Política

Mapa del odio en Ceuta: incendios, agresiones y tensión al límite


La lengua de tierra de Ceuta ya no reposa sobre el Mediterráneo, sino sobre un barril de pólvora. Hasta la más sucinta recopilación de sucesos de la última semana lo certifica: incendio en las chabolas de El Tarajal, agresiones a ceutíes por su color de piel, reyertas entre migrantes, vecinos increpando a periodistas o trabajadores humanitarios, manifestaciones pidiendo la “expulsión de los invasores”. La ciudad encara su séptima semana de crisis hundida en un clima de tensión social alarmante, con explosiones de odio cotidianas y un lenguaje bélico en escalada ascendente. Pero la violencia no se reparte por igual en estos 20 kilómetros cuadrados.

Los mayores focos de tensión se encuentran aquellas zonas que, desde el inicio, acogieron el mayor flujo de migrantes. Barrios con rentas per cápita bajas, de mayoría musulmana, que, como El Príncipe o La Reina respondieron solidariamente con refugios improvisados o iniciativas vecinales, pero que un mes después están al límite de sus fuerzas. Precisamente ahí se instalaron los primeros centros de acogida gubernamentales, como Loma Colmenar. El recinto refugia a unos 1.200 hombres, que tienen permitido salir de él de 10 de la mañana a 10 de la noche, un flujo constante a escasos metros de los humildes bloques de viviendas de la barriada. A ello se suma el numeroso cinturón de personas que duermen y viven a la intemperie a su alrededor, centenares de migrantes que esperan una plaza libre. Muchos saben que eso no llegará, pero cuentan que duermen allí porque la presencia policial les hace sentir más seguros.

“Yo les entiendo, pero que me entiendan ellos a mí. ¿Tú sabes lo que es convivir con cientos de tíos en la puerta de tu casa cagando y meando por las esquinas?”, resume el vecino Mohamed Ahmed. Sucede lo mismo en el resto de emplazamientos oficiales como El Tarajal o La Hípica, todos acumulan gente a sus puertas en campamentos con condiciones de evidente insalubridad. Tras más de un mes de cronificación, allí es dónde se registran muchos de los incidentes violentos, de diferente índole. Hay vecinos hostigan y acosan a los migrantes para que se vayan, justificándose en su hartazgo con las trifulcas nocturnas que se producen a diario. “No serán la mayoría, pero la bulla por la noche es insoportable. Beben, se pelean y nos cuesta dormir a los niños”, explica Mohamed.

Aunque la Policía Nacional se ha negado a proporcionar el cómputo global de denuncias, fuentes internas reconocen que la mayor parte de incidentes reportados ante las autoridades en estas zonas se han producido entre migrantes: peleas, agresiones con armas blancas y disputas territoriales. “A mí no me ha pasado nada personalmente, ellos no me han hecho nada directamente, pero hay mucha gente a la que sí. Estamos expuestas a que nos violen en cualquier momento”, resume Joana, también vecina de Loma Colmenar. Este pánico es una constante en las reivindicaciones de los vecinos, aunque los datos apunten en otra dirección: las 23 agresiones sexuales que investiga la Fiscalía se han producido contra mujeres migrantes, y los detenidos son cuatro marroquíes, tres españoles y un belga. Aún así, el único establecimiento con licencia para vender sprays de pimienta en Ceuta tiene lista de espera para adquirir estas armas de defensa personal.

Manifestaciones y color de piel

Lejos de esos barrios, fortificados dentro de las Murallas Reales, Ceuta vive una media de dos manifestaciones diarias. Las convocan los vecinos a un ritmo frenético, llamamientos con carteles generados por Inteligencia Artificial con lemas cada vez más hostiles. Del “Ceuta no se vende, Ceuta se defiende” de las primeras protestas al “Invasores, expulsión” o “Un mundo con fronteras es mejor” cabe un clima asfixiante de consignas progresivamente más agresivas.

Una de las más recientes portaba en su cabecera la imagen del teniente ceutí Jacinto Ruíz Mendoza, héroe del levantamiento del 2 de mayo, y cuya gesta emulaban para que “el pueblo se levante contra el invasor”. Las protestas no suelen superar los dos centenares de personas, casi siempre las mismas, vecinos ceutíes que en su mayoría viven en las zonas menos congestionadas por los embolsamientos oficiales de migrantes pero que también denuncian sufrir las consecuencias del flujo masivo. Las quejas son variadas: desde subidas en las facturas del gas y el agua a un empeoramiento de sus condiciones de vida, pero preguntados por episodios personales de violencia, todos los altercados referidos son de oídas.

Además, acusan a los medios de comunicación de no “reflejar la verdad de Ceuta”, agrediendo físicamente a los profesionales que acuden a esas citas precisamente a recabar su sentir. Un odio que hacen extensivo a los trabajadores de las muchas ONG que han acudido a dar respuesta a la emergencia, y a los que increpan cuando, como los periodistas, hablan con los migrantes. “Ojalá os violen”, le desearon a esta periodista la pasada semana.

Cuando las protestas se encienden y estalla la violencia, el teléfono móvil se convierte en el arma de batalla. Muchos de los manifestantes graban a los informadores con la intención de exponerles públicamente, también a los trabajadores humanitarios, más escasamente, a algún migrante que cruce por allí. No es lo habitual, porque el corazón de la ciudad lleva más de un mes policialmente custodiado para que no accedan por las inmediaciones. En las últimas semanas se ha rebajado algo el control, pero sigue sin ser común ver a más de uno o dos rondando por las zonas nobles, a las que inconscientemente ellos se refieren como “arriba en la ciudad”. Como mucho, pasean en parejas o intentan entrar a las tiendas de electrónica para comprar baterías portátiles, pero los comerciantes no siempre se lo permiten. Se cuentan por decenas los negocios de hostelería que han sellado con cinta aislante los enchufes y cerrado los aseos. Los supermercados más grandes siguen escoltados por militares armados, aunque es en su interior donde se registran incidentes. Esta misma semana, en uno ubicado en La Almadraba, un grupo de personas grabó a los migrantes que esperaban turno en la cola de la panadería con gritos xenófobos.

“Claro que hemos tenido hurtos, pero no los denunciamos porque a estos no les van a meter en la cárcel, multa de 70 euros y a la calle”, dice el responsable de una céntrica tienda de deportes. En el establecimiento se produce otra de esas escenas cotidianas en la Ceuta actual: cuando dos chicos de piel oscura entran curioseando, los dependientes les escrutan y se preguntan: “¿Son o no son? Porque claro, van todos de pobrecitos, pero luego tienen mejor móvil que yo, y ortodoncias”, critican. Ese constante examinar al otro en función de su aspecto se ha vuelto tan rutinario como pernicioso. El pasado domingo, una niña de 13 años fue agredida verbalmente en una manifestación al confundirla con uno de los migrantes que cruzaron a nado. Tenía la piel oscura y los propios ceutíes le requirieron el DNI.

Una ciudad dividida

La construcción de nuevos centros para dar acogida a los migrantes que duermen en los campamentos improvisados enfurece aún más a los ceutíes de las manifestaciones. Cuando la pasada semana el Gobierno tomó el control del Puerto para la ubicación de un nuevo asentamiento, se concentraron a la voz de “No los queremos aquí, cualquier cosa que no sea expulsión, no nos vale”. Esta será la primera ubicación en un barrio de renta media y a una distancia más alejada de los bloques de viviendas, que podría aliviar el colapso del asentamiento informal de la Playa del Trampolín.

El trozo de costa al oeste de la ciudad es otro de los focos de violencia más constantes. Con aspecto, costumbres y hasta comercios de un zoco, en apenas un kilómetro concentra a más de mil personas. La policía interviene con frecuencia por altercados en su interior, y no siempre por las noches. Los repartos de comida diarios, a cargo de la Cruz Roja, se organizan con disciplina militar: solo pueden recibirla los migrantes que lleven una pulsera naranja para evitar el tráfico de comida.

A una Ceuta ya dividida, se le suma así un color más para la identificación a primera vista. Los migrantes que tienen litera en los centros portan en las muñecas pulseras blancas o verdes, en función del emplazamiento. Los ceutíes que protestan, se adornan con banderas de España. Quedan las articulaciones desnudas de los vecinos de las periferias más congestionadas, y las de los migrantes sin plaza en ningún lugar. Precisamente, los más expuestos a la violencia.


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