‘Ley de nietos’: hambre, terror y represión en la posguerra española
El dibujante madrileño Carlos Giménez ha retratado el hambre y el terror de la posguerra española a través de su serie de cómics autobiográficos Paracuellos (Reservoir Books), una de las obras más significativas sobre el franquismo, que empezó a publicar en 1976, poco después de la muerte del dictador, y que mantiene todavía viva, según siguen emergiendo sus recuerdos. Los niños internados en un Auxilio Social de Madrid sufrían palizas constantes por parte de los sádicos instructores de la Falange, pero, por encima de todo, tenían hambre: todos los días, a todas horas… A sus 85 años, Giménez cuenta que “ya se le ha acabado el rencor” al evocar aquellos años de violencia y fascismo, pero que “el hambre nunca se termina de quitar del todo”.
Se acaban de reeditar en un solo tomo los cuatro tebeos de Giménez sobre la Guerra Civil, Malos tiempos (Reservoir Books), basados no ya en sus recuerdos como Paracuellos, sino en historias reales que le contaron o que investigó. Uno de los personajes principales, detenido por rojo al acabar la guerra, salva la vida porque declara a su favor una empresaria a cuyo hijo protegió en los años duros de la represión republicana en Madrid. “Ya no te debo nada, estamos en paz”, le dice cuando le saca de la cárcel. Salva el pellejo, pero es echado de su trabajo, sin posibilidad alguna de ganarse la vida.
Muchas críticas a la llamada ley de nietos —que otorga la nacionalidad a los descendientes de los españoles que tuvieron que huir de este país entre el 18 de julio de 1936 y el 31 de diciembre de 1955 por motivos de persecución política— se han centrado en una instrucción del Ministerio de Justicia posterior a la norma, que dejó claro que se aplicaba sin distinción entre los que se exiliaron por razones políticas o económicas. Pero esa polémica no existe entre los historiadores del franquismo.
“La represión económica fue una forma de represión política”, explica el historiador Nicolás Sesma, profesor de la Universidad Grenoble-Alpes y autor de Ni una ni grande ni libre (Crítica), una historia del franquismo, que se ha convertido en un libro de referencia sobre el periodo. “Una de las formas de represión del régimen fue echar de las administraciones públicas a todos los que consideraba oponentes. Así, además, hicieron hueco a la gente afín: no se trata solo de privar de un medio de vida a los perseguidos, sino de dar trabajo a los afines”, prosigue.
Otra clave muy importante de la represión franquista es que el estigma de ser rojo se ampliaba a toda la familia. No solo aquel que había pasado por una cárcel iba a tener enormes dificultades para encontrar trabajo, sino que sus familiares tampoco iban a poder tener un medio de vida. Lo mismo ocurría con los descendientes de los fusilados. “No podemos entender la represión en el franquismo si no tenemos en cuenta que fue más allá de la violencia física”, explica Miguel Ángel de Arco, profesor de la Universidad de Granada y autor de El hambre en España (Crítica), una investigación de referencia que revela que 200.000 personas murieron de hambre en España entre 1939 y 1942, con un nuevo pico de hambruna en 1946. “Además de la represión moral, hubo una represión económica porque la violencia del franquismo no fue solo contra los individuos, sino que tuvo un componente familiar muy fuerte”, prosigue.


EFE


El historiador cita la labor represiva del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas, creado en 1939 para destruir cualquier resto de oposición política, “que abría un expediente para apropiarse de las propiedades de los bienes de las personas represaliadas, lo que incluía las cuentas bancarias, y luego se derivaba al consejo de guerra”. “Era una represión integral no solo contra las personas, sino contra sus estirpes. La idea es que el futuro de esa familia estuviese condicionada para siempre”, agrega este historiador. El hambre en España explica que los vencidos tenían muchas menos posibilidades de conseguir comida si estaban marcados o pertenecían a familias republicanas. Cita a los 30.000 españoles que salieron hacia Francia en los años cuarenta, que llegaron muertos de hambre: hoy serían considerados exiliados porque su miseria era una consecuencia directa de la represión.

Desde la obsesión de Carpanta por la comida —el personaje de Pulgarcito de José Escobar publicado en los años 40, que incluso ha entrado en el Diccionario de la RAE como sinónimo de “hambre muy violenta e intensa”— hasta la literatura o el cine que retratan la posguerra, la miseria que padecen los vencidos es una constante. En la novela Castillos de fuego (Seix Barral), Ignacio Martínez de Pisón realiza un impresionante retrato de la posguerra en Madrid, basado en una larga investigación. Uno de los personajes es Basilio Morgado, un profesor universitario que sobrevivió al conflicto pero que, al haber sido masón, acaba por ser expulsado de la universidad y sus bienes incautados por el Tribunal de Responsabilidades Políticas. Se queda, literalmente, sin nada.

Naturalmente, la represión económica no fue una exclusiva, ni de lejos, del franquismo. En los regímenes comunistas de Europa oriental y en la antigua URSS, los disidentes no solo eran enviados a prisión o a campos en Siberia, también era condenados a perder sus trabajos o ejercer labores especialmente duras físicamente. Era, en realidad, una condena a la miseria. En la Alemania nazi, el Holocausto no empezó con los campos de exterminio y los fusilamientos masivos de los Einsatzgruppe (escuadrones de la muerte), arrancó con una persecución económica. Nada más llegar al poder, Hitler aprobó una serie de leyes discriminatorias hacia los judíos pero, sobre todo, les impidió trabajar y les robó sus bienes. Además del latrocinio en sí, el objetivo era forzarles a emigrar. En su libro sobre la Shoah, The Hitler Years: Holocaust 1933-1945, el historiador Frank McDonough dedica muchas páginas a esa despiadada persecución económica y relata por ejemplo la historia de una familia que logró llegar a Londres “teniendo que pedir en la calle”.
Negar el carácter económico de la despiadada represión de la posguerra significa no reconocer hasta qué punto el régimen quiso destruir, no solo físicamente sino también moralmente, a todos los que consideraba sus oponentes y cómo el terror fascista se metió en todos los rincones de la sociedad.

