Política

Pistolas, fianzas y muertos: la intrahistoria de los narcos de Valencia que guardaban 60 millones en coca


Cuando la red de narcos del Puerto de Valencia que almacenaba 60 millones en cocaína fue desmantelada en julio de 2025, los investigadores que asestaron el certero golpe nunca atisbaron el modus operandi de esta organización que custodiaba 4,5 toneladas de mercancía. La intrahistoria del grupo criminal, bautizado como Spider, aflora un endiablado esquema de traiciones y vidas al límite. Una telaraña en la que el futuro penal de los traficantes estaba pilotado por un capo que consiguió escabullirse de las garras policiales. Así lo revelan informes inéditos del sumario, al que ha tenido acceso EL PAÍS, y que investiga desde hace dos años y medio el juzgado de instrucción número 15 de Valencia.

17 de octubre de 2025. 14.19 horas. El móvil de Jonathan G, un narco ligado a un alijo de 1.008 kilos de cocaína (14 millones en el mercado), echa humo. A través de la aplicación encriptada de origen iraní Zangi, el traficante confiesa a los suyos su pavor a ser eliminado. Teme acabar como un colador por una deuda.

—¿Os habéis enterado de los dos asesinatos?

—Dos muñecos. Dos menos.

—Apriétales, necesito facturar porque me quieren matar y tengo que dejar llena la despensa a los nanos [“niños” en valenciano].

—¿Quién te quiere matar?

—El indio de siempre. Ahora mismo quiere acabar conmigo todo el mundo: el indio, los guardias. Menudo remix [sic] llevo.

El subordinado reporta a Jonathan que los acreedores han “amonestado” a su esposa. Que ese movimiento “no mola nada”. Y que la banda rival aprovecha la situación de busca y captura de este capo de Spider para infligir una calculada presión a su entorno familiar. Paga, paga, paga. Es la consigna. Cuando tres meses antes la Policía Nacional arresta a 81 miembros de la red —entre ellos, 17 portuarios, nueve camioneros y un guardia civil—, Jonathan se esfuma del mapa. Su prioridad vital pasa por no acabar como los “dos muñecos” que se han descabalgado de la plantilla de la multinacional de la droga. El traficante se interesa por los pormenores de las bajas.

—No sale ninguna noticia sobre sus muertes.

—Lorca. Dos muertos. Vuelco [robo de mercancía entre clanes de la droga].

Dos meses después de la conversación, la Guardia Civil anuncia la detención de un hombre por el asesinato de dos narcos en Lorca (Murcia, 98.300 habitantes). Uno, de 67 años, apareció maniatado en el maletero de un coche en el abrupto paraje de El Cantal. El otro es Giuliano Velo, un presunto mafioso italiano que estaba en libertad provisional a la espera de juicio por fabricar narcolanchas.

El empleado informa a Jonathan de que la detención de los responsables de la matanza murciana es inminente. Confirma así que la organización tiene hilo directo con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Jonathan señala al autor de los asesinatos. “Es la banda del gitano de Murcia. Empezó comprando fuerte y luego comenzó a robar”, sostiene como buen conocedor del negocio.

Los pinchazos revelan que Jonatathan no es un narco más en el organigrama. Tampoco un verso suelto. El traficante corona la estructura. Se mueve como pez en el agua con los jefes invisibles. Además de coordinar la entrada de contenedores de cocaína en el Puerto de Valencia, se encarga de costear las defensas de los detenidos. Desde la coraza del anonimato de su busca y captura, desembolsa 20.000 euros por cliente a cada abogado. También, paga los 10.000 euros de fianza de los detenidos. Usa para mover el flujo de fondos una madeja invisible de personas interpuestas., para engrosar la caja que nutre la nómina de letrados a sueldo, emprende. Desarrolla nuevos proyectos. Uno de ellos consiste en abonar a un traficante sudamericano un millón de euros, el 8% del beneficio que reportará la inversión. Si la empresa fragua, inaugurará una nueva ruta del polvo blanco para la transnacional del crimen Spider. Una mole que opera desde del puerto de Valencia —tercera puerta de Europa de entrada de cocaína por detrás de Amberes y Róterdam—y extiende sus tentáculos en Colombia y los Balcanes para colocar cada kilo de coca a 14.000 euros.

A través de la maraña de intermediarios, Jonathan pilota el avance de las causas en la sombra. Tiene hilo directo con los abogados. Es octubre de 2025. Un letrado confirma al jefe que el titular del Juzgado Número 15 de Valencia lo mantiene en busca y captura internacional. Otro colaborador le reporta que los narcos detenidos en julio de 2025 —que cargan con motes como El Venezolano o El Gordito— pueden dormir tranquilos. “La Policía solo tiene indicios contra ellos y por indicios no te pueden condenar”, argumenta. El jurista augura que “como mucho” les endosarán un delito en grado de tentativa. Un tercer abogado envía un audio al móvil de Jonathan. Le avisa de que los agentes han incautado un contenedor con 1.900 kilos de cocaína (26,6 millones en el mercado) en el Puerto de Valencia y que no han detenido al camionero encargado del transporte. La omisión activa la sospecha que el conductor es un agente encubierto infiltrado por los investigadores.

Vivir peligrosamente

Jonathan no está dispuesto a asumir el peaje de vivir peligrosamente. Debe dinero a narcos, al mismo tiempo, necesita cobrar más de 300.000 euros que le adeudan a él. Precisa fondos para mantener el tinglado de juristas y fianzas. La tarde del 21 de octubre de 2025 decide comprar una pistola. “Necesito cobrar como un loco”, justifica a Machete, su colaborador. El arma debe carecer de “marrones”. No tiene que haber sido usada antes. Se decanta inicialmente por dos marcas: Glock, Beretta. El narco Jack le abre la mente a una tercera opción, una Walther negra del calibre 32 y número de serie 943880. Le pide 3.000 euros y justifica la adquisición: Es cómoda, permite “el porte oculto”. Jonathan se interesa por la pistola.

—¿Es nueva?

—Es mía. No he matado a nadie con ella aún. Así que está limpia.

—Está guapa.

—Es de puta madre y tiene poder. Es un calibre gordo para una pequeña.

—¿Qué precio?

—Unos 3k [3.000 euros] aprox.

Mientras gestiona deudas, compra armas y coordina a golpe de móvil florecientes negocios en Sudamérica para el entramado Spider, Jonathan no descuida su seguridad. Está en busca y captura, en cualquier momento, la brigada de estupefacientes puede allanar su casa con nocturnidad al grito de ¡policía, policía! Solo un narco, Eusebio, conoce su escondite.

—Luego o mañana iré a verte. ¿Vale?

—Hay mucha peña por aquí. Es fiesta.

—Mejor cuando no haya nadie.

—Vale, esta semana tengo vacaciones.

La comunicación entre ambos es compulsiva. Jonathan pide a su hombre de confianza que se apropie de la nave de un astillero y un chalet si el narco El Gafas no salda su deuda.

—Si no paga, se lo quitas todo.

—Así es. Si no cumple, le pongo una fecha y me hago con todo.

La confianza y los excesos verbales en un móvil pinchado juegan una mala pasada. Después de que el colaborador confiese al capo que no aguanta a su mujer, Jonathan le invita a su refugio. Quiere que el empleado desconecte.

—Vente para aquí, cenamos y luego de bajas.

—Subo a cenar y me bajo.

La vida de Jonathan se trunca una semana después. Los agentes de la Policía Nacional irrumpen el 28 de octubre de 2025 en una vivienda de Geldo (Castellón, 665 habitantes) y finiquitan el espejismo ilusorio de libertad del narco.


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