La orquesta de la biodiversidad que solo suena a oscuras
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El sonido de la selva es una playlist en aleatorio que nada tiene de casual. Las mañanas arrancan con el sonido de los tucanes goliamarillo (Ramphastos ambiguus) y su característico “diostedé, diostedé”. Este se mezcla con las pavas de monte (Penelope ortoni y Penelope purpurascens) y el mono aullador de manto (Alouatta palliata), con un alarido que lo inunda todo. Unas pocas horas después, se activan las cigarras, a las que no frenan las horas más cálidas del día, los carpinteros y la rana nodriza de Boulenger (Epipedobates boulengeri), una de las pocas ranas diurnas que se pasean por Mashpi-Tayra, en pleno corazón del bosque nublado ecuatoriano. Al atardecer, el croar de las ranas opaca el sonido de las aves, que se duermen y se convierten en presa fácil para sus predadores. Cerca de las quebradas, suenan las ranas de cristal y las de torrente (Hyloscirtus mashpi). La noche es un festín de sonidos. Y puede convertirse pronto en patrimonio inmaterial del mundo.
El elevadísimo número de endemismos que recorren estas 3.200 hectáreas de reserva privada, hacen que esta orquesta de la biodiversidad pueda tener algo así como una denominación de origen. Además, la enorme variabilidad de alturas en tan poco espacio (de unos 500 metros de diferencia) abren más incluso el abanico de cantos. Gustavo Pazmiño, gerente de ecosistemas en Fundación Futuro y percusionista, lleva años obsesionado en demostrar que la música de la selva es también un indicador de la salud de la misma. Para probarlo se propuso un plan: capturar los sonidos de Mashpi-Tayra y compararlo con las parcelas colindantes, inundadas de ganadería, monocultivos y madereras. “En algún momento, todo debió haberse escuchado así de increíble. Hoy, la reserva es el relicto de la biodiversidad del Chocó andino. Y lo que suena a pocos metros de aquí son vacas, motosierras o personas. No todos estos animales”, lamenta el biólogo.
La Fundación Futuro se propuso llamar la atención de la Unesco, para que esta reconociera la orquesta de la biodiversidad ecuatoriana como patrimonio inmaterial. Durante meses, colocaron grabadoras a diferentes alturas y latitudes, que graban uno de cada diez minutos, hasta obtener amplias ventanas de sonido de una biodiversidad ruidosa, viva y emocionante.
Para que un paisaje (en este caso, sonoro) entre en la Lista del Patrimonio Mundial, debe ser presentado por el Estado correspondiente y cumplir al menos uno de diez criterios técnicos, entre los que está el estético. Según la ONU, debe ser un “fenómeno natural superlativo o un área de belleza natural e importancia estética excepcional”. “Si eso no es belleza, ¿entonces qué es?”, se pregunta Gustavo, bajo una hoja de yarumo que le sirve de sombrilla en esta lluviosa expedición. Este año, Ecuador propuso cinco proyectos. La banda sonora de este bosque húmedo es uno de ellos. Ahora empieza una larga lista de protocolos y visitas a terreno hasta conocer los resultados, probablemente en dos años.
Son las 6.45 de la tarde en Mashpi Tayra. La paleta entera de tonos anaranjados y rosados está en el cielo. Una neblina constante se cuela entre los árboles centenarios. Esteban Calvache, entomólogo, enfunda sus pies en unas botas pantaneras que le cubren hasta la rodilla, se coloca el chubasquero y echa a andar. Pocos minutos después, la selva es un fundido a negro, pero su ojo quirúrgico no se entorpece al caer la noche. Camina bajo la lluvia y a oscuras con un pequeño láser ultravioleta con el que escanea milimétricamente cada rincón. Lo ve en segundos. Un alacrán fluorescente se esconde de la lluvia en una guarida de piedras. “Ajá”, dice. “Sabía que lo íbamos a ver”. A pocos metros, una araña también brilla en un color verde neón. Lo hace por los compuestos -beta-carbolina y cumarina- del esqueleto que carga por fuera.
“Las verdaderas protagonistas de la noche son las arañas”, reconoce el especialista en arácnidos. Las tarántulas salen de su refugio diurno para buscar alimentos: otros insectos, pequeños vertebrados -como ranas- o incluso una tarántula hermana despistada. Las licósidos -un grupo peludo conocido como arañas lobo- se dedican a cortejar a las hembras con pequeños golpeteos y las arañas pescadoras gigantes (del género Trechaleidae) cazan un bicho para poder usarlo de regalo nupcial para la hembra. Al comérselo, el macho aprovecha para copular con ella. Calvache narra una a una las hazañas de sus insectos predilectos con la misma fascinación que el primer día que los vio en un libro.
Aunque mucha de la biodiversidad de esta reserva tardará años en estar en los libros de biología. En estas 3.200 hectáreas de bosque primario y regenerado se dio hace unas semanas un hallazgo inédito. En pleno corazón del Chocó andino -un área bendecida en la que se funde el Chocó biogeográfico y los Andes tropicales-, un estudio científico basado en la secuenciación genética de insectos pudo corroborar que, en apenas un punto de muestreo, había 7.848 artrópodos nuevos para la ciencia mundial.
Esta investigación fue el resultado de más de un lustro de parcería entre el Instituto Nacional de Biodiversidad de Ecuador (Inabio), la Fundación Futuro y la Universidad de Guelph (Canadá), quien impulsó la principal metodología del hallazgo. El Global Malaise Trap Program es un mecanismo diseñado para comprender cómo cambian las comunidades de artrópodos con el paso del tiempo y el calentamiento global. Hoy, estos casi 8.000 insectos voladores ya tienen “cédula” ecuatoriana y podrán ser comparados con otros insectos del mundo, conforme se siga secuenciando esta biodiversidad invisible. Si bien la academia pudo empezar a numerar la biodiversidad, no ha sabido llegar aún a otra de las grandes preguntas de este equipo de biólogos: ¿Cómo suenan?
Conservar la naturaleza para seguir oyendo música
Gustavo sonríe con ternura cada vez que reconoce el croar de una rana. Escucha varias del género Pristimantis, una raposa, zariguellas y culebras Imantodes. “Ninguna selva suena igual, lo que pasa es que no le prestamos la atención como merece. Estamos acostumbrados a percibir a través de los ojos, pero todo suena: las hormigas caminando, la vibración de los insectos…”, cuenta emocionado.
La emoción es contagiosa. Carolina Proaño Castro, bióloga y directora ejecutiva de Fundación Futura, habla de la naturaleza como quien habla de poesía. “Si uno de los moscos que encontramos como únicos en esta reserva deja de existir, se extingue, también se deja de escuchar. Y la música y la harmonía serán distintas”, narra. “La biodiversidad no sólo hay que defenderla racionalmente, por el impacto a la naturaleza, que también. Cuidarla también es conservar sus sonidos”.
Según la académica, cada animal que quedó registrado en las grabaciones de la fundación es un nicho ecológico distinto con un sinfín de dinámicas ajenas al ser humano. Al menos, por ahora. “Las razones por las que cantan o croan o chillan aún no las sabemos. Puede ser porque está asustado, para encontrar a la hembra o por ecolocalización… Pero tiene un significado. Lo que está claro es que en la música y en la ecología se necesita la diversidad”.




