Política

La larga espera para entrar en un centro de migrantes en Ceuta: “Cada día vienen más”

Aldellah Zahar posa para la fotografía con una amplia sonrisa y la señal de la victoria. “¿Por qué no voy a sonreír, si estoy en España?”, razona cuando un joven marroquí le recrimina que muestre esa energía, estando como está, tendido sobre una acera, con la pierna vendada y deseando acceder al mayor recinto de acogida de urgencia para migrantes que hay en Ceuta, situado en la barriada de Loma Colmenar. Zahar, de 21 años y procedente de Marrakech, a unos 600 kilómetros al suroeste de la ciudad autónoma, es uno de los cientos de marroquíes que ha acudido en la última semana a las aceras de esta zona soñando con que el acceso a estos espacios mejore su vida y les lleve a quedarse en España. “Tanto yo, como los que estamos aquí, preferimos morir antes que regresar a Marruecos”, resume, cuando se le plantea la posibilidad de ser expulsado, como asegura que hará el Gobierno. “Me mato antes que volver, es como si me apuñalaran por la espalda”, secunda su amigo Otman, de 18 años, procedente de Agadir, a 800 kilómetros al suroeste.

El lugar al que aspira a entrar, situado a otro lado de una alambrada, es un gran aparcamiento en superficie conocido como “el embolsamiento”. Hasta este verano, esta explanada se utilizaba para que los vehículos que iban a cruzar a Marruecos esperaran a que les llegara el turno y así no generar atasco en la frontera. La instalación ha sido acondicionada por el Gobierno para que los migrantes dejen de vivir en la calle y puedan acceder a comida, agua o medidas de higiene básicas. Sus primeros ocupantes se instalaron allí hace 10 días. Eran migrantes que venían de vivir al raso en playas, como la de El Trampolín, o en este mismo barrio, pero hubo un momento en el que la puerta se cerró. En el recinto hay unas 1.300 personas, pero desde hace una semana no está entrando nadie más, según datos de la asociación de vecinos Loma Colmenar.

Rafael García, presidente vecinal, cree que ha habido un efecto llamada en este tiempo y cifra entre 4.000 y 4.500 las personas migrantes que sobreviven en las calles de su barrio, entre las que incluye menores y mujeres con hijos, además de adultos. “Se pelean por los sitios, por la comida, entre ellos, tiran piedras a la carretera por sus propios conflictos”, describe. García se queja de que todo “va muy lento” y que no han visto cambios en los últimos días. “Cada día vienen más, puedes pasarte por el barrio y los ves (.) Reclamamos que los recojan y que hagan con ellos lo que tengan que hacer. Tenemos más de 200 niños, los niños están en la calle”, denuncia.

En el recinto de Loma Colmenar hay más de una veintena de casetas militares, zonas de sombra y aseos. El sábado se estaban haciendo diferentes obras de acondicionamiento y ampliación, entre ellas, la construcción de una gran carpa.

García estaba entre el grupo de unos 200 ceutíes que salió a la calle a protestar el sábado y que no llegaron a subir a la barriada, a pesar de que se planteó hacerlo. “No queríamos subir hasta allí; algunos del barrio quisieron bajar, pero la policía no les dejó. Era una manifestación pacífica. No queremos violencia”, asegura.

Los vecinos hablan de un “efecto llamada”, pero en torno a una decena de inmigrantes consultados aseguran que los militares les están diciendo que se vayan allí. Lo que comenzó siendo una larga y apiñada cola de personas el 21 de agosto, ha ido creciendo día a día. Ahora se reparte a ambos lados de la acera, aunque es más numerosa en la parte pegada a la alambrada, o por los bajos de bloques de viviendas vecinos. Dependiendo de si da el sol o la sombra, se van acomodando en cartones, sobre mantas o en colchones. Algunos venden cigarros, han montado una peluquería con el corte a cinco euros, y otros simplemente pasan el rato mirando el móvil o jugando a apilar conjuntos de piedras pequeñas.

“Llevamos un mes estresados. No dormimos, no comemos. Siento no poder atenderte a cámara, hija”, se excusa una vecina mientras friega su portal. “Yo les he llamado la atención, diciéndoles que tenemos niños pequeños, porque gritan de madrugada haciendo videollamadas, dicen palabrotas. También les pido que recojan los colchones durante el día. Responden bien cuando les aviso, pero esto es insoportable”, cuenta. No muy lejos de la vivienda de la mujer, otro vecino resopla cuando se le pregunta, haciendo gestos de que se sienten rodeados. “Comenzaron a entrar los primeros y se han venido todos para acá”, describe.

Los tres primeros que podrán acceder, una vez que se abra la puerta, son Issam, de 22 años; Usiel, de 25 años y Yahia, de 23 años. Llevan allí más de una semana, aseguran. Cuentan que los militares les echaron de la playa de El Chorrillo y les han mandado venir aquí. No quieren aparecer en fotografías por miedo a represalias. “No sabemos nada de cuándo nos van a dejar entrar, pero no nos hemos movido. Si te vas, te quitan el sitio”, explica uno de ellos. En este tiempo se han alimentado de la comida que les han llevado algunas mujeres, pero no de ninguna asociación, precisan.

Al otro lado de la puerta del aparcamiento, Zahar sigue contando su caso, junto a su amigo Otman. No es ajeno a las protestas que han sacado a la calle a los ceutíes en los últimos días, hastiados de que miles de migrantes llegados el 30 y 31 de julio, entre 7.000 y 10.000, según las fuentes, lleven un mes vagando por una ciudad autónoma de apenas 19 kilómetros cuadrados, ocupando espacios públicos, como parques infantiles, playas o los propios bajos de sus casas. Intenta ponerse en la piel de los vecinos y comprender ese miedo que sienten. “Ningún ceutí es mala persona”, plantea. “Tienen el derecho de proteger a sus hermanas; no he quedado mal con ninguno de ellos en este tiempo”, añade.

Al igual que una decena de los migrantes que han terminado rodeándole, mantiene que los militares les dijeron que se tenían que ir del lugar en el que estaban durmiendo, en las inmediaciones del Hospital Universitario de Ceuta y permanecer allí. “Ya vine a preguntar cuando lo estaban montando y nos dijeron que nos fuéramos”, afirma. “Nos han dicho que cuando terminen las casetas, nos dejan pasar”.

Zahar subraya que llegó nadando a Ceuta porque quería “ser de Europa”. Comienza a enseñar sus títulos, en fotografías que guarda en su móvil, y también muestra imágenes suyas en los trabajos que va describiendo: agricultor, operario de maquinaria industrial o disc-jockey. Para terminar, se detiene en una imagen muy diferente a la que tenía este sábado. En Ceuta, está sentado en el suelo, viste un bañador y camiseta y tiene el cabello rizado y alborotado. En su móvil se le ve igual de sonriente, pero con el pelo repeinado y ropa elegante. “¿Dirías que este chico está en Europa?”, cuestiona, dando a entender que podría encajar perfectamente.


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