Ceuta, el laboratorio soñado por la extrema derecha
De todas las conversaciones que he cruzado con ceutíes durante los últimos 45 días, ninguna me ha impresionado tanto como la que mantuve con una mujer que me explicaba el proceso de transformación interior que ha experimentado desde la entrada masiva de migrantes del 30 de julio, con ella, la mutación de Ceuta. De ciudad alegre y amable, hemos pasado a un escenario cuasibélico, con soldados armados hasta los dientes en las puertas de los supermercados. “Me asusto de lo que siento”, confesaba. Su talante apacible, humanista y solidario convive ahora con un fuerte rechazo a los inmigrantes que han ocupado calles, parques, montes y playas. Simplemente, prefiere no verlos. Mi vecina ha pasado el verano sumergida en una batalla de emociones, renunciando a paseos, noches fuera y cenas en terraza como un autoimpuesto régimen de supervivencia. Y como ella, otros muchos ciudadanos. Estos son los “fachas” o “racistas” que tan alegremente señalan algunos ignorantes de la realidad de la ciudad.


