Política

Lo que España aún le debe a Ceuta


Me enamoré de Ceuta nada más bajar del ferri, la primera vez que viajé a la ciudad. Llevaba en la mochila y en la cabeza un revoltijo de prejuicios y lecturas —militarismos varios, novelas de la guerra de Marruecos, mucha bibliografía sobre el Marruecos colonial…— que se me fueron diluyendo en el agua del Estrecho y ya no existían cuando desembarqué y enfilé mis pasos hacia el Baluarte de los Mallorquines. Descubrí una ciudad bella y compleja, abierta al mar y a toda la rosa de los vientos, que lo mismo se muestra provinciana y tediosa un domingo por la tarde en el Revellín, que cosmopolita y vibrante como el barrio más vanguardista de una metrópoli. Unos cuantos viajes después, ya rendido sin condiciones, Ceuta me inspiró un libro sobre fronteras que cuento entre mis trabajos más queridos.

En El Príncipe he conocido a los españoles más patriotas; jóvenes que mezclan el dariya con el castellano y se ofenden muchísimo —con razón— cuando alguien cuestiona su españolidad. Fueron ellos quienes primero atendieron la crisis y quienes más han acusado la fatiga en este agosto trágico. El Príncipe tiene una red de solidaridad vecinal muy fuerte, y mientras los ultras de Europa bramaban y el Gobierno hacía lo del avestruz, allí dieron de comer al hambriento y de beber al sediento.

Ese es el espíritu caballa, el de una ciudad que nunca ha esperado a que le saquen las castañas de los muchos fuegos que la abrasan. Si hay un lugar de España donde saben de negociación y democracia es Ceuta: en un espacio de un kilómetro de largo, en el centro, tienen una catedral, dos iglesias, dos templos hindúes, una sinagoga y una mezquita. Los ceutíes podrían recorrer el mundo impartiendo seminarios y enseñando que la armonía y la paz son imperativas cuando tantas lenguas, culturas y religiones se mezclan en un espacio mínimo que, para los imperios, es una casilla de Monopoly.

El Estado español —tanto el Gobierno central como los autonómicos que se niegan a recibir a los niños— ha fallado gravemente a una ciudad pequeña que ha soportado un golpe capaz de destruir lugares mucho más poderosos. La retórica ministerial y las declaraciones de españolidad en modo superlativo solo han servido para subrayar la soledad de los ceutíes, que merecen mucho más de lo que hasta ahora han recibido, que ha sido casi nada. Las disculpas de Margarita Robles se comprenden, pero están lejos de ser lo más urgente ahora que el Gobierno se despereza. Ninguna palabra va a desmentir esa sensación cierta de abandono. Los hechos, si son claros y generosos, tal vez la mitiguen un poco.


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