Paisaje después de la batalla
Después del pleno del Congreso del pasado viernes, la conversación pública ha empezado a girar: en el centro ya no están los detalles de la política de vivienda, sino la convocatoria anticipada de elecciones. Visto lo visto, la coalición parlamentaria que venía sosteniendo al Gobierno no da más de sí. Ha quebrado, además, por donde se esperaba, por la ruidosa estampida de Junts, el grupo que ya desde la misma votación de investidura se mostró más díscolo y renuente hacia el candidato.
Quienes creemos que, en efecto, se van a convocar elecciones es porque pensamos que el Gobierno va a leer su supuesto fracaso en la votación como una oportunidad, la aparición —¡al fin!— de la ocasión propicia para cerrar una legislatura anómala: sin presupuestos, recurriendo continuamente a instrumentos irregulares como el decreto-ley y dejándose la piel en cada negociación con sus presuntos socios. La ocasión la ofrece, desde luego, el enmarcar la campaña a partir de dicha derrota, centrándola no ya solo en la vivienda, sino en los temas sociales clásicos de la izquierda. Ahí, en eso que en la izquierda estadounidense llama la affordability, la capacidad de acceder a los bienes materiales mínimos para llevar una vida con sentido —y la vivienda es quizá el más simbólico de todos ellos—, es donde tanto los Mamdani como Die Linke en Alemania han encontrado el agua milagrosa del éxito. La ola de indignación ha reverdecido, además, el imaginario del 15-M, con lo que puede encontrar un importante eco en la calle.
O sea, que ya tiene el discurso que buscaba, presentar un escenario de batalla entre bloques, que permita hacer olvidar a la vez sus potenciales puntos negros, como los casos de corrupción, el fiasco de Ceuta o cualesquiera otros que se le imputan. Su posible coincidencia en campaña con dos conspicuas elecciones internacionales, las midterm estadounidenses y las israelíes, permite que Sánchez se pueda presentar hacia afuera como un todavía más claro anti-Netanyahu o anti-Trump, como representante del “lado del bien”. En fin, que no atisbo una mejor coyuntura electoral para el Gobierno en ningún otro momento del año 2027. Todo lo contrario, una vez resuelto por parte del Constitucional el retorno de Puigdemont a España, Junts, como hemos visto, da por cancelado su contrato de investidura. Pero es que, además, la coyuntura económica ya está empezando a mostrar señales de alerta con una inflación cada vez más elevada y con perspectiva de ir todo a peor en este ámbito.
Dos cuestiones quedan, sin embargo, en el aire. La primera es si les dará para conseguir la victoria, algo que iremos viendo a lo largo de la campaña. Y la segunda es si vamos a entrar o no en el tipo de confrontación electoral que más nos interesa como país. Por lo que llevamos visto, las circunstancias han colocado a ambos bloques en modo de antagonismo radical, que es como siempre parecen sentirse más cómodos y creen conseguir mayor rentabilidad electoral. A juzgar por lo visto en el Congreso, los discursos inflamarán las pasiones y asistiremos a los inevitables tics populistas del tipo de “estar con la gente o con los buitres” o a las consabidas proclamas antisanchistas. Y me temo que se nos hurtará la discusión pausada y cargada de matices que exige un tema complejo como este, como bien sabe el Gobierno porque lleva ocho años intentando meterlo en vereda. Sin que podamos olvidarnos tampoco de lo más importante: unas elecciones generales no se reducen a algo parecido a un referéndum sobre una política pública específica, sino que ofrecen la paleta entera de los diferentes asuntos políticos. Una vez abierta esta caja de Pandora ya no hay marcha atrás y se entra en terra incognita. Al final los vientos acaban soplando desde los lugares más insospechados.


