Muere a los 83 años el mago Juan Tamariz, genio de la cartomancia y maestro de generaciones de ilusionistas
El maestro de ilusionistas, uno de los magos más famosos y uno de los teóricos de su arte más influyentes, Juan Tamariz, ha fallecido este martes a los 83 años en el hospital Clínico San Carlos de Madrid, según ha confirmado su hija Ana, en una historia compartida en Instagram, que además había heredado la pasión: ella dirige La Gran Escuela de Magia Ana Tamariz. El legado de Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón, su auténtico nombre, que acompañaba sus trucos de cartas con un sentido del humor fascinante, es casi inabarcable: no solo tuvo un éxito impresionante en el público gracias a décadas de apariciones televisivas, es que además todos los cartomagos de las siguientes generaciones se declaran discípulos y admiradores, y cualquier estudioso de su arte ha leído los libros del madrileño, que además publicó decenas de volúmenes sobre la teoría de su pasión.
En una entrevista en EL PAÍS en 2019, Juan Tamariz contaba que aún dedicaba más horas a la magia que a dormir, algo que en su caso ocurría de nueve de la mañana a cinco de la tarde, porque era insomne. Contaba que el primer truco lo hizo a los cuatro o cinco años y que había recorrido el mundo enseñando sus secretos a otros magos y a su hija Ana, directora de su escuela de magia. “Los magos no somos competitivos. Lo bonito es compartir”, aseguraba.
Tamariz estudió Físicas al acabar Bachillerato. “Yo quería hacer cine [su primer corto, El espíritu, fue también el debut de Carmen Maura], pero pedían tres cursos en una facultad para entrar en la escuela de cine. Nunca pensé en terminar la carrera, aunque la física me gusta, es muy mágica: los agujeros negros…”. Su pasión, en cambio, era la magia, desde que, de niño, en un teatro vio a un mago. “No tengo claro cuándo me dio por ahí. Me contaron que con cuatro o cinco años me llevaron a un teatro de Madrid para ver a un mago al que le decías un día concreto de un mes de cualquier año y al instante te adivinaba qué día de la semana era. También recuerdo que con seis años entré con uno de mis hermanos a una confitería para comprar un chicle. Venía con un dado y unas instrucciones. Me puse a hacer el juego a los amigos de la calle del Pintor Rosales de Madrid, donde todas las casas estaban derruidas porque allí estaba el frente en la Guerra Civil. Luego, pedí a los Reyes Magos una caja de magia. Mis amigos y familiares estaban horrorizados porque en cualquier bautizo o comunión aprovechaba para hacerles los ocho juegos que venían en la caja [.]. En la universidad fui muy poco a la facultad y me dediqué mucho a la magia, que ya era mi pasión, pero ellos me apoyaron siempre”. Y así empezó su carrera.
Efectivamente, Tamariz ya había ingresado con 18 años en la Sociedad Española de Ilusionismo (SEI). Lo intentó con 16, tras estudiar varios libros de teoría y realizar distintas actuaciones con público. Pero por edad, había que entrar con 20, ni le dejaron hacer el examen. Dos años después volvió a la carga y superó la prueba asombrando al jurado, que se saltó la norma.
Después de dejar Físicas y los estudios de dirección en la Escuela de Cine, cerrada en 1970 por las autoridades franquistas, conoció a Juan Antón, con quien creó el dúo Los Mancos, ya que cada uno usaba una mano. En 1973, Tamariz ganó con honores el Premio Mundial de Cartomagia en el Congreso Mundial de Magia, celebrado en París. Aquella fue su presentación mundial. Ya entonces entrenaba ocho horas diarias: “La magia es lo segundo que hago al despertarme; primero me rasco un poco y luego cojo la baraja”.






Para Tamariz, “la magia intenta producir el asombro, que es el principio del conocimiento, como decía Sócrates. Si te asombras y te preguntas por qué, empieza la ciencia, la filosofía. Yo me asombro muy fácilmente. Una vez le hice a Camilo José Cela un juego en Galicia y después me mandó un libro con una dedicatoria muy bonita. Decía: ‘He sentido el pasmo’. Es así. A veces la gente se entrega y se queda pasmada, con la boca y los ojos abiertos. Y eso es precioso”.
Y eso lo logró Tamariz durante décadas gracias a la televisión. Aunque le costó. “Durante años fue un desastre. No me contrataba nadie. Vivimos gracias a que mi compañera de entonces trabajaba de enfermera y nos íbamos a ver a sus padres a Galicia y volvíamos con el maletero lleno de carne, fruta… Fue una época muy feliz, menos por el triste 23-F. Vivíamos en El Escorial, al verlo por la tele en un bar, me fui corriendo a casa. Las niñas estaban dormidas, y dije: ‘No aguanto más dictadura’. Por suerte se arregló”. Los telespectadores españoles comenzaron a ver su cara, su sombrero de copa, su dentadura desigual y su melena rizada en el legendario concurso Un, dos, tres… responda otra vez. Era el Don Estrecho de Los Tacañones. Desde ahí, nunca más desapareció de la pequeña pantalla.
Su salto a Argentina conllevó su conocimiento del ilusionismo al otro lado del Atlántico. “Cuando fui popular en España conseguí traer a magos de otros países, a René Lavand —ilusionista bonaerense que hacía los juegos tan solo con la mano izquierda—, capaz de actuar recitando a Borges, o al francés Gaëtan Bloom, que era la reencarnación de Breton y Cocteau. Estoy muy orgulloso”. La estela dejada por Tamariz es enorme, cientos de magos han aprendido con sus libros y charlas, otros muchos le imitan.
Fue el primer mago sin esmoquin y alocado que dedicaba años y años a perfeccionar un efecto. Como aseguraba en EL PAÍS, “me retiraré en 30 años, cuando tenga 106, porque estaré con achaques. Jubilarte de tu pasión es muy difícil; hay un fuego por dentro que te quema. Seguiré hasta que el cuerpo aguante. Últimamente, deben de pensar que me estoy haciendo mayor porque me dan muchos premios”.


