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La incertidumbre y el temor se apoderan de Quibdó tras el terremoto: “¿Es verdad que la casita se va a caer?”

Nellys María trabaja como empleada doméstica. Ahorró durante años, poco a poco, echar arriba su casa en las periferias de Quibdó, en el barrio Casablanca. Ese sueño quedó en ruinas el pasado lunes, luego de que un terremoto de 7,4 de magnitud sacudiera esa ciudad, todo el departamento del Chocó y el occidente de Colombia. No se queja, aunque su dolor es evidente. “Espero que el Estado nos ayude. Si no, nos queda ahorrar de poquito otra vez y construir por los laditos”, dice, resignada. Aunque su hogar no se desplomó por completo, las habitaciones principales tienen muros caídos; los que siguen en pie muestran enormes grietas. “¿Es verdad que la casita se va a caer?”, le pregunta su hijo de cinco años

“Nos da miedo entrar a nuestras casas”, dice una vecina, refiriéndose a los daños que muestran innumerables casas en la ciudad de casi 150.000 habitantes. Muchos quibdoseños, por ese mismo temor, han preferido aglomerarse para dormir en casa de familiares o incluso en la calle, como se ve en el barrio Ciudadela Mía. La Alcaldía ha señalado que tres de las seis comunas del municipio sufrieron colapsos, la Gobernación ha hablado de 3.500 afectados en el departamento.

Aunque los 13 muertos de la ciudad la dejan con menos víctimas fatales que Cali o Pereira, la cantidad de viviendas dañadas aún no ha sido calculada y su precaria infraestructura quedó en incluso peores condiciones. La incertidumbre es total, pues la información sobre lo que va a pasar en los próximos días es mínima, al igual que las conexiones eléctrica o móvil.

El alcalde Rafael Andrés Bolaños ha pedido ayuda al Gobierno nacional, mientras la gobernadora, Nubia Carolina Córdoba, se trasladó este jueves al epicentro del sismo, unos 90 kilómetros al suroeste. El presidente Abelardo de la Espriella pasó el lunes mismo por la ciudad, donde se comprometió a lograr la recuperación del departamento y el saldo de una deuda histórica con los chocoanos, en su mayoría afrocolombianos, asegurando que haría un giro millonario.

Los quibdoseños se muestran incrédulos. No es la primera vez que un dirigente político promete sacarlos del olvido. “Aquí estuvo el nuevo presidente, pero ni salió del Comando de Policía”, cuestiona sobre la visita Paola, parte de la red de parteras ASOREDIPAR. El recelo tiene asidero, pues la comunidad es quien se ha echado al hombro la tarea de rescates, reforzada por voluntarios que han venido de otras ciudades. No ha llegado ninguna misión de afuera, reclaman.

Entre los voluntarios está Alberto Morales, un ingeniero que se mueve por su cuenta en los barrios más afectados. Asesora a los dueños de casas afectadas en qué hacer con ellas, en pos de evitar más víctimas. Explica que la mayoría de los daños vienen no de un problema geológico, sino de uno humano, económico, social: las construcciones son precarias.

Y no solo en las viviendas autoconstruidas. El movimiento sísmico se vivió cuando iniciaba la jornada educativa, y afectó a varias instalaciones y algunos niños salieron levemente lesionados, pues otros les pasaron por encima, prisas del pánico. La sede del colegio Carrasquilla en el barrio Medrano quedó con afectaciones severas, al igual que varios edificios de la Universidad Tecnológica del Chocó.

Una vieja crisis de salud

Si bien el Chocó tiene más de 600.000 habitantes, no cuenta con un hospital de tercer nivel para atender las situaciones que el Estado llama de alta complejidad. Esa carencia se siente aún más en momentos críticos como el actual, cuando han colapsado los hospitales de su capital. Allí han llegado los heridos de los municipios aledaños. El principal centro, el Hospital San Francisco de Asís, suma años en una crisis financiera que lo ha llevado a una intervención sin salida clara. Su gerente interventor señala que enfrenta una sobreocupación de alrededor del 245%.

Cuando su capacidad no alcanza, debe trasladar los pacientes en aviones ambulancia a otras ciudades, usualmente Medellín, una necesidad que el departamento no ha podido cubrir tras el terremoto. Por eso, el Chocó ha recurrido a su diáspora, como prueba la llegada en la mañana del jueves de Keissa Ibargüen, una enfermera que en La Cardio, un hospital privado del norte de Bogotá. Son ellos una de las pocas esperanzas de muchos quibdoseños.

Como los habitantes del barrio Pablo Sexto, uno de los más empobrecidos de una ciudad pobre, donde hace menos de un mes un incendio dejó a más de 40 familias en la calle. Es el destino al que le huye Nellys María, quien aún no encuentra palabras para responderle a su hijo qué futuro les espera.


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