Crónica de una barra de pan en Ceuta: de la escasez a la radicalización
No es harina, agua, levadura y sal. Tampoco un símbolo. Desde que estalló la crisis migratoria en Ceuta, el pan se ha convertido en un síntoma, un termómetro de los casi dos meses que esta ciudad lleva viviendo en la excepción absoluta en casi todos los ámbitos posibles, y también algunos que parecían imposibles. Las barras de pan fueron lo primero en agotarse cuando entre el 30 y el 31 de julio cerca de 80.000 personas entraron en una ciudad que apretaba ya esa misma cifra de habitantes en apenas 20 kilómetros cuadrados. Se quedaron 10.000, pero el Ministerio del Interior insistió durante semanas en rebajar la cifra a algo más de 2.000, lo que fue fermentando buena parte de los conflictos que llegarían al horno después.
El primer día del cruce masivo, en el obrador García se acabaron las banderillas, como bautizan las barras. Decenas de migrantes se agolpaban frente a su enrejado, una muchedumbre hambrienta que quería comprar pan. Y el matiz no es menor: comprar, no pedir. El dueño acabó cerrando las puertas ante la multitud y desde el interior habló con los medios de comunicación, “Vienen con teléfonos de última generación, con dinero, no son muertos de hambre”, decía, asustado ante la avalancha y empezando a resquebrajar una idea monolítica del migrante. De sus motivos para cruzar ilegalmente el mar. Algunos huían de la falta de pan y la abundancia de guerra, pero muchos más buscaban solo una manera más digna de ganarlo. Precisamente, los que provenían del popularmente conocido como “país del pan”, Marruecos. Campeones en su consumo, hasta que el cierre fronterizo de 2020 puso fin al viejo tránsito entre ambos países, también rivales de Ceuta en una particular guerra por este producto básico. Durante años, los panaderos ceutíes protestaron porque no podían competir con los precios de los vendedores ambulantes que cruzaban desde Marruecos a diario para venderlo.
Muchos recordaban aquella guerra comercial cuando, tras la llegada masiva de migrantes de julio, la ciudad autónoma tuvo que acoplarse al aumento de demanda. “O sea, que antes nos arruinaban con los precios y ahora nos dejan sin él”, protestaba una vecina en un establecimiento, en la primera semana de agosto. En su mano portaba el ticket que indicaba el número de barras solicitadas, que estaría disponible cuando se cocinase una nueva remesa dos horas después.
Para entonces, ya bullía la certeza de que 2.000 personas no agotan el pan de una ciudad, pero 10.000, sí. La escena se repetía en otros comercios, pero se difundía, convenientemente distorsionada, en muchos medios de comunicación: “Desabastecimiento en Ceuta”, rotulaban. Desde el entorno de VOX se empezó a propagar el discurso de que existía “un racionamiento de comida” para dárselo “al invasor”. En realidad, solo algún comercio pequeño limitaba el número de unidades por cliente. En otros, los límites eran de admisión. En Kiko Place, el ultramarinos más cercano a la Playa del Trampolín, los ceutíes entraban y compraban con normalidad, pero a los migrantes se les exigía hacer cola en el exterior y acceder de uno en uno, con el dinero en la mano.
Pasado el impacto de los primeros días, Sabah encontraba pan a diario. Más de 300 barras que repartía para los migrantes en su casa del barrio periférico de La Reina. Pagados con su dinero y el de los bolsillos de los vecinos de una de las zonas que acogieron el mayor flujo de personas que cruzaron la frontera. Ceuta no había recuperado ni un asomo de normalidad, con los asentamientos informales levantándose poco a poco en diversas ubicaciones, pero en panaderías, supermercados y obradores, volvía a haber pan disponible. Y también en las bolsas de comida que Cruz Roja empezó a repartir por La Playa del Trampolín, convertido en el asentamiento informal más numeroso.
A mediados de agosto, en el corazón de la ciudad, las terrazas lucían llenas de comensales con la mesa repleta de cestillos de pan, tostas o bocadillos. Pero el horno ya había alcanzado temperatura. Kissy Chandiriamani, la vicepresidenta segunda del Gobierno de Ceuta, repitió que se había impuesto un régimen de restringir las barras a dos personas, y para finales de mes, dirigentes de VOX como Santiago Abascal y Jorge Buxadé ya habían hecho bandera de la cacareada escasez para llenar el vientre de su discurso antiinmigración.
El pan no solo era alimento, era también trayecto: “Hay un autoconfinamiento, no podemos mandar a los niños como antes a comprar el pan, las calles están vacías, los comercios están vacíos, la hostelería ya no puede más”, defendió la senadora del PP por Ceuta, Cristina Díaz Moreno. Al día siguiente, centenares de personas bloquearon durante dos horas el acceso de vehículos de la Cruz Roja que llevaban víveres a los asentamientos, coreando consignas xenófobas contra los que ayudaban a los migrantes, acusándoles de desatender a los ceutíes.
Militares armados custodiaban los grandes supermercados, y allí se volvieron habituales dos escenas. La de los migrantes que salían de ellos con bolsas repletas de pan para revenderlas en los asentamientos por unos céntimos más; y las del interior. En la secciones de panadería, muchos vecinos protestaban por tener que hacer cola, grabando a los que les antecedían en la fila, ya masivamente calificados como “invasores”. Ya no era una cuestión de escasez, sino de con quién compartir fila para comprarlo.
Con el discurrir de los días se hizo evidente que el pan no se había agotado, pero sí la paciencia ante la falta de soluciones a la crisis migratoria. En los grupos de WhatsApp de vecinos de la ciudad además de los carteles para las manifestaciones diarias de protesta, comenzaron a hacerse llamadas al boicot a los supermercados que vendían pan sin mirar a quién. “Allí les dejan tocar todo, manipulan todos los alimentos y luego saben a moro. Compremos solo donde no les dejen entrar”, decía una usuaria, seguido de una hilera de mensajes de cariz aún más xenófobo.
En septiembre, La Sexta reveló la existencia de brigadas de vecinos que salían armados con pistolas y rifles por las noches, encapuchados, para amedrentar a los migrantes que dormían en las calles. “Buscan antes un cigarro que un trozo de pan”, decían. Por las mismas fechas, el pan de Ceuta llegó al Congreso de los Diputados. “La invasión ha traído a los ceutíes racionamiento de pan”, afirmó el diputado de VOX, Ignacio Gil Lázaro.
Lejos de la Cámara Baja, los niños ceutíes regresaron a las aulas sin incidentes, a pesar de la alarma generada. Llevaban sus bocadillos en papel de aluminio, también los que se ausentaron las primeros días ante la preocupación de sus padres por la seguridad del retorno.
Por eso el pan, en Ceuta, no es un símbolo. Está en las panaderías, los supermercados, los ultramarinos, los restaurantes, bocaterías y bares. Y también en los asentamientos irregulares, en los centros de acogida de migrantes y en la basura, enmohecido. Al anochecer, en el exterior de muchos establecimientos o junto a contenedores, se ven las mismas imágenes que en cualquier otro lugar: cajas de pan con barras plasticosas pudriéndose a la espera del camión de la limpieza. Lo normal, aunque la ciudad aún esté a años luz de la normalidad. Con las playas repletas de chabolas y tiendas, mil niños que duermen en las calles y una cifra de nuevos habitantes que siempre supieron que superaba el recuento inicial; demanda soluciones que sienten que no llegan. Hay pan, pero se ha amasado lentamente algo con ingredientes más complejos que el agua, la harina y la sal. Ya ha fermentado y el horno sigue subiendo de temperatura.



