Política

Fallece Julián García Vargas, el ministro de Defensa más querido por los militares


Cuando se pregunta a los militares quiénes han sido el mejor y el peor ministro de Defensa de la etapa democrática ―a los más veteranos, que tienen memoria histórica reciente― la coincidencia es abrumadora en ambos nombres. El peor no viene al caso, pero sobre el mejor no hay duda: Julián García Vagas. Y resulta sorprendente, porque no solo fue un ministro de izquierdas ―no es ningún secreto que la mayoría de los militares no lo son― sino porque tampoco pudo darles lo que los políticos suelen dar a las Fuerzas Armadas para contentarlas: dinero.

Al contrario, la etapa en la que dirigió Defensa fue una de las más duras desde el punto de vista presupuestario. A mitad del ejercicio, cada vez que se disparaba el déficit, Hacienda dictaba una orden de no disponibilidad de crédito, lo que suponía que partidas aprobadas por el Parlamento y asignadas para gastos concretos quedaban congeladas. Uno de esos hachazos provocó la dimisión del secretario de Estado de Defensa, José Miguel Hernández.

No fue con dinero sino con su trato personal como García Vargas se metió a los militares en el bolsillo. Les trataba con respeto y les escuchaba, aunque no siempre pudiera atender sus demandas. Evitaba pisar callos innecesariamente. Compartió con ellos el dolor y la impotencia ante los sangrientos zarpazos de ETA, que atentó en esos años contra dos furgonetas con militares en la plaza de la Cruz Verde y la calle López de Hoyos de Madrid, con un saldo de cinco y siete muertos respectivamente; y asesinó a su director de Política de Defensa, el general Francisco Vegguillas.

Venía del Ministerio de Sanidad, del que fue titular entre julio de 1986 y marzo de 1991, donde tuvo que desplegar la Ley General de Sanidad y aplicar la primera ley del aborto, aprobadas por su antecesor, Ernest Lluch, así como afrontar el momento álgido de la epidemia de SIDA. También en Defensa sustituyó a un peso pesado, Narcís Serra, que había ascendido vicepresidente del Gobierno tras la caída de Alfonso Guerra. Él no era médico ni militar, sino economista e inspector fiscal y había dirigido el ICO (Instituto de Crédito Oficial) entre 1983 y 1986, antes de llegar al Gobierno. Entendió que, tras la grandes reformas de sus dos antecesores, tocaba calmar las aguas y gestionar el día a día, una tarea menos vistosa pero imprescindible para llevar las normas del BOE a la vida real.

Aun así, firmó algunas leyes importantes en Defensa: completó la reforma de la jurisdicción militar (con la Ley de Competencia y Organización y la Procesal), redujo el servicio militar obligatorio de 12 a nueve meses y aprobó la primera ley del Régimen del Personal Militar Profesional, que regula la carrera militar, además de abrir la puerta en 1988 al acceso de la mujer a determinados cuerpos y escalas de los ejércitos y la Guardia Civil, un primer paso al que seguiría su plena integración.

Pero el cambio más sustancial fue la incorporación de las Fuerzas Armadas a las misiones internacionales, que cambiaría por completo la mentalidad de los militares y la propia percepción que tenía la sociedad española del Ejército Ya había habido observadores militares en Angola y Mozambique, pero en noviembre de 1992 un contingente de más de 700 efectivos se desplazó a Bosnia bajo bandera de la ONU, para mantener un precario alto el fuego. Aunque era una misión de paz, no estaba exenta de riesgo: más de una veintena de militares se dejaron la vida en dicha misión. La apuesta de García Vargas no quedó ahí: decidió enviar a la Legión, una unidad marcada por su pasado franquista y colonial y por los múltiples incidentes que protagonizó en Fuerteventura. Era la oportunidad para que la imagen de la Legión se modernizara. O para disolverla. Y fue lo primero.

En junio de 1995, presentó su dimisión como ministro de Defensa, junto al vicepresidente Narcís Serra y al general Emilio Alonso Manglano, director del Cesid (Centro Superior de Información de la Defensa), predecesor del CNI. Fue víctima colateral del escándalo provocado por la difusión del listado de los teléfonos móviles que, en barridos aleatorios por Madrid, había interceptado el servicio secreto. Entre ellos figuraba el del propio Rey. La documentación se la llevó del centro el espía Juan Alberto Perote y la utilizó el banquero Mario Conde para chantajear al Gobierno. García Vargas era un convidado de piedra, ya que Manglano despachaba directamente con Serra, pero dependía orgánicamente de Defensa y su dimisión se incluyó en el paquete.

Tras su salida del Gobierno, García Vargas siguió vinculado a Defensa. De diciembre de 1995 a abril de 1996 fue enviado especial de la UE para la supervisión de los acuerdos de paz de Dayton. Posteriormente, presidió la Asociación Atlántica Española, Tedae (la patronal de empresas de defensa, aeronáutica y espacio) y la Fundación Feindef, que organiza le feria internacional de defensa y seguridad de Madrid. Estaba en posesión de las grandes cruces del mérito militar y aeronáutico, así como de la Guardia Civil y la República Federal Alemana, entre otras.

Ingresó en el PSOE en 1976 e inicialmente se le identificó con el guerrismo, aunque luego se acercó al llamado sector renovador. Nunca perdió su interés por la política. En junio de 2025, firmó, junto a otros exministros socialistas como Jordi Sevilla, Virgilio Zapatero, César Antonio Molina o Javier Sáenz de Cosculluela, un manifiesto en el que mostraba su preocupación por los casos de corrupción del PSOE y pedía al presidente Pedro Sánchez la “regeneración ética” del partido y una convocatoria “urgente” de elecciones.

Nacido en Marid hace 80 años, ha fallecido en la madrugada de este martes en la capital


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