Política

‘Hiperpolítica’ y la dificultad de la reflexión pausada


Nada como un viaje, poner un océano de por medio, para que el afligido columnista de política nacional pueda tomar una conciencia más plena de lo que venía siendo su labor., más bien, de cómo los rasgos fundamentales del objeto observado, la política, han acabado por parasitar su tarea. No hacemos más que recibir señales de una serie de episodios intensos, veloces y cargados de conflictividad para destilarlos después en “opiniones”, toma de partido o análisis más o menos rigurosos. El ritmo de la política acaba contagiando, así, a quien la observa. Cada acontecimiento exige una interpretación inmediata, cada asunto disputado una posición concreta y cada coyuntura una nueva explicación. Apenas hemos terminado de observar lo ocurrido cuando ya se nos exige volver la mirada hacia otra parte.

Antes nos justificábamos recurriendo al manido concepto de la turbopolítica, a la velocidad con la que había que reaccionar ante su rápido devenir; ahora deberíamos completarlo con el de la hiperpolítica, un concepto afortunado del politólogo alemán Anton Jäger, que describe bien un síndrome muy presente en nuestras democracias. Muy simplificado se reduce a lo siguiente: en esta fase del devenir democrático asistimos a una casi imparable e intensa politización. La política está en todas partes, todo se filtra a partir de sus elementos y pasiones características. Pero, y esto es lo interesante, esta omnipresencia no se traduce en claras consecuencias políticas, en más y mejores decisiones ni en vínculos institucionales más sólidos. O sea, mucha política, demasiada, para tan pocas nueces.

La causa de este estado de cosas la encuentra Jäger en el progresivo debilitamiento de las clásicas instituciones intermedias como partidos, sindicatos y asociaciones de la sociedad civil, así como en el traslado a la política de la lógica digital, que crea una curiosa mezcla de hiperactivismo, atomización y obsesión por la atención. El resultado es que el compromiso político acaba siendo tan volátil como las transacciones en la bolsa y la hipermovilización se desvanece en el aire, ineficaz para elaborar estrategias a largo plazo e incapaz de producir acuerdos duraderos. Quizá, porque funciona ante todo como puro engranaje electoralista y comunicativo. Es una política low-cost y de poca duración, intensa, episódica, desvertebrada, conflictiva y cargada de disputas envueltas en descalificaciones y relatos entrecruzados.

Es lo que hay, Jäger no se inventa nada. Pasen revista a los temas del verano: incendios y calentamiento global; Ceuta y su conexión con la inmigración, el control de las fronteras o los derechos de sus habitantes y de quienes forzaron su entrada; la querella -ya casi sistémica- entre Ejecutivo y Poder Judicial; la atención permanente, imposible de ignorar en el día a día, de un mundo en plena transformación; los habituales temas enquistados, como la vivienda o la educación… Recuerden cuál ha sido y es su acompañamiento mediático. El cambio de temas y la pasión con la que son abordados es tan vertiginoso que no hay modo de sedimentarlos, de tomar la distancia necesaria para elaborar un juicio político sensato. Si es perceptible una desincronización entre la acumulación y la velocidad de los problemas y la capacidad de respuesta del sistema político, algo parecido nos ocurre a quienes lo observamos. No es ya solo que la política se haya vuelto más rápida y omnipresente, es que estos rasgos han acabado por trasladarse a la imagen que transmitimos de ella. Nos falta mayor capacidad para segmentar los asuntos, desapasionarlos y sujetarlos a una reflexión pausada., desde luego, detenernos a pensar críticamente sobre nuestra propia actividad.


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