Ceuta, dos meses después: una ciudad paralizada entre la expulsión y el retorno de los migrantes
Khadija y Saber cruzan la frontera marroquí a la misma hora, pero no se ven. Ella entra a Ceuta, él va a Marruecos. Vuelve, en realidad. A los dos les impulsa lo mismo: la lluvia. “Me puse de límite el miércoles. Si no encontraba plaza en un centro de menores, me iría, pero mañana va a empezar a llover y no puedo dormir más en la calle”, dice Saber. Cumplió 17 años en agosto, en la playa del Trampolín. Por entonces aún tenía más o menos intacto el sueño que le hizo cruzar el mar, creía que solo era cuestión de aguantar un poco más. Hace días decidió que si no lo había logrado a los dos meses, volvería a Castillejos. Al final no ha sido a los 60 días, sino a los 58. Saber enfila la recta hacia el puesto fronterizo de El Tarajal, y mira su móvil, pero no atrás. “¿Triste? No, estoy cansado. Pero volveré a intentarlo”, dice. Desaparece por la frontera con una mochila ligera, donde firmará el retorno voluntario, como las más de 7.000 personas que según las cifras oficiales han emprendido el camino de vuelta por su propio pie.
Khadija entra apresurada por el otro extremo del puesto, zigzagueando con la mirada. Empuja un carrito de la compra púrpura, del que sobresale un paraguas tamaño familiar. A su encuentro sale Ussama, de 21 años, que la esperaba desde hace horas sentado bajo a un árbol cercano a la cafetería Puerta de Europa, la última de España. Se saludan en dariya, ella le palmea el rostro con una mezcla de exasperación y dulzura. Es su tía abuela, de Castillejos, tiene estatus de trabajadora transfronteriza y aunque hoy no trabajaba en Ceuta, está aquí. “Les traigo ropa para la lluvia, me han avisado de que mañana empieza y qué iba a hacer”, farfulla. En el interior del carrito ha metido impermeables, pantalones de abrigo y chubasqueros. No traduce todo lo que le dice a su sobrino nieto, pero es indudable que no está conforme. “Viven ahí, en Benítez, siguen creyendo que van a lograr el asilo, pero yo creo que después de dos meses eso ya no va a pasar. Pero qué voy a hacer, por lo menos que no estén mojados”, consiente. Hacen el intercambio, se abrazan y Khadija le ve marcharse empujando el carrito desvencijado por la costa. No es la primera vez que le trae cosas, a él, y al grupo de vecinos que cruzaron irregularmente a Ceuta el 31 de julio. Pero esta ocasión mastica algo distinto: “Hay algún menor con ellos, pero la mayoría son hombres adultos. Los van a expulsar, ¿verdad?“, inquiere. Se vuelve por la frontera con la certeza igual de sólida.
Esa misma certidumbre también sobrevuela las chabolas de las playas de Benítez y Trampolín, los más numerosos de la ciudad. Allí, en torno a 3.000 personas continúan a la espera de una plaza en los centros de acogida, pero de momento solo saben que lloverá. Tapizan las construcciones con plásticos y revestimientos levemente estancos, y los de la primera línea de mar refuerzan con barricadas ―bolsas de supermercado rellenas de tierra― sus tiendas. “Dicen que en cuanto llueva el mar sube hasta aquí”, cuenta Moha, señalando la tercera línea de chabolas. Tiene 38 años y dos hijas al otro lado de la frontera. Ha escuchado que el Gobierno prepara “algo” para expulsarlos a todos, pero no se mueve un ápice de su ambición, ni de su tienda, a la que ya golpean las olas. “Si nos expulsan, vale. Pero no me voy a ir yo. ¿Cómo voy a volver con las manos vacías? Además, si me voy y alguno de ellos lo logra, y yo me entero desde Marruecos. me sentiré un fracasado. De momento, espero a que nos metan en un centro y ya veré“, insiste, con inquebrantables ”inshallá” (ojalá).
Expulsiones, devoluciones y hastío
Dos meses después del cruce masivo, Ceuta ha dejado de mirar hacia la frontera por que la que entraron más de 80.000 personas. La discusiones, tras 60 días de emergencia migratoria, han virado de “quién provocó esto” para estancarse en el “qué va a pasar con esto”. Esto son los más de 10.000 migrantes que siguen en la ciudad, entre los que viven en los centros habilitados, los asentamientos informales y las calles. “Pero qué más da que les metan en donde las carpas del centro, si en cuanto les abren las puertas por la mañana salen de allí y vuelven aquí”, dice Antonio, vecino de la playa Benítez. Como él, muchos de los ceutíes esperaban que los realojos en instalaciones de acogida aliviaran el tránsito de calles y playas, pero no ha sido así. La policía desmontó los mercadillos del interior de Trampolín la semana pasada, pero la imagen del asentamiento es prácticamente la misma que 15 días atrás, o 30, solo cambia el clima. No hay alivio visual, sigue sin verse la arena. Antonio está en uno de los grupos de Whatsapp de vecinos ceutíes que coordinan las manifestaciones diarias para protestar contra “la invasión de Ceuta” que reclaman la expulsión inmediata de todos los migrantes. “Ahora, con lo de la vivienda, van a dejar de hacer caso a lo que pasa aquí”, protesta. En el chat, la discusión está encendida 24 horas al día. “Que los devuelvan, que los suban en autobuses y de vuelta a Marruecos, esto no es un CETI para que sigan construyéndoles chalés donde quedarse”, escribe una usuaria, de las más moderadas.

Los migrantes que han logrado plaza en los centros duermen bajo techo, pero muy pocos pasan el día allí. “Salgo y por lo menos veo el mar y paseo. Mañana llueve y nos tendremos que quedar en el campo, pero es que no hay nada que hacer allí”, dice Samir, mostrando un vídeo del interior de las carpas del Puerto, donde se hacinan en colchonetas decenas de hombres, y algún menor. El día anterior comenzaron a identificarles, primer paso para iniciar sus expedientes de asilo, los que lo soliciten, o devolución. Solo en su ubicación son 1.700 hombres, el proceso es lento.
En el corazón de la ciudad, por la calle Camoens, el tránsito ajetreado puede confundirse con la normalidad. Gente en las terrazas, haciendo compras, niños jugando en las plazas. Dos meses después, el ojo se ha acostumbrado a las patrullas policiales y militares que custodian estas arterias, y pocos migrantes deambulan por allí. Se atreven dos chicas, veinteañeras, marroquíes, migrantes. Vivieron durante más de 50 días sobre una alfombra a las puertas de la Hípica, otro de los centros de acogida, pero el día anterior lograron plaza. Están exultantes, cuentan que las instalaciones son magníficas, conviven mujeres y sus hijos, tienen un patio. Hoy han reunido algo de dinero, se han maquillado y vestido con mimo para bajar al centro de la cuidad a comer en un restaurante chino. “Es un gusto parecer normal”, celebran. Se van hacia el autobús, camuflándose con el resto de pandillas de chicas ceutíes.

Lejos de la frontera, otro cruce revela el estado actual de Ceuta. Un camión de obra sale de una de las nuevas instalaciones que prepara el gobierno para llegar hasta las las 8.000 plazas de acogimiento, que de momento van por 6.000. Carga escombros, extraídos de lo que unos días será un nuevo centro para mujeres y niñas que aún duermen en las calles. En la intersección, se cruza un autobús de las líneas habituales de la ciudad. Va repleto de niños que aplauden, custodiados por furgones policiales, en dirección a la Jefatura de policía, para filiarles. Son en torno a un centenar los que han logrado sitio en instalaciones ya construidas, dejando atrás a otros tres centenares se han quedado sin ella, al sol anterior a la lluvia en la playa del Trampolín. El camión cede el paso al autobús, y Antonio observa desde la acera. “Les hacen más sitio, pero esto no va a acabar nunca. Si no se ponen a expulsar ya, todos no caben en Ceuta”, dice. Hasta el momento, el Gobierno solo ha confirmado 364 expulsiones ejecutadas en dos meses. En la víspera de que se cumplan los dos meses exactos desde el cruce masivo, un autobús más se detiene en la frontera. Otros 100 migrantes vuelven a Marruecos, 59 días después. Y empieza a llover.

