Política

Los migrantes que se quedaron sin plaza en el Puerto de Ceuta: “Ha ganado la ley del más fuerte”

“Tengo que ir ligero, esto se queda aquí”, decía Ali, de Irak, mientras dejaba este viernes en la playa de El Trampolín una bolsa de supermercado con los enseres que ha acumulado en estos casi 50 días. No eran aún las seis de la mañana y él, como varios centenares de migrantes más, esperaba el traslado al centro de acogida del Puerto de Ceuta. Ni rastro de sueño, solo esperanza. “Sé que lo retrasaron por algo político, pero he estado listo todas estas noches; tiene que ser hoy”, contaba. Nadie les había informado oficialmente, pero el rumor incesante hizo que, antes de que se desplegara el operativo, una multitud de hombres esperara, impacientándose, cuando en plena noche cerrada no aparecía ningún agente.

Sabían poco, pero lo fundamental: no iban a caber todos. Así que en torno a las seis y media los migrantes que dormían en las playas de Benítez y El Trampolín fueron acumulándose en el paseo, formando una masa cada vez más compacta de gente que luchaba por no quedarse atrás. Durante una hora fueron sumándose más y más, avanzando por pura inercia y por algo más: la nueva instalación estaba a un kilómetro en esa dirección. Unas escasas patrullas de la Guardia Civil trataban de contenerlos, sin éxito. “Tengo que entrar, por favor”, chillaba Ayman, apoyándose en dos muletas desparejadas. Y antes de que dieran las siete o apareciera algún dispositivo policial, se produjo una estampida en el paseo, con migrantes tratando de abrirse paso, corriendo despavoridos. El tráfico aún no había sido cortado, y varios vehículos quedaron atrapados en la desbandada.

Las Unidades de Intervención Policial llegaron a la zona en plena oleada y se vivieron escenas de tensión para tratar de controlarlos. Tras extender el cordón, optaron por no comenzar el operativo en el punto inicial y organizar a los migrantes a partir de ahí. A sus espaldas, un reguero de zapatos y sandalias alfombraba ya la carretera, restos de la estampida.

“Tranquilizaos, os vamos a organizar por grupos a partir de aquí”, aullaba por el megáfono uno de los responsables del traslado, en dariya. Los migrantes se agolpaban sobre los vehículos policiales, cerca del aplastamiento, hasta que los disparos al aire rompieron lo que quedaba de noche. Varios resultaron heridos, aunque ninguno de gravedad. Tras eso se impuso el ritmo pausado, y los agentes fueron separándolos de doscientos en doscientos y sentándoles en el suelo, divididos por unos cincuenta metros. Oussama, Ayoub y Mohamed se abrazaban en el tercer grupo, rodeados de mantas. “¡Vamos a entrar!”, celebraban, haciendo números de cuánta gente había delante. “Estoy muy contento, tengo grandes sueños”, decía Oussama. En el grupo de atrás, la responsable de una de las entidades que coordinará el nuevo campamento localizó a dos gemelos, menores de edad. “Vosotros no podéis, esto es para adultos”, indicó. Y los retiró de la fila. En el grupo de atrás, alguien izaba un inmenso palo con una diminuta bandera de España.

El retorno a la playa

En cuanto divisaron las enormes carpas blancas, los migrantes estallaron en aplausos. Tras varias horas de un traslado por momentos caótico, los primeros entraron en las dependencias del centro de acogida temporal, rodeado aún de grúas y excavadoras. En los próximos días se espera que termine de construirse otra carpa adicional, pero por el momento se fueron ocupando las anexas. En total, algo más de 1.700 plazas. Muchos preguntaban si dentro había mantas o tenían que quedarse con las que traían, y una montaña de ropa de abrigo iba creciendo en el exterior mientras las literas se llenaban. Proverbialmente, un cartel tirado en el suelo decía en español, francés y árabe: “Lleno”. Se colocó en las puertas en torno a las 11 de la mañana.

A esa hora, la playa Benítez y la de El Trampolín ofrecían la misma imagen que los pasados 49 días, pero bañada en desesperanza. Bajo un sol inclemente, miles de migrantes intuían que había pasado su oportunidad, y no dormirían en el centro esta noche. Nadie se lo comunicó, pero cuando aparecieron las hileras de gente regresando por el paseo, lo supieron.

“Me he quedado dormido; cuando he despertado, ya estaban muy adelante, no sabía que empezaría tan pronto”, se lamentaba Brahim. A su lado, Zakaria trataba de entender lo ocurrido: “Entonces, a los que no hemos entrado, ¿nos echan a Marruecos?“, preguntaba. Abderrahman descansaba sobre la escalinata de la playa, frotándose la pierna. ”No he podido correr lo suficiente, estaba de los primeros, pero no corro tanto. Me he quedado atrás y ha ganado la ley del más fuerte”, decía.

A su lado, apoyados en la barandilla frente al mar, una decena de menores observaban el retorno a las chabolas: “Nos han pillado, nos íbamos a colar, pero han visto que no teníamos la edad”, contaba un chaval de unos 14 años. “¿Y hasta cuándo tenemos que esperar ahora? Porque cuando vamos a comisaría nos dicen todo el rato que no hay sitio en los sitios de menores; estoy cansado de dormir en la calle”, preguntaba a quien tuviera respuestas.

Y, al fondo de la playa, en Trampolín, Jalid rumiaba su arrepentimiento. Había decidido entrar al campamento del Puerto, y pasó la noche en vela para prepararse. Desmontó su tienda, tiró los cartones y regaló una silla metálica en la que pasaba las horas. Sabía que no era apto para el asilo y que con gran probabilidad la mudanza al centro de acogida significaría una probable expulsión a Marruecos, una vez todos fueran identificados. “Pero necesitaba una ducha, una cama, después de tanto tiempo. Así que decidí entrar, y pensar qué hacer una vez ahí. Quizás tardaban en echarnos, y yo podía encontrar otra salida, meterme en una lancha a la península”, cuenta. Pero todo cambió a las 6.57, la hora en la que recibió un mensaje de voz de otro migrante, que había avanzado en la estampida. Lo reproduce en alto: “No vengáis, que nos van a expulsar a todos a Marruecos en cuanto entremos”, le decía, agitado. Jalid lo escuchó y se retiró de la fila. Ahora recibe a los que se quedaron fuera y se une a su desánimo. “Es difícil saber lo que es verdad y lo que no. Seguiré esperando”, anticipa.


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