaciones como Greenpeace para conseguir parte del material necesario para montar la acampada. La idea ya se estaba materializando. Tras la marcha, había que quedarse.
Lo que vino después es la historia de cómo, en apenas unas horas, una protesta fue creciendo hasta convertirse en una acampada que ha tomado el kilómetro cero de Madrid, ha movilizado a miles de personas, este martes, encara ya su cuarto día.
Sábado, 19.30
Un mensaje empieza a circular por grupos de WhatsApp. Pasa de móvil en móvil entre conocidos de personas vinculadas al sindicato y asociaciones afines. La propuesta parece sencilla: acampar en Sol en cuanto termine la manifestación. A esa hora, Pablo Rochela, militante de Anticapitalistas Aragón, está en la marcha, a la altura de Cibeles. El móvil de una amiga, que conoce a gente del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos, recibe el mensaje. Lo que saben es poco, pero les convence.
Pablo responde que no tiene tienda de campaña porque es de Zaragoza y ha pasado el fin de semana en Madrid, pero dice que irá igualmente porque está dispuesto a echar una mano en lo que sea.
Él forma parte del primer grupo que llega a Sol y planta allí las primeras tiendas de campaña.
20.00
La manifestación ha desbordado todas las expectativas. “Estábamos montando la cabecera y había que ir apartando a gente para poder pasar. Nos ayudaron mucho las compañeras del 8M y nos dijeron que no veían una mani así desde 2018”, cuenta una de las personas del Sindicato de Inquilinas.
Mientras la marcha sigue su recorrido, un primer grupo de unas 20 personas pone rumbo a Sol. Van a intentar montar el campamento. Llegan sin saber muy bien qué va a ocurrir. Tampoco saben cuánta gente se quedará después de la manifestación ni si la acampada llegará siquiera a arrancar.
“Todos estábamos de los nervios porque no sabíamos si iba a haber suficiente gente para acampar”, cuenta una de ellas. “Pensamos: bueno, a lo mejor nos encierran a todos, nos echan y ni acampada ni nada”.
Pablo, que está entre quienes llegan a Sol, no sabe de dónde salen las tiendas. En un momento dado, aparecen dos carros de la compra cargados con ellas. Empiezan a descargarlas al lado de la estatua del Oso y el Madroño.
Los que han llegado hasta allí apenas se conocen entre sí. Pablo solo tiene relación con un par de personas. La mayoría tampoco pertenece al Sindicato de Inquilinas e Inquilinos, aunque muchos tienen algún vínculo con él.

20.30
El grupo que se ha reunido en Sol mira la plaza. ¿Podrán desplegar las tiendas sin que nadie se lo impida? Todavía no saben qué va a pasar. Entonces reparan en un detalle.
“Vimos que no había presencia policial y una persona dio el grito de inicio, y todo el mundo comenzó a montar tiendas”, cuenta Pablo.
Y, de repente, todo se acelera. Llega Greenpeace, que mantiene una relación estrecha con el Sindicato de Inquilinas, con parte de su estructura movilizada y cargada de material: sacos de dormir, tiendas de campaña, baños portátiles, carpas, garrafas de agua y generadores de alimentación solar. También ponen a disposición vehículos eléctricos capaces de acceder al centro de Madrid, según explica Javier Raboso, responsable de la Campaña por el Derecho a la Protesta de la organización.
En cuestión de minutos, las primeras tiendas empiezan a ocupar la plaza, junto a la escultura del Oso y el Madroño. Después, el campamento se desplaza y se acerca al edificio de la Presidencia de la Comunidad de Madrid.
La policía acaba llegando. Advierten a los acampados de que serán desalojados, pero el desalojo no llega a producirse.
21.00
El Sindicato de Inquilinas e Inquilinos lo componen entre 100 y 200 personas, aunque su núcleo más activo es más reducido: unas 60 o 70. Ni siquiera todas ellas sabían de antemano que aquella noche habría una acampada. La convocatoria se había mantenido en un círculo pequeño y el mensaje no podía empezar a difundirse abiertamente hasta que la manifestación estuviera a punto de terminar.
El momento llega con el discurso final de la marcha. La portavoz del sindicato cuenta que acaba de saber que varias personas están montando un campamento en Sol e invita a quienes están allí a acercarse. Entonces sucede lo que esperaban.
“Todo el mundo de la mani se acercó y ese fue el mejor momento, porque pasamos de ser 20 personas a ser miles de repente. Nos sentimos arropados”, cuenta una integrante del sindicato.
La gente empieza a llegar a Sol. Muchos lo hacen sin tienda de campaña. Algunos vuelven a casa para coger una y regresan después a la plaza. Otros empiezan a mover el mensaje por sus redes y por los grupos de WhatsApp.
A Pablo le habían dicho que, en cuanto terminara la manifestación, ya podían contar públicamente lo que estaba ocurriendo. La instrucción era sencilla, tenía grabar las primeras imágenes de las tiendas, subirlas a redes y hacerlas circular.
Pablo lo envía a unas diez personas de Madrid que conoce personalmente. No forma parte de grupos de la ciudad, pero algunos de sus contactos le cuentan que han hecho lo mismo y que el mensaje ya circula por 15 o 20 grupos.
La acampada acaba de dejar de ser un secreto.
22.00
Una hora después de que terminara la manifestación, Pablo empieza a tomar conciencia de la velocidad a la que está creciendo todo. Le sorprende la cantidad de gente que ha llegado a Sol, sobre todo, cómo las tiendas se multiplican por momentos. “Cuando llegamos nosotros plantamos 20 o 30 tiendas de campaña. En cuestión de una hora ya había más del doble”, cuenta.
La velocidad de propagación del mensaje también marca una diferencia respecto a otras movilizaciones. “A diferencia del 15M, en 2011, la viralidad actual es mucho mayor”, añade. A esas horas nadie sabe todavía si al día siguiente seguirán allí. Lo que sí tienen claro es que esa noche se quedan.
“Al poner las primeras tiendas pensamos que habíamos traído muy pocas y que deberíamos haber pasado por Decathlon a comprar más”, cuenta una integrante del Sindicato de Inquilinas.
Con la llegada de más gente, toca organizarse. Hacen una primera reunión y empiezan a repartir tareas: logística, material, comunicación interna, comunicación externa. Después llegan los turnos. Lo que unas horas antes era un grupo de personas improvisando cómo levantar unas tiendas en Sol empieza a adquirir la estructura de un campamento.
23.00
A las once de la noche, la acampada ya ha empezado a multiplicarse también en las redes. Colectivos y asociaciones afines comparten los vídeos de las primeras tiendas en Sol. También lo hacen distintos creadores de contenido. El mensaje empieza a escapar de los círculos más cercanos al sindicato.
“Tuvimos un muy buen equipo de comunicación. Había dos personas que se dedican a las redes sociales del sindicato trabajando y los militantes también ayudaron en la difusión digital”, señala una integrante del sindicato. Pero, según cuenta, hubo un vídeo que resultó especialmente importante: el de Maricarmen Abascal. “Eso ha sido lo que realmente ha movido a la gente”, explica.
A esa hora reciben la llamada de los actores Juan Diego Botto y Carlos Bardem. Ambos habían acudido al desahucio de Maricarmen y ya existía contacto con ellos. Ahora quieren acercarse a Sol, participar y contribuir a dar visibilidad a lo que está ocurriendo.
La acampada no ha dejado de crecer desde entonces. A Sol llegan miles de personas que vienen de distintos puntos de España y las tiendas se amontonan hasta hacer difícil caminar, por lo que ya parece una pequeña ciudad levantada en el corazón de Madrid. Son más de 300. Con cada nueva persona que llega surge también la necesidad de organizarse. Empiezan a celebrarse asambleas para explicar las normas a quienes se incorporan y repartir las tareas. Una de las prioridades es el descanso. Insisten especialmente en respetar las horas de sueño porque, como repiten, “mola que estemos todos descansados”.
La ciudad improvisada empieza incluso a dibujar su propio callejero. Las tiendas se distribuyen formando “calles” a las que los acampados pueden poner nombre. “Hay unos chicos que son gazatíes que le han puesto la plaza de Gaza y la calle Palestina. La gente que está estudiando Bellas Artes nos está dibujando un mapa con el nombre de las calles”, cuenta uno de los organizadores.
Cuando se les pregunta por la fórmula que explica el éxito de la convocatoria, señalan tres factores. El primero, Maricarmen y la fuerza de su historia. El segundo, el trabajo y la estrategia que el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos llevaba preparando entre bastidores. Y el tercero, algo más difícil de controlar: el momento y unas circunstancias sociales que, reconocen, también jugaron a su favor. “Hay una parte que hemos tenido de suerte, de oportunidad, de condición social que tampoco manejamos”.

