Política

Las ONG, en el foco de la ira en Ceuta: “Nos acusan de provocar un efecto llamada”

Leticia, Diana e Irene venían en el ferri de Algeciras a Ceuta el domingo, hablando entre ellas. Habían dejado en Sevilla una furgoneta con material de primera necesidad, alimentos no perecederos, mantas y medicamentos reunidos por la asociación vecinal asturiana Esto ye Ciares para distribuir entre los migrantes de Ceuta sin plaza en los centros de acogida. La mujer en el asiento delantero se giró y les preguntó: “¿Venís a la manifestación?”. Ellas no estaban al tanto de la protesta que se produciría horas después bajo el lema “SOS Ceuta invadida”, así que le dijeron que no. “¿Entonces vais al campamento?, ¿sois las de la ONG esa?”, inquirió de nuevo la señora, visiblemente más iracunda. Ni Leticia ni Diana ni Irene estaban al tanto de que se refería la asociación pamplonesa Negu Gorriak/Derecho a Techo, que llegarían a Ceuta horas después y cuya trayectoria en barco había empezado a monitorear ya el grupo de WhatsApp de la Federación Provincial de Vecinos de Ceuta. Planeaban recibirles en la salida de vehículos del Puerto, localizaron la matrícula del furgón en el que llegarían y difundieron una convocatoria para salir a su encuentro con el lema “no queremos que los grupos radicales proetarras entren en Ceuta”.

“La mujer nos miraba de arriba abajo, señalando las mochilas con las que veníamos. Ahí no traíamos nada más que nuestras cosas, es cierto que podemos dar la pinta de una ONG, pero en ese momento no entendíamos nada”, explica Leticia. Lo fueron haciendo poco a poco. Minutos después, cuando esperaban sentadas a la salida del puerto, un hombre de unos 50 años se bajó de un vehículo todoterreno y fue directo a ellas. “¿Sois vosotras las de la ONG?”, repitió, escrutándolas de arriba abajo. Volvieron a negarlo, pero comenzaron a entender. El coche, con otros tres ocupantes, se marchó a toda velocidad.

Esta bienvenida hostil es síntoma de algo que lleva semanas burbujeando en Ceuta: un clima de cada vez mayor rechazo hacia la labor que hacen las diversas organizaciones humanitarias presentes en la ciudad. “Nos ha pasado a nosotros, que encima se han confundido, pero lleva tiempo pasando a muchas más organizaciones”, dice Rafael Borrego. Él iba dentro del coche que una decena de manifestantes atacaron con piedras, junto a la diputada de Ceuta Ya! Julia Ferreras y a la abogada de Derechos Humanos Sofía Cánovas. “No doy crédito de lo que está pasando aquí, cuando la ira ya se vuelve contra los trabajadores humanitarios es que algo está muy roto. Se deshumaniza al migrante, y se castiga al que le ayuda”, decía Cánovas, antes de declarar en el juzgado por la agresión, en la que resultó herida.

“Yo no he sufrido violencia física, pero los insultos son constantes. Cuando estamos atendiendo a la gente, raro es el día que no aparece alguien a gritarnos que estamos ayudando al invasor”, relata una trabajadora de una de las organizaciones más grandes presentes en Ceuta. Prefiere mantener el anonimato por precaución, igual que escoge quitarse el chaleco con el nombre de la ONG cuando acude al centro de la ciudad. No lo hizo desde el principio, pero asegura que ahora todos los compañeros lo han adoptado como protocolo de seguridad oficioso. “Es una ciudad pequeña, aquí en seguida saben quién eres”, justifica.

Aunque el rechazo hacia la labor humanitaria es algo que bulle en cualquier esquina, las manifestaciones de vecinos ceutíes para protestas ante la “invasión” son epicentro habitual de los insultos hacia las organizaciones. “Esta es de una ONG, está alimentando a los invasores”, chillaba una manifestante en una de ellas, señalando a quien, de hecho, era una periodista que había acudido a informar sobre la protesta. El mismo día, durante la protesta que recorrió la ciudad hacia El Tarajal, varias voluntarias de la ONG No Name Kitchen fueron increpadas al grito de “guarras” y “zorras” mientras observaban la manifestación desde una loma cercana, donde entregan alimentos a quiénes malviven en las Naves.

Crispación constante

“Lo llamativo es que esos mismos vecinos ceutíes son los que dicen que cualquier cosa que hagamos tiene un efecto llamada, cuando atendemos a los migrantes nos acusan de provocar que vengan más. Lo que no se dan cuenta es que con estos actos de violencia, ellos sí que están provocando un efecto llamada de más violencia”, explica Alexia, otra voluntaria humanitaria, que adopta similares medidas de precaución.

Halima Ahmed, coordinadora de la ONG Luna Blanca lleva semanas alzando la voz contra estos incidentes: “Nos increpan por darles comida caliente, nos dicen que les dejemos con hambre para que se vuelvan a su país”, denuncia. Ahmed apunta hacia el clima de “crispación” constante, que afecta a los voluntarios de la mayoría de las entidades.

Además de los episodios de violencia “espontánea”, también se han registrado ataques coordinados. A finales de agosto, otro grupo de vecinos animaba en las redes sociales a bloquear la llegada de suministros de la Cruz Roja, que diariamente reparte comida en la playa de El Trampolín.

Tras el señalamiento en el puerto, Leticia, Diana e Irene optaron por esconder sus mochilas y disimular el “aspecto ONG”, sea lo que sea eso. Acudieron a la Playa del Trampolín, y fueron los propios migrantes quiénes les avisaron de que se aproximaba una manifestación de vecinos. Esta vez, una marcha motera que recorría las estribaciones de la playa, e insistieron en refugiarlas en sus tiendas. “No nos dejaron salir hasta que no pasaron, estaban más preocupados ellos que nosotras”, cuentan. Poco después, a la hora de la comida, las tres tuvieron que abandonar el restaurante donde fueron a comer porque desde la mesa vecina otro grupo empezó a grabarlas, señalándolas también como trabajadoras humanitarias.

Aunque más desconfiadas y asustadas, continuaron con la misión que las trajo de Asturias a Ceuta. “El cargamento que tenemos en Sevilla se entregará en los próximos días, pero queríamos poder hacer lo que hemos venido a hacer”, explica Leticia. A través de una colecta habían recaudado cerca de 7.000 euros para repartir entre los asentamientos informales como Sidi Embarek, sostenidos por la solidaridad vecinal. La primera noche, mientras los manifestantes agredían a Borrego, Cánovas y Ferreras en el Puerto, ellas compraban alimentos para las mujeres y niños. También dos tartas de cumpleaños. “Estos dos cumplían diez años, y creíamos que también merecían poder celebrarlo”, dice Diana, mostrando un vídeo en el que un grupo de menores y madres se arremolinan en torno a dos pasteles coloridos, a la luz de las velas y los cánticos, ajenos al odio que estallaba a la misma hora junto al mar.

El lunes por la tarde, las tres compañeras asturianas se subieron a la furgoneta, en la que alguien había escrito “puta” a un costado, y continuaron. Acudieron a un supermercado cercano a las Naves de El Tarajal con las mujeres del asentamiento, para adquirir los productos que necesitaban. Mantas, toallitas, compresas, leche, atún, pasta de dientes. Repitieron la operación en Sidi Embarek. “No me arrepiento de haber venido, eso seguro”, decía Diana, rodeada por corro de niños que recibía paquetes de pañales con alboroto. Temen que la ira contra ONG y voluntarios opaque lo que realmente les preocupa: la deshumanización del migrante. “Llevamos un día aquí y ya hemos escuchado cómo les llamaban animales y cosas horribles”, lamentan.


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