El orgullo de ser mexicano
Hasta 36 largos y arrastrados años tardamos en pasar del 56% al 87% de mexicanos que dicen sentirse muy orgullosos de serlo.
Las cifras las ha documentado Alejandro Moreno, el bueno, el profesor de Ciencia Política, el encuestador. En 1990, el 56% de los entrevistados decía sentirse muy orgulloso de ser mexicano. En 2026, la proporción llegó al 87%. Más de 30 puntos de diferencia merecen una explicación.
¿Cuándo, si no hoy, es pertinente preguntarnos qué nos ha reconciliado con el orgullo de ser mexicanos? ¿Qué ha pasado en estos años para que la patria ―siendo la misma― nos resulte más nuestra?
Sostengo que en esa recuperación confluyen cinco procesos que conviene examinar por separado: el reconocimiento político de quienes habían vivido en los márgenes, la reivindicación de lo mexicano, la respuesta a las presiones de Estados Unidos, la soberanía concretada en la figura presidencial, y la alegría de un Mundial que nos permitió unirnos.
Empiezo por la representación política. El triunfo de Andrés Manuel López Obrador en 2018 y la ratificación de su proyecto con la victoria de Claudia Sheinbaum en 2024 dieron cauce a un desencanto acumulado durante décadas. Para una parte del México popular, aquellas elecciones alteraron el lugar que les correspondía en el relato del país: quienes solían figurar en el discurso público como un problema por resolver pasaron a ocupar el centro de una promesa.
“Primero los pobres”, prometía redistribuir riqueza y rectificar jerarquías. Quienes habían ocupado los márgenes fueron convocados al centro. Un desplazamiento que alteró el vínculo más íntimo entre el hombre y la patria que lo reconocía.
El segundo factor es la reivindicación de lo nuestro. En el centro del obradorismo está la disputa por lo que le da valor a México. Frente a proyectos que medían el éxito nacional por la integración internacional y la aprobación externa, la Cuarta Transformación reivindicó la historia del país, sus pueblos originarios, sus culturas populares y su capacidad para decidir su propio rumbo. Lo mexicano volvió a significar algo por sí mismo.
Como tercer elemento propongo a Donald Trump. Las presiones arancelarias de su administración en Estados Unidos durante la revisión del TMEC han renovado la unidad nacional ante la amenaza externa. Frente al ogro de Washington, la defensa del país vuelve a ser una causa común que nos hace cerrar filas.
El contraste de México con el mundo también alimenta nuestra nueva valoración del país. Mientras diversas democracias desarrolladas se fracturan y la extrema derecha avanza, una parte de los mexicanos reconoce en su país un orden propio. La estabilidad macroeconómica, la redistribución de la riqueza y las mejoras en materia de seguridad componen una imagen de convivencia civilizada ante las discordias del mundo. En la incertidumbre ajena, México encuentra una confirmación serena. El juicio sobre México también se forma a partir de lo que ocurre fuera de él.
El cuarto plano concierne a quien encarna nuestra defensa. En la presidenta Claudia Sheinbaum, una parte de la ciudadanía reconoce la expresión concreta de una idea que suele ser abstracta: la soberanía. Frente a Trump y sus amenazas, la mandataria ha proyectado una imagen fuerte, aunque solitaria. En la figura presidencial –se ha apreciado adentro, se ha visto afuera–, la soberanía ha encontrado un rostro.
El quinto elemento es deportivo. Ser coanfitrión del Mundial de 2026 ofreció a los mexicanos una esperanza en la que guarecerse. Cuatro victorias consecutivas, ningún gol en contra y los octavos de final por delante transformaron el escepticismo en una pregunta: “¿Y si sí?”. Tres palabras que condensaron un porvenir que nadie se atrevió a negar ni a dar por cierto. Durante el Mundial, la celebración de lo mexicano superó toda expectativa: salió de los estadios, ocupó glorietas y atiborró plazas. Por unas semanas, un país dividido rezó por el mismo resultado.
El orgullo recuperado tiene un valor personal y un valor político. Morena ha contribuido a fortalecerlo y puede beneficiarse de él, pero esa ventaja tiene límites: intervienen factores ajenos a su gestión y aumentan las expectativas de quienes hoy se sienten mejor representados. Para el partido en el poder, el saldo favorable implica una exigencia mayor de resultados.
Hoy, sin embargo, y más allá de la política, vale la pena reconocerse en el 87% de mexicanos que gritaremos, con orgullo y con rabia: ¡Viva México!



