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¿De qué huye Amílcar Olán?


La verdad periodística no es la verdad jurídica de un suceso delincuencial. Los reportes periodísticos, sucintos al punto de solo ocupar un párrafo o tan extensos como un libro, más que verosímiles, han de probarse verídicos y verificables. Para más complejidad, las notas e investigaciones, cuando mucho, son fragmentos de la realidad. El diarismo aporta, casi por definición, solo parte de la verdad.

Algo de las limitaciones inherentes del periodismo se supera a partir de la competencia entre periodistas. No pocas veces, un medio de comunicación emprende una cobertura sin que otros periodistas se interesen de inmediato en eso; en otras, reporteros que o ya estaban sobre esa pista, o tratan de hacerse con el tema, publican hallazgos propios; y excepcionalmente, hay un esfuerzo grupal acordado a priori.

Los actores del poder señalados por alguna revelación periodística la desacreditan por método. El catálogo de recursos de los poderosos contra la veracidad periodística es amplio y conocido. Remontar cada intento de desmentido es un incentivo extra para el medio. Si exigen más pruebas, las encontrarán. Tratando de apagar una crisis, muchas veces el poder solo la alimenta, también, la extiende en el tiempo.

El caso de Amílcar Olán es ilustrativo de buena práctica periodística en México y pésima administración de la justicia nacional. Desnuda también el hecho de que el obradorismo no tiene manual novedoso para combatir la corrupción, por lo que, como tantos otros que han gobernado, recurre sistemáticamente a desdeñar el trabajo de la prensa; Morena innova, en cambio, al atrincherarse para no investigar.

Amílcar Olán era prácticamente desconocido fuera del estado de Tabasco antes de finales del 2023. En diciembre de ese año, este empresario del sureste del país dedicado a pisos y recubrimientos debuta en las primeras planas, al revelarse que una empresa asociada a él había obtenido contratos gubernamentales por cientos de millones de pesos en medicamentos.

Al grito de que había mucha corrupción, el expresidente Andrés Manuel López Obrador desmontó el sistema de abasto de medicinas para el sector salud. Provocó una catástrofe humanitaria de cuyas consecuencias México aún no se recupera, y también desató la corrupción. Amílcar Olán pasó de azulejero a proveedor de medicinas del Gobierno del papá de su amigo Andy López Beltrán. Algo olía mal.

La semana siguiente, Mexicanos Contra la Corrupción reveló que apenas siete días después de iniciado el sexenio de AMLO, el amigo de Andy compró en un millón de pesos un terreno de 18 hectáreas cercano al predio donde el Gobierno iniciaría la construcción de la ambiciosa refinería Dos Bocas. ¿Quién puede creer en la casualidad de que luego ese terreno lo utilizara un contratista de esa obra?

Y un mes después, Latinus difundió audios donde Olán asegura que tuvo 250 millones de pesos de utilidades en cosa de meses gracias a que vendía balasto a las constructoras del Tren Maya. En esas escuchas telefónicas menciona reiteradamente un nombre: el contacto de Olán para esos negociazos sería “Bobby”, es decir, Gonzalo López Beltrán, otro hijo de AMLO.

Esos audios se volvieron ubicua pistola humeante de indicios de corrupción en el entorno de los hijos del mandatario, que cada mañana predicaba la honestidad de su equipo y de su persona. En pocas semanas, Amílcar Olán se posicionó en la prensa como un hombre al que seguirle los pasos, una figura que 34 meses después amenaza con volverse indeleble estigma de los dos sexenios obradoristas.

A pesar de que respondió en su mañanera desde las primeras revelaciones de los contratos entregados a Amílcar Olán, desdeñando los reportajes y defendiendo a su hijo, AMLO retomaría el tema luego de la publicación de los audios en enero. “Estoy absolutamente seguro de que son honestos, no tengo nada de qué preocuparme, y eso da mucha tranquilidad y libertad”, dijo el 18 de enero de 2024.

A partir de ahí, la cobertura periodística sobre Amílcar Olán ha producido un ramillete de revelaciones: tan solo en los siguientes meses se supo que estaría tramando contratos con Petróleos Mexicanos en la siguiente administración (la actual), que un hijo de López Obrador le habría ofrecido una mina en Oaxaca, y que estaría al tanto de una investigación por corrupción en el IMSS-Bienestar.

Tras lo anterior, el 24 de julio de 2024, Andy y Bobby López Beltrán publican una larga carta en La Jornada, según ellos, desmentir los señalamientos. “Llegado este momento, decidimos responder a las calumnias, porque creemos en la importancia de hablar con la verdad y de ser honrados”, dicen los hermanos. “En ejercicio de nuestro derecho de réplica, empezamos aclarando que ninguna de las calumnias y acusaciones en nuestra contra ha sido acompañada de pruebas que las sustenten. Todas las aseveraciones han estado basadas en supuestos, dichos de terceros, espionaje a terceros, conjeturas, redacción tendenciosa y editorialización de la ‘información’ con lo que han tratado de involucrarnos en fantasiosas historias que pretenden dañar nuestra imagen pública y honorabilidad”.

En concreto, sobre Amílcar Olán y sus contratos de medicinas, los López Beltrán responden: “En ningún momento hemos recomendado o intercedido por ninguna persona o empresa con la intención de beneficiarle con contratos o presupuesto público de las múltiples instituciones y niveles de gobierno”.

Semanas antes, López Obrador había reconocido que su hijo Gonzalo le “ayudaba a ver el avance de las obras, del tendido de las vías, lo de los trenes, la construcción del rompeolas en Salina Cruz, con los marinos”. Con esas palabras, la suspicacia por lo que se escucha decir a Olán en los audios, que acordaba negocios para trenes con “Bobby”, y lo que pudo haber ocurrido con esos contratos, explotó.

No sobra decir lo irritante que se volvió en la opinión pública un audio en particular, ese donde el ya para entonces famoso “clan” de amigos de Andy dicen entre risas, sobre los materiales que venden para los trenes, que “ya cuando se descarrile el tren, ya va a ser otro pedo”.

Para cuando al inicio de esta semana TV Azteca ubicó a Amílcar Olán viviendo en Lugano, Suiza, en un departamento que se oferta en renta en 320.000 pesos al mes, el exazulejero ya había sido señalado también por estar involucrado en la importación de combustibles, tema en el que habría cometido una defraudación fiscal al no declarar 83 millones de litros.

Frente a todos esos señalamientos —además de otros en donde ese clan habría tenido contactos con criminales del Cartel Jalisco Nueva Generación para operar el transporte de mercancías, y uno más sobre la construcción de un edificio con altura ilegal en el lujoso barrio de Polanco—, la verdad judicial ha sido la gran ausente todos estos 34 meses.

Los Gobiernos de López Obrador y de Claudia Sheinbaum no se han interesado por indagar cada una de las revelaciones periodísticas que se han conocido. Esta semana, la distancia entre el cúmulo de señalamientos de la prensa y la abulia de las autoridades se volvió escandalosa. El que la televisora del Ajusco emitiera imágenes del lujoso retiro del amigo de Andy y Bobby en Suiza fue demasiado.

Tras ser revelado su paradero, Amílcar Olán y su familia se mudaron de inmediato. Eso denota grandes recursos materiales y gran deseo por ocultarse. ¿De qué huye el amigo de los hijos de López Obrador?

La verdad periodística no alcanza para enjuiciar a una persona. Pero la prensa ha hecho su trabajo. Las autoridades del anterior sexenio y del actual, no; o no hay evidencia al respecto. Tal disparidad se está volviendo insostenible. De eso huye Amílcar Olán. Porque él, como cualquiera que haya visto noticias desde diciembre de 2023, sabe que su nombre huele a corrupción, un tufo que, antes que disiparse, hiede más.

Los únicos que no parecen advertir que la prensa seguirá el trabajo para dar a conocer todos los detalles de los contratos de Amílcar Olán con dinero público, presuntamente gracias a la cercanía con los hijos de AMLO, así ellos no hagan el suyo, son la presidenta Claudia Sheinbaum, su Fiscalía, su Unidad de Inteligencia Financiera, su secretaria Anticorrupción y hasta su partido.

Amílcar Olán huye en vano intento de que la prensa no cuente la verdad periodística que haría imposible que incluso autoridades tan solapadoras como las obradoristas, así sea de mala gana, se vean forzadas a indagar la verdad judicial de tan escandalosos audios, videos, burlas, contratos y súbito enriquecimiento.


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