El camino más allá de la UNAM: “No haber sido aceptada afectó toda mi vida académica”
Fuera del examen de control presencial de la UNAM en Ciudad de México abundaban los volantes, botargas y mercancía para promocionar a distintas universidades privadas. Se venden como una alternativa a las instituciones públicas que no dan abasto a la demanda del país. Cada año decenas de miles de jóvenes son descartados de la máxima casa de estudios y ven reducidas sus alternativas para estudiar una carrera. A eso se suma el estigma que acompaña el ser rechazado: “No sé qué carajos va a ser de mi vida si no me quedo en la UNAM”, comparte Alexis Nuño, que espera con el aliento contenido los resultados de la prueba de admisión. Este año han aplicado unos 158.000 jóvenes, de los cuales solo 22.000 obtendrán un lugar.
“Dediqué un año entero de mi vida: horas, días, noches de estudio y muchos sacrificios por un examen de tres horas”. Karely Ramírez, de 19 años, ha dedicado dos años de su vida a prepararse para conseguir un lugar en la licenciatura de médico cirujano. Para muchos aspirantes este momento de su vida define qué estudiarán, dónde lo harán y qué será de su futuro. “Si no me quedo en la UNAM me voy a venir abajo”, escribe en X un aspirante. Algunos aseguran que volverán a intentarlo tantas veces como sea necesario e invertirán en cursos y clases privadas. Otros saben desde antes que no tienen recursos para pagar una universidad privada. Las expectativas familiares aumentan la ansiedad: el resultado puede cambiar el rumbo de su vida a los 18 años.
Para los miles que reciben el “no”, comienza otro proceso: esperar un año y volver a intentarlo, trabajar, cambiar de carrera, buscar otra universidad o abandonar los estudios. En promedio, solo cuatro de cada diez jóvenes logran ingresar a la educación superior. De acuerdo con datos de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), entre 500.000 y 700.000 estudiantes no consiguen entrar cada año a alguna de las principales instituciones universitarias del país, según cifras de 2023 y 2024.
La oferta de universidades no está distribuida en el territorio y muchas no cumplen con las expectativas en el imaginario de los estudiantes. La Zona Metropolitana de Ciudad de México concentra unas 600, seguida de Puebla, que cuenta con 233. En el otro extremo está Baja California Sur, con apenas 23. La UNAM y el Instituto Politécnico Nacional (IPN), las dos instituciones públicas de mayor prestigio del país, no tienen capacidad para absorber toda la demanda.
Para muchos aspirantes, sin embargo, esas opciones no son percibidas como un equivalente. Existe todavía la idea de que las universidades que no tienen el prestigio de la UNAM o el IPN son opciones de segunda categoría llamadas “universidades patito”. El rechazo no solo implica quedarse fuera, sino que alimenta la sensación de haber fracasado. La competencia feroz no es reciente. Miriam Jiménez Torres, de 52 años, la vivió por primera vez hace más de tres décadas y la repitió cinco veces. La primera vez que intentó ingresar a la UNAM fue en 1993, recién salida de una escuela particular incorporada a la universidad. Quería estudiar Diseño Gráfico y se sentía preparada. No fue aceptada. Lo intentó de nuevo en 1994. Esta vez eligió Matemáticas Aplicadas, una carrera que apenas conocía y que le habían recomendado porque tenía menos demanda. Tampoco entró. En 1995 apostó por Psicología y volvió a recibir un rechazo.
En aquella época, recuerda, los aspirantes debían elegir entre presentar el examen de la UNAM o el del IPN. No podían optar simultáneamente por ambas instituciones. La UNAM era su prioridad. Después de esos tres intentos, su madre enfermó y murió. Miriam tuvo que poner sus estudios en pausa. En 1996 volvió a intentarlo, ahora para Mercadotecnia, relacionada con el trabajo que tenía entonces. Nuevamente fue rechazada. En 1997 regresó a Psicología. Cinco intentos y cinco rechazos. Su alternativa fue una universidad privada. Miriam ingresó a la UNITEC y pagó sus estudios con trabajo y ahorros. Pagaba alrededor de 7.500 pesos por cuatrimestre para obtener un descuento, pero el dinero apenas alcanzaba. Su carrera quedó trunca. “Perder cuatro años entre la preparatoria y mi ingreso a la UNITEC cambió mis prioridades y me obligó a trabajar a tiempo completo”, explica. El rechazo, dice, alteró directamente toda su trayectoria académica.
Años después, cuando sus hijos ya habían crecido, volvió a intentarlo y se quedó a dos o tres puntos de conseguir un lugar. “Ahí entendí que ya no era por la carrera, sino un reto personal por no haberlo logrado antes”, cuenta. La experiencia también transformó su percepción sobre las universidades. Recuerda que en los noventa, existía un fuerte estigma hacia las instituciones privadas como la UNITEC: eran lugares para los “hijos de papi” o para quienes habían sido rechazados por la UNAM y el IPN.

La presidenta Claudia Sheinbaum, que estudió en la UNAM desde el bachillerato en el Colegio de Ciencias y Humanidades Sur, conoce bien y ha compartido en varias ocasiones que acompañaba el movimiento de rechazados cuando era joven. Ahora ha impulsado la expansión de alternativas como la Universidad Rosario Castellanos. En 2025, esta universidad reportó una matrícula de unos 77.000 estudiantes en siete entidades del país.
Algunos volverán a presentar el examen. Otros tendrán que trabajar para poder pagar una universidad privada. Algunos cambiarán de carrera para intentar aumentar sus posibilidades. Otros buscarán un lugar en el IPN, la UAM, los tecnológicos, las politécnicas o instituciones como la Rosario Castellanos. Y para otros, el rechazo puede significar el fin de sus estudios. “El rechazo universitario puede desencadenar una cadena de decisiones más allá del examen”, explica Myriam. “No quedarme en la UNAM me causó mucha frustración y enojo”, recuerda.


