Un misterio torcido: el caso Héctor Cuén en Sinaloa
En un país como México, que mantiene una relación complicada con la realidad, el caso del asesinato de Héctor Cuén destaca y asombra con cada pedazo de información que genera, caudal que ha aumentado en las semanas recientes. Asesinado el 25 de julio de 2024 en Culiacán, Sinaloa, en el noroeste del país, las pesquisas por lo ocurrido ilustran el gran nudo político del presente, que implica al Gobierno federal, a la Fiscalía General de la República (FGR), a la de Sinaloa y al Gobierno estatal, además de los grupos criminales locales, que andan inmersos desde entonces en una de sus tantas guerras cíclicas.
El asesinato de Cuén figura en el origen de la bronca colosal que ha ocupado a México en los últimos 10 días, alrededor de la gobernanza en Sinaloa. Su muerte supuso uno de los primeros golpes contra el ya exgobernador Rubén Rocha, de Morena, partido de la presidenta Claudia Sheinbaum. Su desaparición yace igualmente al inicio de la última guerra fratricida del Cartel de Sinaloa, que ha dejado miles de víctimas en los últimos dos años. El caso pone frente al espejo, además, a los investigadores mexicanos, bien por solapar versiones falsas de lo ocurrido, bien por acelerar las pesquisas cuando han querido, apuntando donde han considerado.
No hay misterio en el caso Cuén, o al menos no hay el tipo de misterio habitual en los casos criminales: quién mató a la víctima, por qué, cómo o dónde. Las filtraciones de la investigación a varios medios en las últimas semanas dibujan de manera bastante precisa las conclusiones de los fiscales. Cuén, rival político del celebérrimo Rocha, acusado en Estados Unidos de colaborar con el crimen organizado, fue asesinado por gatilleros de una de las facciones del Cartel de Sinaloa. Se trata de Los Chapitos, adeptos a los hijos del viejo capo local, Joaquín Chapo Guzmán, que purga una condena a cadena perpetua en aquel país.
El porqué y el dónde quedan igualmente claros, a juzgar por las filtraciones, trozos del expediente que recogen declaraciones de varios testigos, entre ellos las de un hombre, Fausto Corrales, que el día del asesinato estaba con Cuén. El veterano político sinaloense murió en Culiacán, después de sufrir varios disparos de arma de fuego por parte de Los Chapitos, en una finca en el norte de la ciudad. En cuanto al motivo, la información difundida dibuja un error, una consecuencia imprevista de una situación que se salió de control. No en vano, Cuén murió desangrado mientras los gatilleros de Los Chapitos secuestraban, en el mismo sitio, a Ismael El Mayo Zambada, viejo socio del Chapo.
Una parte de lo ocurrido se sospechaba casi desde el principio. Actor relevante en la política local, Cuén acudió aquel 25 de julio a una reunión en la finca en cuestión en Culiacán. Según Corrales, entonces su ayudante, Cuén esperaba encontrarse allí con Rocha, al frente todavía del Gobierno local, con el Mayo Zambada y con uno de los hijos del Chapo Guzmán, Joaquín junior. La reunión debía servir para limar asperezas entre Cuén y Rocha, antiguos aliados, enfrentados por el poder que había acumulado el primero en la Universidad Autónoma estatal. Zambada, parte de la vieja guardia del Cartel de Sinaloa, acudía como figura de autoridad, un mediador entre los políticos.
Pero la reunión entre Cuén y Rocha era solo una excusa, el motivo espurio que había argüido el joven Guzmán para atraer allí a Zambada, su verdadero objetivo. Perseguido desde hacía años por Estados Unidos, Joaquín junior planeaba secuestrar a Zambada, llevárselo al otro lado de la frontera, entregárselo a las autoridades de EE UU y entregarse a sí mismo, con la esperanza de reducir su condena en una futura negociación. Dicho y hecho. Zambada llegó, también Cuén, con Corrales. Una vez allí, los secuaces de Joaquín Guzmán sometieron a Zambada y a sus dos guardaespaldas. Maniatado, Los Chapitos se llevaron a Zambada a un aeródromo. Guzmán y él volaron a Nuevo México esa misma mañana, donde fueron detenidos.
Nunca se ha sabido si Rocha llegó a aquella reunión. Él siempre lo ha negado, aunque logró capear la andanada de críticas y sospechas que le llovieron por el episodio, acabó cayendo tiempo más tarde. En mayo, el gobernador dejó el cargo, con una licencia temporal, después de que el Departamento de Justicia de EE UU publicase una acusación en su contra y en contra de otros nueve funcionarios estatales y locales, por colaborar precisamente con Los Chapitos. Según la acusación, Los Chapitos le habían ayudado a ganar la elección en 2021. Él, a cambio, les habría apoyado en sus negocios de tráfico de drogas al país vecino.
Lo que sí se sabe es que Cuén llegó a la reunión con Corrales, protagonista, este último, de la última tanda de novedades del caso. Según su testimonio, Cuén llegó a la finca en Culiacán y entró. Él le esperó fuera. Era por la mañana. Luego llegó Zambada, que lo saludó, y entró también. Zambada iba con dos guardaespaldas, uno de ellos agente en activo de la Fiscalía local. Los dos están desaparecidos desde entonces. Corrales dice que minutos más tarde oyó disparos en la casa. Se asustó y buscó refugio, pero los gatilleros de los Guzmán lo atraparon. Después de las preguntas de rigor, con quién has venido, etcétera, lo juntaron con Cuén. Para entonces, el político sinaloense estaba herido de bala en una pierna.
Mientras una parte de los atacantes se llevaba a Joaquín junior y a Zambada al aeródromo para volar a EE UU, otra parte daba vueltas con Corrales y Cuén por Culiacán. La idea era supuestamente buscar a un médico. No está claro por qué habían disparado contra él. ¿Se pusieron nerviosos los sicarios? ¿Trató Cuén de proteger a Zambada? ¿Acaso estorbaba ahí en medio del secuestro del viejo capo criminal? No se sabe. El caso es que, entre vuelta y vuelta, Cuén murió. A Los Chapitos no se les ocurrió mejor idea, según Corrales, que armar un montaje: Corrales debía llevarse el cadáver de su jefe en su camioneta, ir a una gasolinera y esperar un falso asalto, origen ficticio de su muerte. Así lo hizo.
La versión de la gasolinera llegó a la opinión pública en aquellos días de finales de julio de 2024. Supuestamente coaccionado por Los Chapitos, Corrales contó la historia del asalto en su declaración a la Fiscalía local, que asumió la tesis: Cuén había muerto de los balazos de los asaltantes mientras repostaban combustible. La extraordinaria historia del secuestro de Zambada —comparable, si acaso, a las extraordinarias fugas pasadas del Chapo Guzmán— opacó el resto de aristas de lo ocurrido aquel día. Lo de Cuén quedó en segundo plano. Pero con el paso de los días, las dudas empezaron a engordar.
El 10 de agosto de 2024, Zambada mandó una carta desde prisión en EE UU y dijo que Cuén había llegado a la reunión en la finca de Culiacán. No supo qué había sido de él, porque lo maniataron y se lo llevaron enseguida, pero su relato descartaba algo que había dicho Corrales en su declaración inicial, que él y Cuén habían ido a otra reunión en otro sitio aquella mañana. Vídeos de la gasolinera donde había ocurrido el supuesto asalto ponían además en entredicho esa versión. El 12 de agosto, la FGR atrajo el caso y dio por buena la versión de Zambada. Cuatro días más tarde, la fiscal de Sinaloa renunció a su puesto. En octubre, la FGR avanzaba en la tesis del montaje y dijo que había identificado a dos trabajadores de la Fiscalía local como responsables de avalar esa versión.

Durante casi dos años, no se supo más del caso. Hasta este 19 de agosto. La semana pasada, la FGR anunció la detención de Fausto Corrales por falsedad de declaraciones y encubrimiento del asesinato de Cuén. En las filtraciones del expediente, publicadas en los días siguientes en medios como Reforma o Latinus, se mencionaba un vídeo, publicado en YouTube entre julio y septiembre de 2024, en que aparecía Corrales contando lo que supuestamente ocurrió de verdad: su llegada con Cuén a la finca, la aparición de Zambada, los disparos. Los investigadores habían incorporado el vídeo al expediente el 11 de septiembre de 2024. Y habían concluido, apoyados en la carta del Mayo y en la declaración de otro integrante de su clan, detenido en 2025, que Corrales había mentido en su declaración inicial. De ahí, la acusación de falsedad y encubrimiento.
El misterio radica precisamente en lo ocurrido en las últimas semanas, piezas de uno o varios rompecabezas, que ocupan la mesa de polémicas nacionales. La FGR conocía desde finales de 2024 la segunda versión de los hechos que había dado Corrales, aunque fuera en un vídeo informal. Pero no decidió pedir su detención hasta ahora. Al día siguiente de su captura, el exgobernador Rocha, que se había separado temporalmente del cargo en mayo por las acusaciones de EE UU, decidió volver. Su vuelta duró apenas día y medio, por las críticas de su partido y de Sheinbaum. Rocha dejó el cargo de nuevo, pocos días después, el 25 de agosto, un juez procesó a Corrales. Pese a que no son delitos graves, el juez le obliga a permanecer preso mientras llega el juicio.
Pese a la disposición de las frases anteriores, no hay motivos para pensar que uno y otro asunto estén relacionados. En la misma semana en que ambas situaciones se dieron, uno de los coacusados de Rocha, que se había entregado antes de verano a la justicia de EE UU, el general Gerardo Mérida, exsecretario de seguridad estatal, dejó de estar en custodia del Buró Federal de Prisiones de EE UU. En México, se dio por hecho que Mérida está negociando con EE UU. Tampoco está claro que esta situación esté relacionada con las anteriores. Pero ha ocurrido a la vez. Dada la extraña relación de México y su política con la realidad, su mera anotación se impone.



