Política

La crisis de Ceuta castiga a los marroquíes en toda España: “Si somos invasores, todo vale contra nosotros”

“No sé si tengo que aguantarlo o no, si tengo que normalizarlo o no. No lo sé”. Anas Aouin (Tetuán, 20 años) llegó a España por Ceuta en 2021, siendo un adolescente, en la última entrada masiva desde Marruecos antes de la ocurrida este verano. Lo hizo persiguiendo un sueño que hoy es realidad: papeles, un trabajo —en un restaurante del puerto de Málaga, cuenta con orgullo—, una vida en España. Ha habido sobresaltos y fatigas en el camino. No solo tres años en un centro de menores. También el racismo de “una parte” de España. “Solo una parte”, recalca. Pero “más ahora” con “lo de Ceuta”. “Comentarios malos”, resume, en un castellano sencillo y confiado, con fuerte acento. En su día a día hace lo posible por quitarles hierro. Es lo que llama “normalizarlo”. Aunque sigue sin parecerle normal. No le parece normal observar cómo el lenguaje se recalienta cada vez más, sobre todo en las redes sociales, al abrigo del anonimato. “Leo cosas como ‘tenemos que echarlos de aquí’. ¡Pero si nosotros también levantamos el país!”, protesta.

A su lado asienten Bilal El Hichou (Belyounech, 20 años) y Usam Elmakouti (Tetuán, 18 años), que también llegaron por Ceuta siendo menores y también han acabado trabajando en la hostelería de la capital de la Costa del Sol. Son tres de los seis nacidos en el país norteafricano que este martes se sientan con EL PAÍS a conversar en la sede malagueña de la Asociación Marroquí para la Integración de los Inmigrantes. Varias preguntas articulan la conversación. ¿Cómo viven la crisis de Ceuta, que provoca que a menudo se presente a su país como “invasor” y a sus compatriotas como “invasores”? ¿Qué opinan? ¿Qué temen?

En la charla afloran algunas ideas dominantes, que reaparecerán entre los 13 testimonios integrados en este artículo. La primera, que el ambiente en torno a los marroquíes residentes en España se ha enrarecido. Así lo ve Lina Kajaj, psicóloga, que sigue estudiando mientras busca trabajo. Nacida en Tetuán hace 23 años, su rubia melena suelta hace que muchos no imaginen que es marroquí. Eso le permite oír más que otros compatriotas lo que se dice de ellos. ¿Y qué conclusión saca? Que la crisis “se nota un montón”. “Todo el día lo de Ceuta, lo de Ceuta. Y ya en TikTok. Es todo ‘fuera los moros”, lamenta. La crisis de Ceuta ha provocado el mayor pico de odio xenófobo en las redes desde los disturbios de Torre Pacheco (Murcia), con los musulmanes como principal diana, según el observatorio contra el racismo del Gobierno.

También cunde un temor a que la vida se haga más difícil. “Yo vengo a estudiar, ¿qué culpa tengo? Esto va a perjudicar a gente que no ha hecho nada”, lamenta Lina, a la que le preocupa también que un posible deterioro de las relaciones entre España y Marruecos dificulte la renovación de los permisos de residencia. Farah Achedil (Nador, 25 años), estudiante de español, en proceso de regularización, expresa una inquietud similar.

En la mesa, donde hay pocas ganas de hablar de política, emerge una crítica al tratamiento mediático de la crisis, sobre todo porque no aborda —consideran varios— los porqués de una avalancha así. “En televisión no sale nada del otro lado, de Marruecos. Lo que hay detrás es muy doloroso”, indica Lina. A sus 36 años, Fahde El Bakkali, también de Tetuán, mediador en la asociación, enfatiza una razón de la entrada masiva que ve tan crucial como ignorada: la idealización de la vida en España que tiene parte de la población marroquí.

“Desde pequeño se nos mete esa idea en la cabeza: España, España”, dice, haciendo el gesto de un martilleo. Por eso le parece tan injusto que se vea a los recién llegados como hostiles a España, cuando en su mayoría —dice— arrastran un imaginario del país embellecido al extremo. Coincide Anas, que incluso se cuestiona si debe compartir en las redes imágenes disfrutando de su vida malagueña, porque pueden alentar a otros chavales marroquíes a seguir sus pasos.

—Entonces, ¿es que no mereció la pena?

—Estoy bien ahora. Pero es muy sufrido. Se pasa mal, tan joven. —responde. Recordando su propio desamparo al llegar, se irrita al ver cómo ahora pululan por Ceuta influencers que “crean contenido” a costa de gente que “no sabe ni el idioma”.

Más de un millón

Anas, Bilal, Usam, Lina, Farah y Fahde forman parte de una inmensa comunidad. Los nacidos en Marruecos residentes en España suman casi 1,17 millones, con datos del censo de 2025. Es un número que ha ido elevándose desde los 70, cuando el endurecimiento de la entrada en Francia engrosó por vez primera el flujo hacia España, explica el sociólogo Andreu Domingo, subdirector del Centro de Estudios Demográficos. Ningún otro país extranjero aporta tantos habitantes censados. Casi tres cuartas partes se concentran entre Cataluña —la que más tiene—, Andalucía, Comunidad Valenciana, Murcia y Madrid.

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Mapa coroplético

Contra la creencia popular de que muchos residen irregularmente en España, un informe de Funcas estimaba el número de quienes estaban en esta situación al empezar 2025 en 20.693, muy por debajo de los llegados de países como Colombia (cerca de 290.000) o Perú (más de 107.000).

Menos concentrada en las grandes áreas metropolitanas que la población latinoamericana, la marroquí constituye la principal fuerza de trabajo foránea de España. En agosto, hubo de media más de 407.000 marroquíes afiliados a la Seguridad Social, más de la mitad entre la agricultura (26,05%), la construcción (16,3%) y la hostelería (13,85%).

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Riesgo de “repliegue”

Son datos que a menudo se pasan por alto sobre una comunidad con muchos factores en contra. A una histórica “desconfianza mutua” entre españoles y marroquíes alimentada por sus nacionalismos identitarios se suma el “estigma” sobre el mundo musulmán tras el 11-S y el 11-M, analiza el sociólogo Andreu Domingo. No son las únicas desventajas con respecto a los latinoamericanos, que además de compartir lengua con los españoles necesitan solo dos años de residencia para obtener la nacionalidad española —y así el voto—, por diez los marroquíes. Encima, estos son una diana preferente de los discursos xenófobos.

En un ambiente político poco acogedor —con Vox empleando abiertamente el término despectivo “moro” y el PP expresando su preferencia por los inmigrantes latinoamericanos, con los dos partidos pactando allí donde gobiernan juntos acabar con la enseñanza de la “cultura marroquí”—, llega ahora la crisis de Ceuta. A Domingo le preocupa que, en un clima de contundencia de los mensajes antiinmigración y endurecimiento de la visión social de la misma, el uso de la emergencia ceutí contra la población marroquí lleve a “lo peor”. ¿Qué sería? “Un repliegue comunitario”, que lastraría aún más la integración no solo a los llegados de Marruecos, sino a sus descendientes nacidos en España.

Tensión, insultos

En 2021, había casi 325.000 menores de 25 años nacidos en España de uno o dos progenitores marroquíes, más del 3% del total de ese grupo. Una es Malak Ezzaanouni Aouzi (Badalona, 21 años), hija de costureros marroquíes, acostumbrada a ver que muchos españoles no consideran compatriota a quien —como ella— lleva un hiyab. “No soy ni española al 100% ni marroquí al 100%”, resume esta estudiante de Educación Infantil. La crisis de Ceuta agudiza esa tensión. “Me siento en el medio, entre la comunidad marroquí y la española. Si sale el tema, estoy en alerta y tengo que estar justificándome todo el rato. Me meten en un saco al que no pertenezco”, explica.

Como Aouzi, también lleva hiyab Awàtef Ahmittach (Tánger, 32 años), vecina de Palafrugell (Barcelona), cuna de Josep Pla, que hace unos días fue con su hermana al cine en Platja d’Aro (Girona) a ver Cronos, la película que rememora los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils de 2017, donde las dos aparecen como extras. Pasaron un mal rato. “Cuando entramos, todo el mundo se giró a mirarnos. Y al sentarnos, una pareja empezó a gritarnos ‘hijas de puta’ y ‘terroristas’”, recuerda.

Llegada a Cataluña a los 11 años por reagrupación familiar, Ahmittach vive el racismo desde pequeña. “Cuando se forman grupitos, los niños marroquíes suelen quedar excluidos. Si quieren hacerte daño, el comentario más fácil es ‘mora de mierda”, cuenta. Pero el incidente del cine muestra, a su juicio, que la animadversión es creciente. Igual que la reacción social a la crisis de Ceuta evidencia para ella que el “odio al moro” va a más. “Siempre ha habido personas que me han puesto en situaciones difíciles. Pero ahora esas personas se saben más impunes, porque tienen apoyo de partidos como Vox o Aliança Catalana”, afirma.

Otro que ha pasado algún momento “muy duro” en las últimas semanas es Ayman Drin (Tánger, 29 años), topógrafo residente en Málaga, que en ocasiones se ha visto incluso “obligado a defenderse”. “Me asusta cómo serán recibidos los marroquíes de aquí en adelante”, reflexiona. Tampoco le gusta lo que ve y oye en Madrid al ingeniero Majid Benkinare, de un año más que Ayman y de Tánger como él. Si siempre ha detectado “microrracismos” —como cambios en el semblante de alguien tras contarle su país de origen—, “cada vez” percibe a la gente “más envalentonada” para emitir juicios xenófobos, fenómeno que cree ligado a una peor percepción sobre Marruecos.

La palabra “invasor”

“Esto no lo he vivido en mi vida, es insoportable”, asegura Mohamed El Harrak (Larache, 28 años), trabajador social en Cádiz, llegado a España con ocho años en los bajos de un camión y que, dándole la vuelta al término peyorativo, se denomina a sí mismo “exmena”. Con lo “insoportable”, se refiere a un discurso contra la inmigración que “va calando y calando”. “Está por todas partes. En el café, el trabajo, el súper, el BlaBlaCar.”, enumera El Harrak, que a raíz de la crisis ceutí ve con alarma cómo circula la palabra “invasor”. “No es una palabra geopolítica, afecta a gente normal de un colectivo con poca capacidad de alzar la voz, que está pasando mucha ansiedad”.

“Invasor” es un término usual en las invectivas que sufre en las redes Youssef Ouled (Alhucemas, 33 años), coordinador de AlgoRace, un equipo que investiga el uso racista de la inteligencia artificial. Y es un término que tiene, a su juicio, graves implicaciones. “Con la crisis de Ceuta, el campo está abonado para el supremacismo. El odio que ya vivíamos sube a niveles estratosféricos. Hay una lógica de deshumanización. Si presentas a unos seres humanos como invasores, o como armas, es imposible defender sus derechos. Las armas no tienen derechos. Y si los que vienen de donde venimos nosotros son invasores, nosotros también, y todo vale contra nosotros”, desarrolla.

Cocinero retirado de 62 años, Noreddine Lameghaizi no ha notado “ningún cambio en el trato” por lo ocurrido en Ceuta, que para su sorpresa apenas era objeto de atención en Marruecos cuando viajó allí en agosto. Su experiencia de normalidad concuerda con la de todo el tiempo que lleva en España. Casi media vida. Primero en Madrid y luego en Valencia, donde abrió con su pareja el restaurante de comida marroquí Dukala.

Antes había estado en Bélgica., por comparación, no ve a España como un país racista. Tampoco ahora, con la crisis de Ceuta. Aunque algunos amigos marroquíes —cuenta— sí que le han transmitido la impresión de que “les miran mal” por la calle. “Tal vez antes tampoco se fijaban tanto”, sugiere Lameghaizi, que sí afirma que hay entre los marroquíes “un temor” difuso, que lleva a una actitud vigilante cuando surgen situaciones problemáticas que involucran a un país árabe o musulmán.

Con información de Jesús García Bueno, Ferran Bono, Milagros Alonso y Ana María Bosch Pla.


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