Mourinho, ¿eres tú?
A José Mourinho le preguntaron hace dos semanas en rueda de prensa qué consejo le daría al José Mourinho de 2013. Mourinho parpadeó cinco veces, se reclinó en la silla, sonrió. “Buena pregunta. Una pregunta filosófica”, opinó. “Tienes que estar muy tranquilo”, se dijo a sí mismo delante del micrófono.
Dentro del campo Mourinho tiene asumido que es un animal salvaje, irreconducible, que será expulsado una media de “tres o cuatro veces por temporada” y que además, esto le importa bien poco. Fuera del terreno de juego, sin embargo, el portugués se debe de haber mirado profundamente en el espejo durante estos 13 años, seguro que no precisamente por voluntad propia sino a base de fracasos y de comprobar cómo la luz de aquel The Special One se apagaba año tras año desde que decidiera marcharse del lugar del que nadie —salvo él— se marcha hasta que te echen.
En el Canto XI de La Odisea que narra el descenso de Ulises al inframundo, el héroe se encuentra con el espíritu de Agamenón, que regresó triunfal de la guerra de Troya y que después de ser agasajado con un gran banquete por los suyos fue traicionado y asesinado por su esposa Clitemnestra y su primo Egisto. El espectro de Agamenón recomendó a Ulises que si quería regresar a Ítaca, lo hiciera sin alardes ni fuegos artificiales sino más bien “por la puerta de atrás”.
Mourinho regresó a la vida del madridismo, es cierto, con un anuncio en pleno prime time televisivo, pero después de aquello su imagen pública ha distado mucho de la estruendosa irrupción de su primera etapa. Entrando casi de puntillas, sus declaraciones respecto al Real Madrid han sido en un tono prácticamente servicial. “Es como una misión. Ahora no va de estar preocupado por mí mismo o de si voy a ganar mucho o si voy a ganar poco. Quiero ayudar”, llegó a decir.
Muchos se han preguntado qué ha pasado en la vida de Mou para que por momentos parezca irreconocible. Lo cierto es que Mourinho era hasta antes de ayer un entrenador prácticamente sentenciado, castigado por un ego desmedido que los dioses del fútbol desterraron a la más absoluta irrelevancia. Algo parecido a lo que los dioses griegos le impusieron a Sísifo, al que condenaron eternamente a empujar una roca hasta lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. En su ensayo filosófico El mito de Sísifo, Albert Camus explica que Sísifo le interesa durante ese regreso, en esa pausa en la que la piedra vuelve a caer, cuando tiene ante sí ese tormento sin fin que le hace consciente de su desgracia.
Mourinho abandonó el Chelsea el 17 de diciembre de 2015 dejando al equipo como 16º clasificado en la Premier League. El 18 de diciembre de 2018 el Manchester United le despidió después de los malos resultados y de haber quedado segundos la temporada anterior a 19 puntos del City. El 19 de abril de 2021 fue destituido en el Tottenham, que iba séptimo en la clasificación. De la Roma se fue de mutuo acuerdo y del Fenerbahçe le echaron por no clasificarse para la Champions.
Aquel Special One que vivía por y para ganar es hoy en apariencia un hombre mucho más sereno después de su larga travesía por el desierto de la derrota. Perdió gloria y ganó humanidad. Un día Mourinho se marchó de donde nadie se marcha y hoy ha regresado desde el lugar del que nadie regresa, el lugar más oscuro del fútbol: el olvido. Nadie sabe cómo, pero aquí está. Tampoco sabemos si el Mourinho de hoy es solo un caballo de Troya del Mourinho de ayer y el viejo tarro de las esencias mourinhistas —fácilmente agitable con un par de partidos perdidos— será destapado de nuevo. Ahí veremos la segunda parte de la pregunta que le hicieron hace dos semanas: saber si Mourinho acepta sus propios consejos. Saber si cuando vuelva a abandonar la cima y descienda a por su piedra será capaz de mantenerse erguido —“tranquilo”, según él— como Sísifo. Eso sería, en palabras de Albert Camus, una persona superior a su destino. Alguien más fuerte que su roca.
Estáte tranquilo, Mou: el fútbol es largo, además, no importa.

