Política

Amalia Sánchez, de 76 años: “Los jóvenes han regresado, desde el 15-M solo escuchaba gritar a los fachas”

No se puede decir que estuviste acampado en la Puerta del Sol por el desahucio de Maricarmen si Amalia Sánchez, de 76 años, no te entregó una mandarina.

Amalia Sánchez es, de entre todos los presentes durante la primera jornada de acampada en el ‘kilómetro 0’ de Madrid, una de las personas más cercanas a Maricarmen por edad. “Tiene narices que haya tenido que ser una octogenaria quien haya provocado esto”, comenta. “Todos sabemos que su caso ha sido uno entre miles, que esto no es solo por ella sino por todos. Es importante por quién estamos aquí, pero más importante es que hemos vuelto, que los jóvenes han regresado”, observa. “¿Dónde estaban desde el 15-M? Porque en este tiempo yo solo he escuchado gritar a los fachas. Pensaba que los jóvenes estaban jugando a la Play. Verles de nuevo aquí me da la vida. Hay que ayudarles para que sigan fuertes“, reconoce.

La perspectiva del tiempo coloca en apariencia a Amalia en otra esfera muy distinta a la de los más de 300 chicos y chicas que acampan en Sol, casi todos españoles entre los 18 y los 35 años. Sin embargo, durante la noche del sábado hubo algo que también se encendió en ella. Amalia acudió a celebrar el cumpleaños de su hija en el centro de Madrid y no se había enterado de que una nueva manifestación por el deshaucio de Maricarmen estaba teniendo lugar en la Puerta del Sol. Se percató de que algo estaba sucediendo cuando se topó con decenas de policías en el Paseo del Prado. Al regresar a casa e interesarse por lo sucedido, escuchó que cientos de personas estaban llegando con tiendas de campaña y se quedarían ahí toda la noche. “¿Un nuevo 15-M? Tengo que ir a verlo”, se dijo a sí misma.

Amalia se levantó temprano el domingo y junto a un amigo puso rumbo a Sol desde el barrio de San Fermín donde vive. “No pertenezco a ninguna plataforma. Vengo igual que vine hace 15 años, como ciudadana. Vengo porque tengo dos oídos, dos ojos y sentido común”, asevera. Llegó a primera hora y pronto perdió de vista a su compañero porque ella empezó a moverse de acá para allá como un torbellino. En la carpa del Sindicato de Inquilinas le dijeron que no hacía falta que comprara comida. En realidad, comida es lo que les sobraba. Amalia decidió entonces ofrecerse de “chica para todo”. Primero agarró una bolsa llena de botellas de agua mineral y fue repartiéndolas entre los asistentes. Más tarde, por iniciativa propia se dedicó a recoger el plástico que había esparcido por el suelo. De tanto en tanto la mujer se dolía después de agacharse para coger las cosas con la mano. “He empezado taichí y tengo unas agujetas que me muero, por eso voy tan lenta”, se excusaba. Por último, Amalia se hizo con otra gran bolsa, esta vez llena de fruta, y volvió a pasearse, de una en una, por las casi 200 tiendas de campaña.

—¿Queréis potasio? ¿Un poco de vitamina C?—, preguntaba.

De algún modo, la escena de Amalia repartiendo plátanos bajo el calor evoca el momento en el que los corredores de relevos se entregan el testigo. Ella lo tiene claro. “Ahora los que tenéis las fuerzas sois vosotros. Nosotros, los mayores, solo somos una ayuda, por eso vengo a apoyaros. Ganas de acampar aquí no me faltan. Pero, ¿qué hace una señora de 76 años durmiendo en el suelo?“, dice. ”Vengo aquí para empaparme de la gente joven, que son los que tenéis el poder. Me dolería mucho ver que esto se queda en flor de un día. Eso significaría que no hemos entendido nada”, manifiesta delante de un grupo de veinteañeras universitarias de la Complutense.

Amalia recuerda que ella “perdió su juventud” al quedarse embarazada con 22 años. “No había métodos anticonceptivos”, lamenta. “Esto me ha hecho pensar. Hemos avanzado en muchas direcciones, por ejemplo en esta de la educación sexual. Pero hoy estamos aquí porque se ha vuelto a retroceder en otras muchas cosas”, reflexiona. “Mi ex marido y yo compramos en el bajo de un edificio una vivienda en San Fermín que terminamos convirtiendo casi por completo en una zapatería, el negocio que él tenía. Vivíamos al lado, apelotonados en una habitación diminuta con mis hijos. Cuesta creer que esta gente esté volviendo a vivir de esa manera”, observa. “Un derecho tardas 20 años en que te lo reconozcan y 20 minutos en perderlo”, opina.

Su primer trabajo fue en una compañía de seguros americana donde no tenían derecho a descansar los sábados. Dice que el “espíritu crítico” comenzó con esas movilizaciones de trabajadores para que se les concedieran los fines de semana. El resto de su carrera profesional la ejerció como celadora en el Hospital Ramón y Cajal. “Ahí me he dado cuenta de que, como ciudadanos, hemos asumido que se nos maltrate. Esperar un año para que te miren una pierna se ha normalizado, pero no es normal. Que la vivienda sea una cosa de privilegiados se ha normalizado, pero no es normal. Es que, es que. ¡Es que me hierve la sangre!”, se indigna.

Después de cuatro horas, cuando otra joven voluntaria le ofrece crema solar para protegerse del sol, Amalia llega a la conclusión de que tal vez haya llegado el momento de parar por hoy. “O paro o se me acaba llevando el Samur”, bromea. “Yo necesito esto, ver que la gente no está en su casa, indiferente. Si la excusa ha sido Maricarmen, bienvenida sea”, celebra. Antes de marcharse a casa, a Amalia le da tiempo a pensar en su epitafio. “Un día me encontré una tumba en el cementerio de San Isidro que ponía: ’Me voy porque no os aguanto’. Yo no quiero que me pase eso”, rememora. “El mío tiene que ser algo así como: ‘Di guerra hasta que se aburrieron de mí‘ ”, se despide. Mañana, dice, volverá.


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