Álvaro Cueva sobre la industria audiovisual: “Nos da vergüenza nuestra cultura”
Ya se ha dicho que la Ciudad de México está de moda. Esta idea, proveniente de una cantidad importante de visitantes anuales (44 millones de pasajeros en 2025), ha convertido a la capital mexicana en un gigantesco plató de grabación, donde las calles chilangas son el escenario de una cultura que se viraliza al instante, se materializa y genera una economía propia que permea en múltiples sectores sociales. Así quedó de manifiesto durante el panel “La cultura pop también mueve la economía” en el foro Economía en Pantalla, organizado por la Comisión de Filmaciones de la Ciudad de México (CFILMA) Y EL PAÍS con el apoyo de Amazon MGM Studios, UNOi, Santillana, New Art, EFD Studios y la Secretaría de Economía.
“La Ciudad de México está convertida en una ciudad muy caliente, muy instagrameable, tiene uno de los mejores servicios de hospitalidad, de los mejores servicios de producción”, apuntó Guillermo Saldaña, director general de la Comisión de Filmaciones de la Ciudad de México. Para dimensionar el fenómeno, Saldaña puso como ejemplo la filmación de un combate entre Godzilla y King Kong en Paseo de la Reforma, o la visita de la banda U2 para grabar un videoclip en el Centro Histórico. Las cifras respaldan este auge: la industria audiovisual significó una inversión directa de aproximadamente 533 millones de dólares en 2025 y generó 110.000 puestos de trabajo. Para el funcionario, facilitar los rodajes es una política pública esencial, ya que “es una industria que genera prosperidad compartida”, donde el 70% de los presupuestos se destinan al pago de familias, servicios y proveedores locales.
Sin embargo, si el mundo mira a México con tanta fascinación, para el crítico de televisión Álvaro Cueva, persiste una vergüenza hacia lo propio que frena el verdadero potencial del país. “A los mexicanos nos da vergüenza nuestra cultura”, lamentó el periodista, cuestionando por qué la cultura popular mexicana no se asume como una herramienta de poder suave o soft power, tal como lo ha hecho Corea del Sur con su industria del entretenimiento. Cueva recordó un síntoma incómodo de esta falta de soberanía narrativa: “El desfile de Día de Muertos no nació de nosotros, porque alguien de afuera vino y entendió lo que somos”, dijo en referencia a la cinta de James Bond, sumando el caso de la película animada Coco como ejemplos de una validación que, según el crítico, llegó del extranjero.
Álvaro Cueva ilustra su crítica sobre cómo otros países utilizan su industria para exportar su cultura cotidiana, mientras que en México se desaprovecha esa oportunidad en la pantalla. Puso el ejemplo de Corea, donde existe un ministerio de la telenovela. “Por cada millón de dólares que tú inviertes, el gobierno te da otro millón con tal de que tus personajes coman comida coreana. En las telenovelas mexicanas hoy, salvo las producciones de Juan Osorio, se la pasan comiendo pizza y espagueti”.
La respuesta a esta autocrítica llegó de la mano de la actriz y productora Eréndira Ibarra, quien aceptó el reto de defender la cultura pop nacional, pero con un matiz. “Si los mexicanos no siempre abrazan sus productos culturales, es porque la identidad ha sido monopolizada por demasiado tiempo por una sola empresa”. Para Ibarra, es momento de mirar hacia la creación independiente y desvincularse de la telenovela tradicional que, acusó, ha funcionado como una herramienta de adoctrinamiento. “México es indispensable para el mundo”, aseguró, recordando cómo en la serie internacional Sense8 lograron capturar la esencia de la capital al documentar una manifestación real por los desaparecidos de Ayotzinapa en Paseo de la Reforma. “Ves la Ciudad de México en todo su esplendor con la ciudad llena también de gritos y también de indignación, pero de un amor por la patria que se destaca”, relató la actriz.

La democratización de las pantallas ha sido la válvula de escape para esta nueva generación de creadores. Marcos Bucay, guionista y director, rememoró sus inicios autogestionados en internet con fenómenos virales como Quiero ir al antro o Colibritany. Bucay confesó que tuvo que grabar sin permisos por las calles al darse cuenta de que no había espacios para el tipo de comedia generacional que quería consumir. Hoy, las plataformas de streaming son las principales aliadas de estos talentos que buscan el impacto masivo. “Estamos en la mejor época para crear y construir”, celebró Bucay, destacando que los creadores por fin han dejado de ser condescendientes con la audiencia y están entregando productos de calidad que logran convertirse en íconos pop.
La conclusión unánime de la mesa es que la cultura pop no es un género menor, sino memoria histórica de un país en constante ebullición. Desde un videoclip autogestionado por jóvenes en la periferia, hasta una superproducción de Hollywood en pleno Paseo de la Reforma, cada obra que retrata a la ciudad abona a una industria viva. El reto ya no es convencer al mundo de que venga a filmar a México, sino apropiarnos de nuestro propio relato y celebrar nuestra identidad sin la necesidad de aprobación externa, que ya tenemos.


