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Max Verstappen también se impone a los ‘Gremlins’ bajo la lluvia de Sepang


Desde que Liberty Media comenzó a rentabilizar el dineral que se gastó en comprar la Fórmula 1, el campeonato ha tomado un rumbo en el que la purpurina y los neones mandan por encima del cronómetro, y eso es aplicable a cualquier elemento, también a los circuitos. Templos históricos como Spa o Montmeló han ofrecido espectáculos legendarios, pero ahora están en peligro ante la llegada de trazados de otra naturaleza. Mención especial tienen los urbanos, donde los monoplazas transitan en formación y el público los contempla, aunque adelantamientos no haya ni uno. El de Sepang se cuenta entre los primeros, y este domingo quedó claro por qué está considerado uno de los mejores del mundo. Es rápido, ancho y con curvas para todos los gustos. Y si estas hechuras se aliñan con una tormenta tropical de las que casi cada tarde empapan la zona sur de Kuala Lumpur, es normal que la función sea sideral. Puede que incluso demasiado. Sobre todo, para la organización y la Federación Internacional del Automóvil (FIA), que pasó un bochorno considerable por culpa de la lluvia.

El agua dio vida a los Gremlins, que es como, en broma, se conoce a las averías que alteran el funcionamiento normal de los monoplazas. Colocados en fila y detrás del coche de seguridad, varios pilotos comenzaron a quejarse de que sus prototipos hacían cosas raras. Primero Max Verstappen, incapaz de acelerar a pesar de pisar a fondo el acelerador. Segundos después le tocó a Hamilton, que se quedó parado antes de reiniciar su Ferrari. Con el caos repartido por varias curvas, los comisarios neutralizaron la prueba, que no se puso en marcha hasta una hora y media después lo que indicaba el programa original, con el asfalto en plan caprichoso, mojado pero no del todo, muy propicio todo para meter la pata en la elección de las gomas. No falló Red Bull y menos aún Verstappen, que hizo buena su primera pole del curso para estrenar su casillero de victorias esta temporada, después de superar a los dos Mercedes para dejar claro que, cuando su bólido se lo permite, sigue estando un paso más allá que el resto de la parrilla. En una maniobra antológica en otro relance de la carrera (vuelta 13), el holandés le hizo un nudo al italiano, que condujo en todo momento con la mirada puesta en un título que cada vez tiene más cerca: una avería de Gerorge Russell, su compañero, en el penúltimo giro, le permite disfrutar de una ventaja de 84 puntos al frente de la tabla. Lewis Hamilton se sacó de no se sabe dónde una remontada brutal después de arrancar con las gomas equivocadas —salió con la especificación lisa cuando el cemento no estaba para ello—, lo mismo que le pasó a Fernando Alonso, que cruzó la meta el octavo, su mejor resultado del año, a pesar de llegar a rodar prácticamente el último. Cualquier opción de Carlos Sainz se esfumó en un toque con Gabriel Bortoleto que le llevó a trompear.

Verstappen no se ha convertido en el eje central del Mundial simplemente por sus atributos con un volante en la mano, que son absolutamente de otro planeta, sino también por lo que transmite y cómo lo hace, a pesar de haber cambiado mucho a medida que se ha ido haciendo mayor. El contraste entre aquel adolescente que debutó en el circuito de Albert Park (2015) con solo 17 años, capaz de liarse a empujones con Esteban Ocon por un incidente en pista en Brasil (2018) no tiene nada que ver con el piloto de 29 años en el que se ha convertido, cuatro coronas de campeón consecutivas después (2021-2024), y ya como padre de familia. Lo que ocurre es que uno no le puede pedir a alguien que se ha ganado a pulso el apodo de Mad Max, pase a ser un adalid de la serenidad. Hasta hace poco, los mensajes que lanzaba Verstappen difícilmente estaban limpios de alguna palabra de las gruesas, debido a los sustos que le provocaba su monoplaza, muy inestable y poco equilibrado, circunstancia que derivaba en un alarmante maltrato a los neumáticos. Pero ese mal rollo cambió en Azerbaiyán, la semana pasada, donde la escudería energética introdujo un gran paquete de mejoras que le dieron la vuelta al RB22, que, de la noche a la mañana pasó a poder pelear por cotas mucho mayores.

El doble podio del holandés y su compañero, Isack Hadjar, por el pasadizo lleno de trampas de Bakú, anticipó el paso adelante que quedó totalmente contrastado este fin de semana, en un evento esperpéntico en todos los sentidos: el Gran Premio de Bahréin se celebró en Malasia, un país que está fuera del calendario, donde los bólidos adquirieron vida propia durante unos instantes. Hay que hacer lo posible para volver a correr allí.


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