Diésel: cuando el sentido común deja de serlo
Con una frase, Donald Trump hizo trizas la lógica en la que se basó la estrategia económica de los gobiernos durante los últimos 35 años: “no enviemos diésel”, afirmó este martes. Un presidente urgido de reducir la indignación de los votantes ante el costo del galón, a dos meses de una elección legislativa. Más allá de la coyuntura, una frase reveladora de lo que el mundo ha cambiado. Porque lo que no dijo Trump es que una medida de ese tipo, aun temporal o parcial, paralizaría a muchos países que reciben en conjunto alrededor de 1,5 millones de barriles diarios de ese combustible.
Durante décadas, la receta pareció obvia: comprar afuera lo que resulta más barato producir en casa. Combustibles refinados, medicamentos, vacunas, componentes industriales o tecnología podían importarse si el precio internacional era menor que el costo de fabricarlos en México. Esa lógica, defendida como sentido común económico, descansaba sobre una premisa que hoy se tambalea: que el mundo seguiría funcionando con reglas previsibles, mercados abiertos y potencias dispuestas a respetar la interdependencia que ellas mismas promovieron.
Ese arreglo no existe más. La pandemia, la guerra en Ucrania, la tensión entre Estados Unidos y China, el uso político de aranceles y sanciones, y la competencia por minerales, energía, semiconductores y medicamentos mostraron que la eficiencia no basta cuando el suministro puede convertirse en instrumento de presión. Se equivocan quienes suponen que esta nueva realidad desaparecerá cuando Trump deje el poder.
Sin duda se irán con él algunos exabruptos y excentricidades, pero buena parte del nuevo orden ya se instaló. La opinión pública de las grandes potencias ha comprado las premisas centrales de esta ola nacionalista: sospecha frente a la globalización, exigencia de proteger empleos internos, desconfianza hacia rivales estratégicos y la idea de que producir en casa puede ser tan importante como comprar barato afuera. Además, la rivalidad entre Estados Unidos y China seguirá imponiendo lógicas políticas a las racionalidades del mercado. Nos guste o no, el comercio mundial será cada vez menos un espacio neutral de eficiencia y cada vez más un campo de disputa estratégica.
La consecuencia es incómoda: lo que antes era racional dejó de serlo. Importar gasolina refinada porque resultaba más barata que modernizar refinerías nacionales tenía lógica bajo un orden global estable. Comprar vacunas afuera parecía eficiente si los proveedores internacionales garantizaban disponibilidad. Depender de insumos críticos fabricados a miles de kilómetros era aceptable mientras nadie imaginara cierres de fronteras, acaparamiento de suministros o bloqueos logísticos. Hoy, el cálculo debe incluir continuidad del abasto, capacidad de respuesta, margen de maniobra y vulnerabilidad política.
Esto no significa abrazar una autarquía costosa ni producirlo todo sin considerar precio, escala o calidad. México no puede ni debe encerrarse: su prosperidad depende de su inserción en América del Norte, sus exportaciones manufactureras y su participación en cadenas regionales de valor. El punto es otro: el Estado debe distinguir entre bienes ordinarios y bienes estratégicos; entre importaciones convenientes e importaciones peligrosamente indispensables; entre eficiencia contable y seguridad nacional.
Si el país quiere aprovechar el nuevo mapa del comercio mundial, tendrá que decidir qué capacidades son indispensables, cuáles conviene desarrollar con socios confiables y cuáles puede seguir adquiriendo afuera sin comprometer su soberanía práctica.
El caso del diésel es aleccionador. En lo que muchos juzgaron como una visión trasnochada, Andrés Manuel López Obrador se empeñó en modernizar refinerías, construir una nueva y adquirir otra en Texas. Más allá de apresuramientos y excesos provocados por el voluntarismo presidencial, el cambio internacional le dio la razón en este punto. En 2018 se importaba entre 70 y 75% del diésel consumido en México luego de años de abandono de nuestras refinerías porque, en efecto, era más barato comprarlo afuera que producirlo dentro. Contra esa lógica, la 4T reconstruyó parte de la capacidad de refinación y hoy solo se importa alrededor de 21% (datos de Pemex, julio de este año). En estricto sentido, México se acerca a la autosuficiencia gracias también a la producción de la planta que posee en Texas; aunque por razones logísticas, conviene vender una parte en mercados locales y comprar a otros proveedores estadounidenses mejor ubicados.
Más allá de quién gane o pierda políticamente, lo relevante es entender la lección: en el nuevo orden internacional, el diésel y el gas no son simples mercancías; son condiciones de viabilidad para la economía mexicana. Algo semejante ocurre con vacunas, medicamentos, fertilizantes, granos básicos, chips, equipos médicos o tecnologías digitales. En cada caso, la pregunta ya no puede ser solo “¿dónde cuesta menos?”, sino “¿qué pasa si mañana no nos venden, nos venden tarde o nos venden condicionado?”.
El nuevo criterio no debe ser un nacionalismo retórico, sino prudencia estratégica. También exige abandonar falsas dicotomías: apertura o soberanía, mercado o Estado, eficiencia o seguridad. Las grandes potencias ya no actúan como guardianes de un orden abierto, sino como competidores que subordinan el comercio a sus intereses internos y geopolíticos. México no puede seguir razonando como si nada hubiera ocurrido. Habría que trascender la polarización política por un momento y dejar de verlo en términos de quién ganó y quién perdió y centrarse en lo que sigue.
En suma, el viejo sentido común decía que era mejor comprar afuera lo que allá resultaba más barato. El nuevo sentido común debe preguntar qué conviene producir, asegurar o compartir con aliados para que el país no quede indefenso cuando el mercado deje de comportarse como mercado. En una época de potencias egocéntricas, cadenas frágiles y reglas cambiantes, hablar de soberanía no es un asunto retórico, ideológico o partidista, sino de mero sentido común porque la viabilidad como país reside en ello. Entender que la posibilidad de intervenir en nuestro propio futuro dependerá de las decisiones que hoy tomemos en un mundo que ya cambió.



