Los segundos años de la 4T
Septiembre de 2020. Andrés Manuel López Obrador llega a su segundo informe de Gobierno con una piedra en el camino. Un amago que no había provocado y que no podía controlar amenazaba con determinar el rumbo de su presidencia.
Un sexenio después —hemos esperado seis años hasta que el planeta esté de nuevo en este punto para poder hacer la comparación—, a la Cuarta Transformación la historia insiste en atravesársele. Claudia Sheinbaum llega a su segundo informe bajo una presión semejante y con una dirección incierta.
Lo que la covid-19 fue para López Obrador, Trump lo es para Sheinbaum. Cada cual, su ecuación; cada uno, su incógnita.
Los segundos años de los gobiernos de la Cuarta Transformación han sido enfrentados —que, si yo fuera supersticiosa, sustituiría por condenados— a la misma prueba: una amenaza exterior que irrumpe en el país cuando la presidencia deja atrás el impulso de la victoria electoral y comienza la subida hacia las intermedias.
A López Obrador le tocó una pandemia que detuvo al mundo. El primero de septiembre de su segundo año, la asamblea en el Palacio Nacional daba cuenta de lo excepcional de lo ocurrido. Unos pocos invitados —todos con cubrebocas— contemplaban a un presidente que durante años había guerreado con buen brío para transformar al país y que, de pronto, se veía obligado a administrar una pandemia. Dicen que si uno quiere hacer reír a Dios, basta con contarle sus planes.
La covid-19 sacudió todos los supuestos sobre los que López Obrador había proyectado su Gobierno. Paralizó sectores productivos, obligó a reimaginar el sistema de salud otrora privatizado, relegó reformas, desplazó preferencias presupuestales, ralentizó la construcción de grandes obras, etcétera.
López Obrador quedó ante una disyuntiva. O lo uno o lo otro. Modificar las prioridades de su proyecto para responder a la emergencia sanitaria o dar la batalla desde sus principios fundacionales.
El presidente eligió lo segundo. Una reacción que no sería exagerado clasificar como congruente.
A pesar de las presiones de la clase pudiente para ceder ante la exigencia de estímulos fiscales, el mandatario mantuvo las transferencias directas y los programas sociales en el centro de su apuesta. Aquello no y esto sí. “Por el bien de todos, primero los pobres” se consolidó como una política de Gobierno innegociable.
Sheinbaum llegó a su segundo informe ante una disyuntiva comparable.
El regreso de Donald Trump alteró el escenario sobre el que había calculado su sexenio. Los desafíos arancelarios y las presiones sobre México en materia política, comercial, migratoria y de seguridad no ocuparon ni tangencialmente la campaña presidencial. Seis años después de la pandemia, la historia volvía a tener otros planes. Y Dios, de haber escuchado a los de Sheinbaum, se habría desternillado.
Una vez más, un Gobierno de la Cuarta Transformación llega a su segundo informe con la agenda condicionada desde afuera: por circunstancias que no eligió y que difícilmente pudo haber previsto. El futuro es el peor enemigo de lo imaginado.
Nuevamente, la respuesta obradorista ha consistido en adaptarse sin renunciar al principio que considera central. En el caso de Sheinbaum, ese principio ha sido el soberano: negociar con Washington, cooperar en lo posible, evitar rupturas comerciales y —a falta de un arma más contundente— dejar los límites claros. “La soberanía no se negocia” es una política innegociable de Gobierno.
La similitud entre ambos momentos está, claro, en la naturaleza externa de las presiones y en el momento en que adquieren toda su fuerza. Duplos absolutos. Un díptico.
López Obrador no podía mandar el fin de la pandemia, aun así, pagó parte de sus costos en las intermedias vía urnas. En igualdad de impotencia, Sheinbaum tampoco tiene más remedio que seguir toreando el ideario Trump.
Las papas calientes también visibilizan una continuidad. Frente a circunstancias que no escogieron, ninguno de los dos gobiernos optó por redefinir el principio central de su proyecto. López Obrador mantuvo la prioridad de la política social durante la pandemia. Sheinbaum ha hecho de la autonomía nacional el centro de su respuesta a las presiones gringas.
Casualidad o coincidencia, dos administraciones con amplios márgenes de poder encontraron —precisamente durante su segundo año de mandato— que hay fuerzas externas capaces de condicionarlas.
Y ambos gobiernos han respondido de idéntica manera: adaptando sus planes sin alterar sus principios.
Está visto que lo que tiene que ser, tiene que ser.

