La coherencia de Junts
Hubo dinero sobre la mesa, había muchos intereses en juego, la estrategia de las organizaciones empresariales se desarrolló en dos frentes. Por una parte, reforzar con 400 millones de pesetas de 1980 la campaña de los partidos que se comprometían a impedir un gobierno de izquierdas en la primera legislatura autonómica. Por otra, la patronal, diseñó una estrategia en su nombre con el propósito de influir en la opinión pública (mítines, publicidad, manifiestos.). El presidente de Foment lo formuló en estos términos: “Un triunfo marxista en las próximas elecciones tendría repercusiones gravísimas para la economía y para los tradicionales principios que han inspirado la vida catalana”. Lo recuerda Eloi Gummà en un controvertido ensayo, De l’antifranquisme al pujolisme, que reflexiona sobre un episodio clave en el desarrollo de la Transición: si las izquierdas habían ganado las elecciones generales y las municipales en Cataluña, ¿por qué Jordi Pujol fue elegido presidente de la Generalitat en 1980? La tesis fuerte del libro es que se impuso la contrarrevolución neoliberal a través de Convergència. Mi hipótesis es que Pujol supo encarnar los valores mesocráticos para afianzar y ensanchar las clases medias en un Estado de las autonomías en el que autogobierno y nacionalismo iban de la mano. Los ecos de ese momento han resonado esta semana a propósito del voto en contra de Junts a los decretos de vivienda. “La propiedad en Cataluña es una manera que hemos tenido siempre históricamente, que ha pasado de padres a hijos, de ahorrar”, escuché a Míriam Nogueras este martes en los estudios de Catalunya Radio. Fue tema de preocupada conversación en la multitudinaria cena del miércoles organizada por la patronal de la pequeña y la mediana empresa. “No tenemos ningún miedo de quemarnos para continuar defendiendo los intereses de las familias catalanas”, dijo allí la portavoz de Junts.
“¿Quién ha llamado a quién?”, se preguntó el niño perdido Gabriel Rufián en la tribuna del Congreso. Es probable, y coherente con sus intereses, que la patronal y los lobbies que aglutinan a los arrendadores descolgasen el teléfono para decantar el voto de Junts. También cuadraría que Carles Puigdemont hubiese encontrado la situación agónica perfecta para vengarse de un Pedro Sánchez al que detesta, como evidenció el largo tuit que colgó a última hora del viernes. Pero, más allá de la posible conspiración y los inevitables personalismos, la cuestión de fondo es la percepción que el votante de Junts podía tener sobre cómo iban a afectarle unos decretos de evidente emergencia social cuyo redactado era un apresurado batiburrillo jurídico. En 2024 el votante medio del partido tenía 57 años, según los estudios del CEO —el CIS catalán―. Se sitúan en el centro cronológico de la generación boomer y su cosmovisión es la que delimitó el proyecto del pujolismo en lo nacional y en lo material, sintetizada en las declaraciones de Nogueras de esta semana. A este votante modelo de Junts la quiebra de 2008 le afectó a medias. Cuando estalló la burbuja inmobiliaria que desencadenaría la crisis del estado del bienestar tal como lo conocimos, tenían su proyecto vital estabilizado y una trayectoria profesional consolidada con unos sueldos que, por lo general, nos provocan una considerable envidia. Ellos son los hijos de aquella promesa de prosperidad que llevó a sus padres a votar a Pujol en 1980. Pero si entonces era un voto esperanzado, ahora es un voto de resistencia para preservar aquel estatus, un seguro de protección ante un futuro que ya no promete progreso. Tampoco para sus hijos. Compro la hipótesis formulada aquí por Jaume Clotet: “La votación de los decretos ha reconectado a Junts con una parte sustancial de ese electorado”.


