Mujeres y menores migrantes, algunas enfermas, en colchones mojados en Ceuta: “Esto es una vergüenza, son personas vulnerables”
“Esto es una locura, una vergüenza, un cachondeo. Ha llovido y el campamento se ha mojado, se han caído las carpas. Tenemos a mujeres y a niñas, hay gente enferma y nadie nos atiende. ¡Son personas vulnerables!“, denuncia Hafida Musfata Tami. Esta vecina del barrio del Príncipe de Ceuta ayuda de forma voluntaria a las mujeres y niñas migrantes desde que se produjo la gran entrada masiva del pasado 30 de julio para que no queden en las calles a su suerte. Se mueve por la pista deportiva de la barriada Príncipe Alfonso como una lagartija, vestida con un chaleco amarillo, y dando instrucciones a chicas que están tumbadas en colchones y que se levantan a toda prisa. De fondo martillea un cántico insistente en dariya, dialecto del árabe que se habla en Marruecos: ”Queremos un techo, queremos nuestros derechos”, gritan al unísono una treintena de chicas, muchas adolescentes, algunas con los brazos en alto y acompañando su reclamación con palmadas. “Los periodistas solo venís cuando las cosas están bien, grabad esto”, pide.
La lluvia que ha caído este viernes en la ciudad autónoma ha añadido un plus de precariedad a un campamento en el que unas 400 migrantes, según cálculos de los voluntarios, duermen en el suelo. Desde hace una semana no se han podido duchar, cuentan dos de las jóvenes refugiadas allí. Hoy han pasado del calor y la humedad al agua y al frío. Las lonas que les protegían del sol están llenas de agua; la ropa se les ha mojado.
Hafida se mueve bajo los toldos mostrando el desastre. “¿Tú te crees que esto es normal? Ni siquiera en el tercer mundo hay esta locura. ¡Mira, todo mojado, todo mojado!“. Bajo una de esas lonas está Meri Am Samadi, marroquí, divorciada y madre de una niña de 15 años que se arrebuja en una sábana blanca. Solo se le ven los ojos. “Se llama Walae Hadouch. Está enferma, tiene fiebre”, señala. La madre explica que le duele la garganta y que la llevaron al hospital y le ha comprado antibióticos y paracetamol. Al lado, dos esterillas de plástico están cubiertas de agua. Intercalando palabras en inglés, francés y español, explica que son de Martil, una ciudad costera del norte de Marruecos, y que tiene otra hija, de 16 años, en un centro de menores de Ceuta gestionado por la asociación Engloba.

“Muchos chicos jóvenes, voluntarios, están alrededor, protegiéndolas. Mi hijo vino anoche aquí y no se ha ido, pero esto no puede seguir así, nos tienen que ayudar”, urge Hafida. “La gente sale y entra, hay hombres que vienen a charlar con las chicas”. Cuenta que hay menores a las que personal de la ciudad autónoma tomó los datos el jueves pasado, que están ahí todavía, esperando. “La ciudad no ha hecho nada”, recalca.
Tanto esta voluntaria como un grupo de jóvenes que hacen labores de vigilancia intermitente en la puerta consideran un escándalo que se haya ubicado primero a los 1.400 hombres que estaban en la playa de El Trampolín, e insisten en que estas mujeres y niñas son muy vulnerables.
Resistencia vecinal a la acogida
Ahmed Enfed-Dal, presidente de la Asociación de Vecinos de la barriada del Príncipe en Ceuta, asegura que en el Gobierno autónomo les han dicho que se están enfrentando a mucha resistencia vecinal para poder reubicarlas. Que había una nave ya dispuesta y los vecinos no les han dejado abrirla. “Nos han dicho que tengamos paciencia, que sigamos ayudándolas y nosotros no podemos dejarlas fuera del campamento, por lo menos por seguridad, para que no sean violadas ni vejadas”, resume. Tienen tres servicios y les van a montar unas duchas. Diferentes asociaciones les llevan comida. “Necesitamos de todo”, dice ofuscada Hafida. “Teníamos duchas en el otro campamento, lo cambiamos porque los vecinos se quejaron y para no tener problemas nos tuvimos que venir aquí”, cuenta el presidente de los vecinos. Las chicas siguen coreando “España, danos una solución”. Una joven se acerca a Ahmed y comienza a llorar.
El responsable de la asociación vecinal mantiene que ha podido hablar un rato en una reunión con la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, y que también les ha pedido “un poquito de tiempo” porque estaban buscando nuevas ubicaciones.
La paciencia y el tiempo son las claves con las que se mueven tanto los inmigrantes como los vecinos que intentan ayudarles o están cansados de verse sometidos a tanta presión. Lubna, vecina de Loma Colmenar, donde el Gobierno está utilizando un gran aparcamiento cedido por la ciudad para cobijar a los migrantes, no termina de convencerse de que la iniciativa sea una buena solución. “Les ponen una pulsera, les dicen a la hora que tienen que venir a comer y a la calle, pues estamos igual”, resume. La mujer, que vive en un bloque frente al aparcamiento, cuenta que la noche ha sido tranquila, pero no confía en que, conforme vayan llegando nuevos ocupantes estén sometidos a mucho ruido, peleas entre ellos o que sigan teniendo miedo de enviar a sus hijos a la calle solos. “Nos dijeron que el recinto era para que estuvieran los migrantes que tenemos en el barrio y metieron los primeros a los de la playa de El Trampolín; ahora van a entrar los nuestros, pero cada vez llegan más”, dice con inquietud. La mujer, que habla con una vecina que asiente a todo, insiste en que no pueden vivir más tiempo así. “En la puerta de mi casa veo menores durmiendo y solos todos los días. Pero muy pequeños”, remacha. Dos chicos, de entre 10 y 12 años, curiosean por la calle a apenas tres metros de ella. “Tú los ves y sabes que no son niños de Ceuta”, explica. “Esto tiene que terminar antes de que empiecen los colegios”, pide la vecina que la acompaña. “Va a durar meses”, añade ella.
Colas para entrar a los centros
Sobre las 11.30, Lubna veía cómo Rafael García, presidente de la asociación de vecinos de Loma Colmenar, trataba de contener los intentos de los migrantes de entrar de golpe al recinto del Embolsamiento. Estaban todos sentados, apiñados, y los policías les imponían, pero en cuanto varios de ellos recibían vía libre, el resto tenía que ser contenido, a duras penas, por media docena de agentes de seguridad. “Van entrando poco a poco, de siete en siete”, explicaba, sin dejar de hablar en dariya con ellos. “Estos son los nuestros, pero también han venido otros por el efecto llamada, se ha corrido la voz”, añadía.
Conforme ha avanzado la mañana, la presencia policial ha aumentado en la zona del Embolsamiento. A las 13.30, los agentes han comenzado a dispersar a todos los migrantes que no estaban sentados, esperando para acceder. Entre ellos había dos hombres con una pulsera verde turquesa que habían pasado la noche en el recinto. Uno de ellos aseguraba que había dormido fatal y el otro que muy bien. “No hables, que nos podemos buscar problemas”, aconsejó el segundo y decidieron seguir su camino.
En otro de los puntos más frecuentados por los migrantes, en las inmediaciones del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes y la playa de El Trampolín, la Policía ha embolsado este viernes a primera hora a más de un millar de personas, sobre todo de origen magrebí, para que las brigadas de limpieza de la ciudad pudieran terminar de limpiar la zona. El día de antes no lo habían conseguido porque, después de que el Gobierno condujera hasta dos recintos a unos 1.400 inmigrantes, se presentaron en la zona otros 500 migrantes e interrumpieron los trabajos. Mina Mohamed Laarbi, viceconsejera de Medio Ambiente de la ciudad, les daba instrucciones a las diez de la mañana a los empleados municipales para que se dieran brío y terminaran pronto. “Los migrantes no pueden acercarse hasta que terminemos. Después se les permitirá regresar. Esperamos dejar la playa limpia y recuperarla para la ciudad”, confiaba.
