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Historia de amor veneciano en los platós de Pasolini y Fellini

El libro de plata cuenta una de esas historias de amor que tanto nos gusta leer de vez cuando. Flechazo veneciano entre Danilo Donati, responsable del vestuario y la dirección de arte en películas de Visconti, Fellini, Pasolini y Zeffirelli, y Nicholas, joven pelirrojo, buen dibujante, que arrastra un pasado misterioso. Hay sexo, complicidad, miedo a que las cosas no funcionen…

Desde el principio, nos colocamos a favor de los personajes barruntando los obstáculos a los que se enfrentarán: el pasado de Nicholas, la diferencia de edad, las tentaciones de hombres enamorados que, por el hecho de estarlo, no renuncian al hechizo de un chapero de Termini. En esta historia, romántica y doméstica, transgresora en su homoerotismo, a la vez, universal, humanísima, encontramos el nexo con el imaginario de Pier Paolo Pasolini, cuya muerte y cuya visión del arte y la literatura están en el epicentro de la narración. No obstante, en El libro de plata la admiración por la obra y el pensamiento pasolinianos no cristaliza en un artefacto narrativo de la radicalidad del director de Saló.

La escritora Olivia Laing utiliza una textura literaria brillante, seductora, nada agresiva. No rompe. No nos mete una esquirla en el ojo. Relata una historia de amor que se desarrolla en los fastuosos escenarios del rodaje de Casanova (1976) de Fellini y en los uniformados escenarios del rodaje de Saló (1975). Activa una formula realista, que, para Pasolini, no sería válida: “… el realismo es un error, responde Pasolini. Es impreciso y es falso”. La opción de Laing es un acierto, porque, de otro modo, se quedaría al margen de un público mayoritario para el que esta propuesta sí resulta estimulante, a la vez, perturbadora; la inteligencia de Laing nos sitúa ante un reto intelectual de primer orden operando desde una fastuosidad lingüística que despierta reticencias en la literatura de hoy. Lo hace, además, desde un filo peligroso: en una novela que enfoca el trabajo de un director de arte de Fellini, se corre el riesgo de que el disfraz, el parque de atracciones y el cartón piedra fascinante de los escenarios —la ballena de Casanova, la laguna construida con bolsas de plástico negras, la caracterización de Sutherland— devoren todo lo demás.

Este prejuicio puritano, que parte de la base de que la calidad de un texto reside en su desnudez esencial, queda superado en El libro de plata: aquí lo maravilloso, lo significante y lo significativo, es la sensualidad de un lenguaje suficiente, la exuberancia y riqueza de materiales que sintonizan con la manera felliniana de concebir el cine y la donatiana de concebir escenario y vestuario. Esa belleza artificiosa que resta naturalidad al movimiento del cuerpo, sin que medie contradicción, transmite verdad. El significado del artificio. Un estilo que siempre se sale de presupuesto en el cine, pero que en literatura es gratis.

En su making of (perdón) de Casanova y Saló, Laing trabaja con un esteticismo que no se identifica con lo bonito o lo moralmente tolerado; desde la perspectiva del maquillaje y la ilusión tan cinematográfica de que, en una película, la nieve no es nieve, sino queso parmesano, y el cristal no es cristal, sino azúcar, y el azúcar no es azúcar, sino sal. Sin embargo, no hay nieve más verdadera que la de las películas. Ni azúcar más dulce. Esto se lo explica Danilo a Nicholas en una escena que nos permite entender que la comunicación —el amor— entre estos protagonistas surge en el proceso del aprendizaje erótico, sentimental y estético. También en la epifanía política. Pasa lo mismo con la experiencia de lectura de El libro de plata: la autora recrea para lectores, posiblemente jóvenes —o lectores que han olvidado su propia edad—, la belleza de un universo de metáforas —agresivas, urticantes, suntuosas, herméticas— que parece estar llegando a su fin. Un tono elegíaco impregna El libro de plata.

La posibilidad de aprender y comprender, de empastarse, el lazo entre Danilo y Nicholas, sirve de contrapunto a esa otra vivencia del sexo como relación de poder y dominación, “fuente de dolor”, que activa Pasolini en Saló, para denunciar el fascismo, no del pasado, sino del presente en la Italia de los setenta. Las circunstancias políticas son indisolubles de la propia amargura, del estado emocional, del cineasta brutalmente asesinado en Ostia en 1975. La actualidad de los miedos pasolinianos aquilata la pertinencia tanto de sus diagnósticos políticos, como de sus búsquedas estéticas. También, la de Saló: mierda, caballeras cortadas, degollamientos, atentados contra una sensibilidad contemporánea que, quizá, no sea ya capaz de entender el poder expresivo de la representación de la violencia más allá del mero espectáculo. Laing enfrenta al lector de hoy con la duda de si esa escatología y esa crueldad son innecesarias, insultantes o políticamente interrogativas.

El libro de plata ofrece una certera y preciosa recreación del cine italiano de los setenta. En la recreación de ese momento late una pregunta incómoda sobre nuestra actual hipocresía estética y sobre el estatuto del arte en un mundo contemporáneo en el que las hipérboles de la violencia nacen y habitan la realidad.

El libro de plata

Olivia Laing
Traducción de Albert Fuentes
Alpha Decay, 2026
256 páginas. 20,90 euros


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