El muro de Trump amenaza terrenos sagrados del pico Tecate de San Diego
Este reportaje fue copublicado con Puente News Collaborative, en colaboración con palabra, de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ, por sus siglas en inglés). Puente News Collaborative es una redacción bilingüe sin fines de lucro, además de convocante y financiadora de proyectos periodísticos, dedicada a producir información y noticias de alta calidad basadas en hechos sobre la frontera entre Estados Unidos y México.
En un cálido día de verano, las explosiones de dinamita retumbaron en el silencio del pico Tecate, que domina una extensa franja de desierto alto al este de San Diego. El contraste era marcado. Antes de las detonaciones, los únicos sonidos que acompañaban el paso por la senda montañosa que conduce a la cumbre eran los ocasionales llamados de aves rapaces que sobrevolaban la zona, el crujido de la vegetación seca bajo las botas de los excursionistas y el viento constante que barría un sendero polvoriento sobre la cresta. Después llegaron las excavadoras y la dinamita, cuyos estruendos resonaron por toda la montaña mientras las cuadrillas removían matorrales de chaparral y formaciones de granito que habían permanecido intactas durante milenios.
Las obras continúan. Se trata de la más reciente ampliación del muro impulsado por el presidente Donald Trump, que poco a poco se extiende a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México con el objetivo de impedir el paso de migrantes indocumentados y traficantes de drogas procedentes de América Latina.
Sin embargo, por ambiciosa e invasiva que sea, esta alta barrera de hierro, como otras construidas en zonas remotas de los casi 4.800 kilómetros de frontera entre ambos países, podría terminar alterando principalmente rituales sagrados de comunidades indígenas, así como la vida y las rutas migratorias de animales silvestres, algunos de ellos en peligro de extinción y exclusivos de esta aislada y abrupta región desértica.
Los cruces de migrantes indocumentados por las peligrosas zonas montañosas y desérticas del suroeste fronterizo han caído de manera drástica. Los migrantes saben que la política estadounidense se centra ahora en las deportaciones y en endurecer las condiciones para las personas nacidas en el extranjero y quienes solicitan asilo.
A pesar del persistente debate público sobre la seguridad fronteriza, el sector de San Diego de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos reportó una reducción significativa de los cruces irregulares. Entre octubre y noviembre de 2025, el sector registró 1.793 detenciones, una disminución del 93% frente a las 24.734 registradas en el mismo periodo del año anterior. Los intentos de cruce clandestino en las inmediaciones del pico Tecate no habían sido tan bajos desde principios de la década de 1960. La misma tendencia se observa en otros tramos remotos de la frontera: en el emblemático Parque Nacional Big Bend, en Texas; en sitios de importancia religiosa en Nuevo México; y en territorios indígenas de Arizona, apreciados por albergar vestigios ancestrales de los primeros habitantes de la región.
Puente News Collaborative ha documentado cómo sitios sagrados y propiedades privadas a lo largo de la frontera han sido expropiados y degradados por el Gobierno federal. A principios de este año, contratistas del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) en Arizona dañaron el geoglifo Las Playas Intaglio, una figura con forma de pez de aproximadamente mil años de antigüedad ubicada en el Refugio Nacional de Vida Silvestre Cabeza Prieta. Las cuadrillas ignoraron las señalizaciones colocadas por la Nación Tohono O’odham para advertir a los contratistas sobre el valor cultural y ancestral del sitio.

En el Parque Nacional Big Bend, en Texas, maquinaria pesada despeja el terreno para una futura vía de patrullaje, parte de los 46.500 millones de dólares que la Administración de Trump prevé destinar a infraestructura de seguridad fronteriza, según sus críticos, a la ampliación del muro en la frontera con México. La iniciativa ha provocado una amplia movilización bipartidista entre residentes y dirigentes políticos de distintos puntos de Texas en defensa de este emblemático parque nacional.
En una declaración emitida el miércoles, el senador federal por Texas John Cornyn, el republicano de mayor rango del Estado en el Senado, expresó su preocupación al señalar que “muchos residentes que viven y trabajan en los alrededores de los parques también temen que una barrera física, acompañada de sistemas de iluminación, caminos de acceso y corredores de mantenimiento, pueda: (1) arruinar la belleza, el paisaje y la fauna del parque; (2) poner en riesgo sitios indígenas de importancia cultural; (3) interrumpir las rutas migratorias de la vida silvestre; (4) limitar el acceso al río Bravo (río Grande); y (5) perjudicar significativamente la economía local, ya que el turismo es uno de los principales motores económicos de la región”.
La Administración de Trump también está intentando expropiar terrenos para construir un muro fronterizo a los pies del monte Cristo Rey, donde se encuentra una imponente estatua de Cristo esculpida en piedra caliza que atrae a miles de peregrinos. La diócesis católica, propietaria del terreno, está impugnando esta medida ante los tribunales, alegando que la expropiación supone una violación de la libertad religiosa.
En el sur de California, en el pico Tecate, de 3.885 pies de altura (unos 1.184 metros), conocido por el pueblo indígena kumeyaay como montaña Kuuchamaa, el muro de hierro que comienza a levantarse se ha convertido en un recordatorio de la creciente división entre las dos ciudades gemelas situadas a ambos lados de la frontera. Ambas comunidades comparten el nombre de Tecate, un mismo paisaje y habitantes cuyas vidas y familias se extienden a ambos lados de la línea divisoria.
La imponente barrera física representa también un revés para ambientalistas y líderes indígenas que creían haber frenado la construcción de este tramo del muro durante la primera Administración de Trump.
“La diferencia entre entonces y ahora es que ahora [el Gobierno de Estados Unidos] está interviniendo en un sitio que todos sabemos con certeza que es sagrado para nuestro pueblo”, dice Blue Eagle Vigil, miembro de la Banda Viejas de los Indios Kumeyaay.
Geografía sagrada
En 2020, los kumeyaay encabezaron una serie de protestas contra la construcción de casi 14 millas (22,5 kilómetros) de muro proyectadas sobre tierras ancestrales y ceremoniales. La tribu sostuvo que las obras y las detonaciones con dinamita destruyeron artefactos arqueológicos y alteraron sitios de entierro sagrados.
Ahora, líderes indígenas afirman que el Gobierno federal vuelve a profanar un lugar sagrado en su afán por acelerar la expansión del muro, una de las principales banderas políticas del presidente.
Según la tradición oral kumeyaay, la montaña Kuuchamaa es un centro de sanación, paz y poder espiritual. En ella, los jóvenes pasaban largos periodos durante rituales de transición a la adultez, mientras que la cumbre servía como refugio y espacio ceremonial para los chamanes de la comunidad.
Blue Eagle Vigil explica la importancia de la montaña: “Hace mucho tiempo, diferentes curanderos viajaban hasta la cima de ese pico, no solo desde esta zona, sino también desde otras naciones, y allí realizaban estas ceremonias. Era un lugar espiritual de reverencia, y siempre fue respetado y venerado como tal”.
Aunque la montaña no forma parte del territorio tribal, fue incorporada en 1992 al Registro Nacional de Lugares Históricos de Estados Unidos. Sin embargo, bajo el argumento de la seguridad nacional, la Administración de Trump eximió el proyecto del cumplimiento de normas que normalmente exigen revisiones ambientales conforme a la Ley Nacional de Política Ambiental (NEPA) antes de iniciar obras de construcción.
Al igual que ocurrió con las obras del muro en las cercanas montañas Laguna en 2020, las detonaciones y los trabajos de nivelación del terreno cerca del pico Tecate han dejado cicatrices en un paisaje que hasta hace poco permanecía prácticamente intacto y han provocado protestas de comunidades indígenas a ambos lados de la frontera. Esta vez, añade Vigil, la construcción se siente mucho más personal. “Es como dinamitar o construir un muro en medio de una iglesia”, afirma.
¿Pruebas de un daño permanente?
John B. Mennell, especialista en asuntos públicos de la Oficina de Construcción del Muro Fronterizo y Tecnologías de Vigilancia de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) para Arizona, emitió la siguiente declaración: “La CBP mantiene su compromiso de coordinar de manera continua con las partes interesadas, incluidas las naciones tribales, durante las etapas de planificación y construcción. Durante las obras del muro fronterizo, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos mantiene un monitor tribal en el lugar para minimizar los impactos culturales y ambientales y atender las preocupaciones en la mayor medida posible, garantizando al mismo tiempo el cumplimiento de los requisitos operativos”.

“La CBP ha llevado a cabo evaluaciones de recursos ambientales y culturales, ha solicitado comentarios del público y continúa trabajando estrechamente con representantes tribales y agencias pertinentes para identificar y proteger recursos culturales y minimizar los impactos”, señaló Mennell, quien añadió que las denuncias sobre daños a artefactos culturales en los alrededores del pico Tecate no han sido corroboradas.
Sin embargo, para antropólogos y ambientalistas, los efectos negativos del muro son evidentes y sus consecuencias perdurarán mucho después de que Trump haya dejado el cargo.
“El daño que están causando al medio ambiente en esa zona es irreparable”, afirma el antropólogo Michael Wilken-Robertson, autor del libro Kumeyaay Ethnobotany: Shared Heritage of the Californias (Etnobotánica kumeyaay: patrimonio compartido de las Californias).
El pico Tecate alberga especies de fauna y flora en peligro de extinción, entre ellas el ciprés de Tecate, cuya distribución se limita a apenas cuatro bosquetes montañosos en el sur de California y el norte de Baja California, explica Wilken-Robertson. Las obras también afectarán las cuencas hidrográficas de la región, añade, al alterar los patrones naturales de escurrimiento del agua desde la montaña.
“Simplemente están abriéndose paso con explosivos y excavadoras, sin ninguna consideración por regulaciones ambientales que costó décadas establecer y defender”, afirma Wilken-Robertson, quien estudia los ecosistemas nativos de Baja California. “Todo esto se hace para satisfacer la percepción de quienes creen que hay miles de migrantes esperando cruzar por este lugar”, agrega.
Una frontera militarizada
Para Jaqueline Arellano, las preocupaciones de Wilken-Robertson no son una discusión ideológica abstracta. Arellano es coordinadora comunitaria de Al Otro Lado, una organización sin fines de lucro que brinda servicios legales y ayuda humanitaria a migrantes. Durante años ha recorrido senderos remotos para dejar agua, alimentos, botiquines de primeros auxilios y ropa limpia para quienes atraviesan la región.
Desde marzo, Arellano también ha documentado la construcción en la montaña. Según relata, amplias zonas del paisaje se han vuelto casi irreconocibles tras las explosiones de demolición y el constante movimiento de tierra cerca de la frontera para abrir caminos que permitan el ingreso de más maquinaria.
“Excavadoras, bulldozers, retroexcavadoras, tractores niveladores, camiones de carga. todo”, dice Arellano. “Han mutilado y cortado la montaña de una manera tan profunda que algunas partes tienen ahora el ancho suficiente para que circulen tres vehículos en paralelo. También han rellenado zonas bajas para conectar crestas donde antes existían cauces naturales de drenaje”.
Arellano señala que la decisión de la Administración de Trump de designar una franja de terrenos federales a lo largo de la frontera como “Área de Defensa Nacional” ha creado de facto una zona militar estadounidense de aproximadamente 170 millas cuadradas (440 km cuadrados), señalizada con advertencias para mantener alejadas a las personas. En la actualidad, explica, encontrarse a menos de 60 pies (18 metros) de la frontera sin autorización gubernamental constituye un delito federal.
A su juicio, el muro no detendrá la migración, sino que únicamente la hará más peligrosa.
“A medida que aumenta la vigilancia y la construcción avanza hacia nuevas zonas, las personas se adaptan y empiezan a utilizar rutas diferentes”, afirma. “Esas rutas suelen estar más lejos de los caminos, son más aisladas y terminan provocando muchas más muertes”. La normalización de la militarización de la frontera tendrá consecuencias que irán mucho más allá de las regiones fronterizas, añade.
“Existe una consecuencia menos discutida sobre lo que significa para nosotros como sociedad actuar con tanta brutalidad”, señala, “el impacto colectivo de aceptar la vigilancia masiva como norma y la muerte como una consecuencia aceptable de simples infracciones legales”.
Roberto Camacho es periodista independiente y colaborador frecuente de Puente News Collaborative.


