Fito Páez ofrece un exorcismo de creación y amor por la música en español
Fito Páez había prometido un exorcismo, pero lo que ayer ofreció en el Teatro Real de Madrid fue un oasis. Aunque tal vez, en estos tiempos, un exorcismo sea un oasis. Y viceversa.
Con 34 grados y la temperatura de la calle aún más caldeada, la gente fue accediendo al teatro con cierta intriga.
—¿Qué repertorio hará? —, decía un chico.
—Es complicado, porque su obra es inabarcable—, le contestó otro que confesó haberse sumado recientemente a la pasión por Páez.
—¿Viste la polémica que hubo cuando tocó entero el último disco? —, planteó otro de acento argentino, en referencia a una actuación en mayo en Buenos Aires en la que interpretó íntegramente Novela, su por aquel entonces última grabación.
Por si hubiera poco intríngulis, el telón audiovisual de fondo con motivos navideños que se activó al apagarse las luces no ayudó a resolver el misterio.
Tampoco las primeras y enigmáticas palabras del cantante al aparecer en el escenario vestido con un traje oscuro a rayas, gafas de pasta y ese aura de hombre de 63 años en plenitud: “Todo en la vida es especialísimo, pero hoy un poco más. Voy a cerrar un círculo y voy a dar vuelta a un partido. Es una noche muy fuerte”.
Y ya, para rematar la gestión de expectativas, presentó a los músicos que lo acompañaban -un noneto de cuerda con cuatro violines, dos violas, dos violonchelos y un contrabajo dirigidos por Víctor Elías- como “la orquesta del doctor Víctor Frankestein Elías y la de los hijos e hijas malditos de la doctora Shelley”. También anunció que interpretaría “algunas gemas del siglo XX y del XXI”. Y con esa sensación de aquello que decía Ortega y Gasset de que sorprenderse es empezar a entender, comenzó el concierto.
El telón de fondo se abrió y apareció la imagen de dos corazones latiendo. Aún de pie, interpretó Dale alegría a mi corazón. Después se sentó al piano y empezó Cadáver exquisito. Cuando la orquesta tocó los primeros y -a priori- difícilmente reconocibles primeros acordes de 11 y 6, un grito de emoción se escapó desde varios puntos del público. Páez tiene himnos que se corean en los estadios, pero este poema urbano es su canción más reproducida en Spotify.
Pasado el inicio, se empezó a resolver el misterio. Cantó el Romance de la pena negra -texto de Lorca al cual puso música hace casi tres décadas para que lo cantara Ana Belén-, Desarma y sangra -de Serú Girán-, de pie, Te recuerdo Amanda -de Víctor Jara-. “Uno se acostumbra, pero las palabras y la música hacen una alquimia legendaria. Por eso estas canciones siguen teniendo esa poética y esa carga sentimental que nos emocionan a todos”, dijo Páez.
El concierto iba avanzando y por el repertorio, junto a las canciones de Páez, iban apareciendo temas de Almendra -grupo liderado por Luis Alberto Spinetta-, de Pablo Milanés -hizo una sentida interpretación de El breve espacio en que no estás o de Atahualpa Yupanqui- Los ejes de mi carreta– o de Litto Nebia -ofreció una divertida versión de Viento, dile a la lluvia-. En ese bloque incluyó una propia: Tumbas de la gloria. Y ahí, el respetable, aunque estaba en un teatro, empezó a moverse al ritmo de la música. Al terminar el tema, empezaron los vítores y los cánticos de hinchada -oé, oé, oé, oé, Fiiitooo, Fiiiitooo-. “Me da mucha vergüenza”, dijo tras levantarse. Y empezó a explicar lo que estábamos viendo. “El mundo es un imperio de muerte, dinero y horror. La música toca muchos mundos. Eso es lo hermoso de la invención musical, algo tan extraño hoy. Se puede nacer en provincias, escuchar a los Beatles, escuchar a Piazzola y a Charly (García) y hacer Tumbas de la gloria”, dijo. Aquello, entonces, iba de homenajear a la creación y a los creadores., de paso, al idioma compartido.
La fórmula elegida para hacerlo funcionaba. La combinación de Fito al piano -Elías le dio el relevo en algunos temas- y el noneto sonaba bien. A pesar de haber ensayado únicamente durante dos días -una neumonía atrapó al argentino en los días previos-, los temas crecían en directo y avanzaban hacia un final de canción armónico y emocionante. Cuando Páez y Elías coincidían de pie, había dos directores de orquesta sobre el escenario. Uno -Elías- manejando el noneto y otro -Fito-, con esa gesticulación suya tan característica en la que parece que está dirigiendo al público -y girándose de vez en cuando para codirigir al noneto por breves instantes-.
Con el pelo canoso ya decididamente revuelto después de tropecientos pases de mano, se lanzó a interpretar tres temas de Shine, su último disco. Después, enfocó la una traca final que comenzó con una magnífica de Al lado del camino, una muy emocional Canción para mi muerte (de Sui generis) o un Llueve sobre mojado -que compuso con Joaquín Sabina- que demostró que aquel disco con el de Úbeda también creó himnos. “¿Dónde estará? Antes sabía dónde encontrarlo…”, dijo en referencia al cantante español y tras mandar un cariñoso saludo a la pareja de este, que se encontraba entre el público. Fue en este tema cuando la gente empezó, por primera vez, a dar palmas. Pero el rosarino mandó parar. “No funciona así. Porque es un mid tempo, hay que cantar”, dijo. Y la gente se rio y cantó. Después, con algo de remordimiento, alzó la mirada hacia el público y como si dijera “venga, va, ¿qué más da?” los animó a aplaudir. Y la gente aplaudió.
Se hizo de rogar para los bises. Reapareció sobre el escenario con nueva indumentaria. Traje negro, camisa blanca y gafas de sol. Zapatillas deportivas blancas. “Con 63 años y recién salido de una neumonía… y de tantas otras”, dijo. Interpretó Te Vi, Dar es dar y Mariposa Tecnicolor, durante la cual se giró y se metió entre el noneto, pidiendo más velocidad. Lo mismo hizo con el público, al que demandó más volumen. Animó tanto al respetable que la cosa se desmadró un poco, dejando un caótico final que le provocó una sonora carcajada.
“Fue muy hermoso. El silencio es el canal que nos hace estar en contacto con algo que no es uno mismo. Hay pocas cosas más hermosas que la comunicación a través de la música. El silencio hoy estuvo bien. Muchas gracias”, dijo Páez a modo de cierre antes de despedirse cantando a capella Yo vengo a ofrecer mi corazón.
“Exorcicé Madrid”, dijo, volviendo al misterio inicial.
Habían pasado 2 horas y 26 minutos desde que se habían abierto las puertas de ese oasis de la creación y la música en español que era, efectivamente, el mejor lugar posible para realizar un exorcismo. Sea lo que sea lo que hubiera que exorcizar.


