Más de 60 mujeres y menores, realojadas en el centro de acogida de La Hípica en Ceuta
Ferdaous y Zohair se abrazaban sobre los restos de una tienda de campaña, su hogar durante los pasados cincuenta días. Era una despedida, pero no amarga. El joven matrimonio vivía en las inmediaciones de La Hípica en Ceuta, uno de los centros habilitados en la ciudad, en el que viven desde hace semanas 300 mujeres y niños. Ellos formaban parte del asentamiento informal que se había formado a sus puertas, en evidentes condiciones de insalubridad. Este viernes, en torno a las 8 de la mañana, La Hípica ha abierto sus puertas para recibirles, ampliando 66 plazas más para mujeres y sus hijos menores.
A Ferdaous le ha despertado el dispositivo policial que custodiaba la operación de alojamiento, y se ha despedido de su marido aún en pijama. “Esto es bueno, tienes que entrar”, le consolaba él. Han recogido sus pertenencias en bolsas, mientras los operarios de limpieza retiraban las carpas, las lonas y los restos del campamento que les ha cobijado durante el último mes. “Hoy dormiré en una cama, pero él no”, se lamentaba Ferdaous, basculando entre la sonrisa y el llanto. Su marido se encogía de hombros ante la pregunta de dónde irá él. “Trampolín no”, sentenciaba. El asentamiento informal de la playa es el más cercano a La Hípica, pero esperaba encontrar una alternativa mejor hasta la reagrupación familiar.
Maimoun tampoco tenía respuestas sobre dónde ir. Se resistía a soltar de sus brazos a su hijo de 6 años, que entraría con su mujer Chayma en el centro, una de las primeras en acceder a la instalación. “Esto es lo mejor que puede pasar”, se consolaba. En su rostro se apretaban el alivio y la tristeza. “Son muchos días durmiendo en el suelo, no es vida para un niño”, decía. Al verles cruzar la puerta del centro, Maimoun se rompió. “Pero feliz”, añadía, secándose las lágrimas con la manta del pequeño.
El ministerio de Inclusión, del que depende el centro gestionado por Sur Acoge, ha supervisado el alojo, que se ha producido con total normalidad. En esta ocasión, el dispositivo policial ha evitado que se corriera la voz y que más personas se presentaran para intentar acceder, limitando el acceso a las plazas previstas.
Cuando aproximadamente una treintena de mujeres habían accedido ya a las instalaciones, Maimoun, Zohair y el resto de maridos fueron conducidos al interior del Centro de estancia Temporal de Migrantes (CETI), situado junto a la Hípica, para tramitar también su acogida en las instalaciones. “Estaremos al lado”, celebraba Zohair, agitando la mano a su mujer. En los próximos días, según fuentes policiales, se comprobará la paternidad de estas familias para un posterior proceso de reagrupación familiar. Han quedado excluidos el resto de hombres que habitaban el asentamiento informal, como Mohamed, que vivía junto a su hermana. “Hombres no”, repetían los agentes, agrupándoles colina abajo, para que abandonaran el lugar. Mohamed señalaba la pantalla del teléfono, indicándole a su hermana que seguían en contacto. Ella alzaba los brazos y gritaba: “Yalla!”.
En torno a las 9 de la mañana, por la cuesta de acceso al centro desaparecían los pequeños Amina y Oumar, de cuatro y seis años, cargando en los brazos peluches y mantas, a pequeños pasos somnolientos aún. Dejaron atrás los globos con los que sus madres los entretuvieron mientras duró la operación, que duró aproximadamente dos horas. El alojo pone fin a un campamento informal que dejaba en situación de desamparo a mujeres en situación de vulnerabilidad, como Samira. A partir de este viernes ellas también llevarán el collar azul con la identificación de su plaza en la Hípica, que les permite salir al exterior en las horas establecidas.
La operación de ampliación de las plazas de la Hípica no es la única. Está previsto que en los próximos días muchos de los centros ya habilitados incrementen sus plazas en Ceuta, bien por construcción de nuevos espacios o por ampliación de camas disponibles para los migrantes que aún viven en asentamientos informales o en las calles.
A pesar del control policial, cuando aún quedaba una pequeña cola de acceso de las 66 mujeres y niños, empezó a formarse otra a pocos metros, bajo la loma. La voz se había corrido y varias decenas de migrantes acudieron a probar suerte. Cargaban con sus bultos, recogidos a toda velocidad, pero no hubo suerte. Los enseres de las familias que sí entraron fueron retirados en enormes bolsas de basura negras, de las que sobresalían canastas infantiles, mantas, y patinetes.


