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Historia de un pulmón que se convirtió en libro

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Como ocurre con varios magnates de Silicon Valley, el proyecto del multimillonario Bryan Johnson, autodenominado “el hombre más saludable del mundo”, consiste en ser inmortal. Su rutina incluye ingerir 54 pastillas diarias, dormir como adolescente y habitar una suerte de burbuja de oxígeno controlado mientras espera que la tecnología pueda trasladar su mente a una computadora. Ser realmente rico te permite aspirar a abandonar la carne y huesos que nos contiene, como si el cuerpo fuese el gran enemigo de nuestro tiempo.

¿Pero lo es? En 2023, la periodista puertorriqueña Ana Teresa Toro perdió dos tercios del pulmón izquierdo durante una cirugía que le salvó la vida. Después de décadas de padecer neumonías y dolores acuchillantes, los médicos tuvieron que abrir su cuerpo cortando nervios y costillas para extraer el órgano enfermo. Desde esa experiencia límite, y tras un largo proceso de recuperación, Toro pudo detenerse a meditar cuestiones no tan evidentes para quienes gozan de salud: ¿Qué significa sentir tanto dolor? ¿Para qué sirve tener un cuerpo? Si todo organismo fallará tarde o temprano, ¿está mal desear no estar atrapado en uno?

Toro se interna en estas preguntas en Secuestro pulmonar (Seix Barral, 2026), una crónica sobre la maravillosa paradoja de habitar un cuerpo imperfecto (¿cuál no lo es?). Mientras la democracia agoniza y el planeta arde, el libro también es el balance de quien —a la orilla de los cuarenta años— expresa la desilusión de una generación acosada por la precariedad y el miedo a quedarse a la intemperie. El temor de no tener casa, ni empleo, ni salud es la gran conversación entre millennials que fueron a la universidad. Con este paisaje social de fondo, el testimonio de Toro exuda una inesperada vitalidad, como si el cuerpo le hubiera recordado cosas importantes mientras se recuperaba.

Toro es una escritora reconocida, la intelectual joven y carismática que la radio y la tele de Puerto Rico buscan para comentar la coyuntura social y política. Su hoja de vida incluye obras de poesía, novela, periodismo y teatro, en una trayectoria pública intensa y no exenta de laureles. Pero tras las bambalinas de esa carrera profesional, su cuerpo iba escribiendo en silencio su propia autobiografía: un relato en parte grabado en los tatuajes y cicatrices que la autora lleva en la piel pero, sobre todo, en ese secreto llamado historia médica.

En Secuestro pulmonar —como también se llama la condición médica que aquejó a la autora—, ella abre las puertas de su historia clínica para dejar que su cuerpo se exprese por sí mismo, venciendo la vergüenza lógica ante este tipo de confesión. En su caso, un conjunto de episodios de dolor físico insoportable, violencia sexual, terror, asco, arrepentimiento, en clínicas de ambos lados del Atlántico. “Cuando los pensamientos te fallan y prefieres morirte, el cuerpo insiste en vivir”, escribe. “Quizás una de las lecciones del dolor sea la capacidad que tiene de darle la palabra a la carne”.

Para explicar su propuesta, Toro discute uno de los pilares de la cultura occidental: el binarismo que separa y coloca la mente (la razón, el pensamiento) por encima del cuerpo (el sentimiento, las emociones). Esta división jerárquica sostiene un mundo que castiga y avergüenza la “imperfección” física mientras celebra las conquistas del intelecto. Lo que explica a muchos tecnobillonarios y gurús que sueñen con liberar sus mentes brillantes de la carne que las envuelve (aunque a Johnson acaban de diagnosticarle gastritis autoinmune). Como advierte la historiadora Jill Lepore, hemos llegado a la era en que “progresar” es reemplazar la naturaleza directamente con centros de datos.

Al perder gran parte del pulmón, Toro redescubrió el significado del cuerpo que le quedaba vivo. “Cuando el cuerpo se rompe, se rompe el pensamiento con él, se interrumpe la existencia. Todo a la vez”, escribe al recordar sus primeras horas fuera del quirófano. “Y un cuerpo roto también piensa”. Como parte de los arreglos para la operación, había tenido que preparar un testamento dejando instrucciones sobre qué debían hacer con sus pertenencias y su hijo, por si las cosas no salían bien. Horas después de la cirugía, echada en una camilla bajo los efectos de los sedantes y contenida por el imposible dolor de las vértebras recién abiertas, el primer pensamiento que tuvo fue una duda práctica. “¿Podré volver a bailar con la espalda partida en dos?”, se preguntó. “Debían preocuparme otras cosas, pero en ese momento era lo único importante”. Contra todo lo que había por pensar, su cuerpo maltrecho era un conjunto de células que querían un poco de música.

Creemos equivocadamente que el “yo” habita exclusivamente en el cerebro, dice la escritora Margarita Saona, en De monstruos y cyborgs, un libro hermoso y descarnado donde busca el significado de vivir con una válvula de un cerdo en el corazón mientras espera un transplante. “¿Cómo puede una seguir siendo “yo” si le van reemplazando una tras otra las distintas partes del cuerpo?”, se pregunta.

La teoría de Ana Teresa Toro es que el “yo” se aloja en el cuerpo entero. Pensamos y sentimos el mundo con todos nuestros órganos, de manera que nuestra percepción evoluciona cuando nuestro cuerpo cambia. Algunas mañanas Toro despierta sabiendo en el cuerpo que ese día lloverá. No se trata de un poder sobrenatural recientemente adquirido sino del impacto de la densidad del aire en “los músculos, los nervios y los huesos que se rompieron”. Esa pequeña diferencia en el ambiente le produce una sensación que ella reconoce como el dolor de la lluvia.

¿Cómo se transforma la percepción de quien vive en un cuerpo roto? ¿Será que todos podemos responder examinando con honestidad nuestra propia historia clínica? “¡Ay, Dios mío, ¿habré escrito un libro de autoayuda sin darme cuenta?”, bromea Ana Teresa Toro una mañana de fines de agosto, desde su oficina en San Juan. Un corcho en la pared sostiene un abanico de dorsales, esos números que los atletas llevan en las competencias. Al regresar al mundo, ese cuerpo que se moría por bailar también se fue obsesionando con correr, como si el esfuerzo físico la llevara a un estado nuevo de lucidez, “una meditación en movimiento” donde ella empieza a escribir. Toro no vive la escritura como el encierro monacal de los viejos autores de la clase alta, sino como una actividad corporal que ocurre “cuando sale uno a correr o a caminar o se pasa el día organizando o limpiando la casa”. Es ese tipo de escritura de quien, en este mundo precarizado, tiene que hacer mil cosas más para vivir.

Por razones similares, la recuperación que Toro detalla en el libro es una hazaña comunitaria llena de parientes y amigos, y la experiencia más pedestre se vuelve terapéutica en su compañía. Después de divorciarse, Toro comenzó a ir de forma regular a la peluquería de su tía, donde trabajadoras y clientas formaban una pequeña comunidad. El día antes de partir al hospital, sus amigas la peinaron, le arreglaron las uñas con brillo transparente y la dejaron “como para ir a un festival”. Varios días después, apenas dada de alta, el primer lugar al que su hermana la llevó –antes incluso de ir a casa– fue al salón de belleza. “Esas mujeres entendían lo importante que era que una persona que no estaba en control de nada pudiera tener control de algo”, me dice a través de la llamada.

Secuestro pulmonar está escrito con una prosa sencilla, brillos poéticos y eventuales cuchilladas que traducen la transformación de quien al inicio se siente “podrida por dentro”. Toro subraya con insistencia la sensación de vulnerabilidad de la paciente obligada a ceder el control total de su cuerpo a médicos y enfermeras. Es cargada, bañada, alimentada, cortada, pinchada y pasa buen tiempo conectada a aparatos que monitorean sus signos vitales mientras dos tubos “del tamaño de las mangueras con las que mi madre se obsesionaba en limpiar las aceras los sábados al amanecer” entran y sacan cosas de su pulmón.

En esa sensación de dependencia total, la autora evidencia la metáfora de un territorio colonizado por los Estados Unidos. Puerto Rico no solo ha perdido el control político sobre su gente y sus recursos sino que, por contagio, experimenta la epidemia de opioides y la crisis inmobiliaria y de salud de un sistema despiadado. “En nuestra historia como país el cuerpo social es un cuerpo colonizado, invadido y ocupado”, escribe Toro, quien aspira a la independencia de su país. Al cerrar el libro, con la imagen de la autora corriendo por fin libre de las máquinas y hospitales, queda la pregunta de si acaso la isla podrá alcanzar un día ese destino.


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