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La eliminación del voto sitúa a Ortega entre los peores dictadores del mundo: “Nicaragua se está convirtiendo en la Corea del Norte de América”


Cuando los nicaragüenses creían haberlo visto todo, Daniel Ortega decidió ir un paso más allá. El presidente, que ha gobernado el país centroamericano con puño de hierro durante 25 años, 19 de ellos de forma ininterrumpida, anunció el domingo pasado que por orden suya los ciudadanos ya no podrán acudir a las urnas para elegir a sus gobernantes. “Que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones”, sentenció el dirigente de 80 años, ante el alarido de miles de sus seguidores y colaboradores más leales.

Ortega ya lo dominaba prácticamente todo en su país. En 2025, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad nombrar copresidenta a su esposa, Rosario Murillo. La pareja presidencial ejerce también control absoluto sobre los tribunales, la policía y las Fuerzas Armadas. Todos los opositores que llegaron con posibilidades a las últimas elecciones presidenciales en 2021 fueron encarcelados. Las protestas sociales han sido reprimidas y las quejas de campesinos, estudiantes, sacerdotes y periodistas, silenciadas. La mayoría de quienes se han atrevido a alzar la voz han acabado muertos, en la cárcel o en el exilio. En medio de un declive permanente, la eliminación del voto era, sin embargo, una línea que el régimen no había cruzado.

“La democracia no es para nosotros”

Son apenas un puñado los países en los que los ciudadanos no votan. En la lista están monarquías absolutas, como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Qatar y Brunéi. Hay casos raros en microestados como el Vaticano o gobiernos fundamentalistas como el de los talibanes, que erradicaron las frágiles instituciones que había en Afganistán. Hay juntas militares que han pospuesto de forma indefinida la organización de comicios, como las de Malí, Burkina Faso y Níger.

También hay países con sistemas de partido único que no celebran elecciones para cargos nacionales, como China o Eritrea, y otros que sí lo hacen de forma simulada y bajo el control absoluto del grupo gobernante, como Corea del Norte, Cuba, Laos y Vietnam. La Asamblea de Nicaragua anunció el martes que ya trabaja en las reformas constitucionales para cumplir con los caprichos de Ortega.

“Estamos hablando de las dictaduras más duras”, reseña Marina Nord, investigadora del Instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), que monitorea los sistemas políticos de 179 países. “El caso de Nicaragua no tiene precedentes, ningún otro país ha anunciado en el siglo XXI que ya no tendrá elecciones”, zanja la especialista.

La última deriva autoritaria del régimen de Ortega y Murillo ha vuelto a disparar las críticas de quienes lo colocan entre las peores dictaduras del planeta. “Nicaragua se está convirtiendo en una especie de Corea del Norte en el hemisferio occidental”, afirma Kevin Casas Zamora, secretario general del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional), con sede en Estocolmo. El especialista afirma que la supresión del voto y la prohibición de los partidos políticos de oposición supone un punto de inflexión para el país: nunca antes la pareja presidencial había concentrado tanto poder ni tampoco había evidenciado tan poca tolerancia al disenso.

Llegar a este punto tomó tiempo. Casas Zamora afirma que Ortega ha inclinado el terreno político gradualmente a su favor desde su regreso a la presidencia en 2007, tras un primer mandato entre 1985 y 1990. Entonces, el experto veía similitudes entre el liderazgo del dirigente sandinista y el de Robert Mugabe, que llevó las riendas en Zimbabue durante 37 años consecutivos hasta su caída en 2017. “Es un exlíder guerrillero que llegó al poder a través de la lucha armada y que en un inicio consintió la emergencia de una cierta práctica democrática en Nicaragua, para después convertirse en un déspota más que elimina a la oposición, encarcela a sus adversarios y se va aislando del mundo”, explica.

Casas Zamora identifica puntos de contacto entre el viraje del régimen nicaragüense y los discursos de otros dirigentes, que se inscriben en un proceso de deterioro democrático que se ha extendido por el mundo durante las últimas dos décadas. “Lo de Ortega es un síntoma de la siguiente fase del ataque global a la democracia, un intento por impugnar la propia institución y práctica electoral como una imposición extranjera”, apostilla. Nord agrega que es un fenómeno que ha ganado terreno en el Sur Global en la última década y que se beneficia de la desafección democrática para intentar justificar modelos más autoritarios.

El presidente nicaragüense no ha sido el único que se ha pronunciado a favor de sepultar la vía electoral y de cerrar la puerta a la oposición “golpista” y “vendepatrias”. El capitán Ibrahim Traoré, que tomó el poder en Burkina Faso tras un golpe de Estado en 2022, ha calificado las elecciones como una “herencia imperialista”. “El pueblo tiene que olvidarse de este asunto de la democracia. La democracia no es para nosotros”, dijo el líder burkinés, que goza de una inmensa popularidad en su país, en una entrevista a la televisión estatal en abril pasado.

En 2021, el presidente nicaragüense ganó los comicios con más del 75% de los votos, 60 puntos por encima de su más cercano competidor, entre críticas de la comunidad internacional y denuncias de fraude de la oposición. Casas Zamora asegura que ahora los autócratas se están quitando la careta. Si antes la tendencia entre los dictadores era simular elecciones, ahora ve más probable que cada vez más de ellos opten directamente por no celebrar comicios.

La creación de una dinastía

Gerardo Berthin, presidente de la organización Freedom House, también ve paralelismos entre Corea del Norte y Nicaragua, salvando distancias como el aislamiento extremo de Pyongyang, por la especie de dinastía que se ha instalado en el país centroamericano y la que ha controlado la dictadura norcoreana desde mediados del siglo pasado. Ocho de los hijos del matrimonio Ortega-Murillo tienen cargos y cotos de poder en el Gobierno o empresas estatales. “Es un modelo patriarcal y cleptocrático, en el que se extraen recursos públicos en beneficio de la familia que gobierna”, afirma.

La eliminación de golpe de las elecciones y de sus rivales políticos también ha dado pie a comparaciones con regímenes de partido único, como Cuba o China. María Fernanda Arocha, jefa de investigación para Centroamérica del think tank ACLED, señala que abundan las similitudes con el caso cubano, desde el mito fundacional revolucionario que comparten ambos países hasta su perfil demográfico.

Hay, sin embargo, algunos matices. El Frente Sandinista de Liberación Nacional, el partido de Ortega, no tiene el nivel de institucionalización ni el aparato burocrático del Partido Comunista de Cuba, apunta Arocha. Y en Nicaragua tampoco hay figuras externas a la familia en el poder ni dentro del sandinismo, donde el presidente ha llevado a cabo sendas purgas contra sus antiguos compañeros de armas, con protagonismo político propio ni arrastre social.

Erosión de derechos

El contexto regional también arroja algunas claves detrás de la decisión de Ortega. “Él ve un riesgo y se está anticipando a lo que sucedió en Venezuela”, señala Arocha, sobre la captura de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos en enero pasado y el establecimiento del Gobierno tutelado de Delcy Rodríguez. La prohibición de las elecciones y el desmantelamiento de la oposición organizada pueden leerse como un “movimiento defensivo” ante las presiones de Washington para forzar una transición del poder, complementa Berthin. EE UU es, a pesar de la cargada retórica entre ambos países, el principal destino de las exportaciones nicaragüenses.

El culto a la personalidad y los mecanismos de control sobre la población son elementos recurrentes en los análisis sobre Nicaragua. Freedom House advierte de que en las últimas dos décadas no ha habido ningún otro país en Latinoamérica en el que se hayan perdido más libertades civiles y derechos políticos, según las mediciones que realiza cada año. En el resto del mundo, el retroceso solo es superado por Malí. Y el Instituto V-Dem pone a Nicaragua en su informe de este año en el lugar 175 entre 179 territorios analizados por la calidad de sus democracias, incluso antes del anuncio del régimen de Managua.

Las medidas anunciadas siembran de incógnitas el futuro del país. Los últimos movimientos de Ortega apuntan a una posible línea sucesoria para que su familia pueda perpetuarse en el poder, incluso después de morir. “En el caso de Corea del Norte, la muerte de los líderes ha implicado una inmediata sucesión en la familia”, comenta Berthin. “Cuando Ortega fallezca, existirá el símbolo de la copresidenta y de algunos de los hijos, que tienen también un rol importante en las decisiones que toman”. Con todo, el estado de salud del presidente se ha convertido en un tabú y el régimen no ha detallado públicamente qué pasará tras la muerte del líder.

Nord señala que las autocracias optan por celebrar elecciones, aunque sean simuladas, para legitimarse, obtener información de su aceptación o de la oposición y para tener una rotación de las élites en sus sistemas. Pero también para definir cuestiones como la sucesión. “La ausencia de mecanismos de sucesión puede desencadenar incluso una guerra civil o derivar en un sistema que funcione como una monarquía”, explica la especialista. “En el largo plazo, ese será el principal problema del régimen de Nicaragua”.

“Así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso”. La frase es del Episodio III de Star Wars y se ha hecho viral en redes sociales como una analogía del colapso de las democracias desde dentro y el auge del autoritarismo en el mundo. Más allá de la ficción, también entre vítores y proclamas, el comandante Ortega anunciaba ante la plaza de la Fe, la más grande de Centroamérica, que estaba listo para enterrar los últimos vestigios de la democracia en su país.



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