Bernabé Malacalza: “El progresismo tiene que pensar cómo parar a los varones de la guerra”
Los ciclos de la historia son más amplios que los gobiernos, asegura el analista internacional argentino Bernabé Malacalza (Ensenada, 1979), investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), profesor universitario y autor del libro Las cruzadas del Siglo XXI. Con esas palabras relativiza lo que el presidente Javier Milei insiste en llamar la “ola azul”, en referencia a los gobiernos de derecha y ultraderecha que conducen buena parte de los países de América. “Una ola remite a algo imparable, a una hegemonía construida, y la realidad es que son gobiernos frágiles que llegaron en elecciones muy disputadas y con situaciones muy precarias desde el punto de vista económico y social. Si se mira desde la política doméstica, más que una ola azul es una olita”, provoca. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, Malacalza no minimiza el fenómeno, sino que lo agrava, desplazando el protagonismo de los líderes políticos a actores que operan en la sombra y no solo son más poderosos, sino más perdurables que ellos.
—¿Donald Trump? Puesto menor —ironiza, sentado en un café de Palermo, en Buenos Aires, donde ha montado esta tarde su oficina—. Trump representa a una oligarquía que llega al poder, es un magnate y eso es algo de lo que ya tuvimos muchos casos en la región. Lo que está de fondo son los tecnoplutócratas que controlan una parte importante del Pentágono, con CEOs de las grandes tecnológicas en la gestión o como coroneles en el Destacamento 201. Si antes los poderosos influían en los procesos políticos, hoy lo que buscan es la captura del Estado y blindar su poder con regulaciones como las que incluyó Milei en su RIGI [Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones], que les da 30 años de estabilidad a sus inversiones y la posibilidad de litigar en cortes internacionales si algo cambia. Peter Thiel, Sam Altman, Elon Musk son personas formadas, intelectuales orgánicos que piensan el poder del Estado porque buscan monopolios. No son libremercadistas ni liberales en ese sentido.
Pregunta. Aun así, ellos también son piezas dentro de un ecosistema.
Respuesta. Este ciclo histórico está caracterizado por una red transnacional tensa donde no hay un solo líder y se pueden identificar cuatro dimensiones. La primera es la geopolítica. Ahí el emblema es la Casa Blanca y esta idea de “este hemisferio es nuestro”. Una lógica de cruzada medieval, en el sentido de cruzada contra China y teorías conspirativas en torno a las que se habilitan herramientas de guerra de todo tipo. El segundo nodo es el militar-securitario, donde Nayib Bukele puede ser la imagen, en el que con la excusa de atacar el crimen organizado se habilita la suspensión de las garantías constitucionales. El tercero es el cultural, el civilizatorio: la idea de que el Occidente cristiano (pero no el moderno, que es caracterizado como woke, sino el previo a la Ilustración) es superior a todas las civilizaciones y en eso coinciden todas estas derechas, aunque quizás es Jair Bolsonaro (y su mujer, Michelle) la imagen de esa batalla. El cuarto es el tecnológico-financiero, del que hablábamos antes y donde destaca la figura de Milei, generando un corpus de leyes y decretos para conceder acceso a datos y blindar esta maquinaria tecnolibertaria.
P. Así como con la imagen de las cruzadas, en esa red usted también encuentra un paralelismo entre la actualidad y el Medioevo.
R. Sí, porque estos cuatro nodos no están separados, sino imbricados. Por ejemplo, Silicon Valley financia las guerras; Palantir está en el sistema de vigilancia securitario. Es una red densa similar a la que tuvimos en las cruzadas, con una red transfronteriza —porque no había naciones en la Edad Media—, una especie de internacional cristiana que nucleaba al papado, a los templarios y todas las élites militares, religiosas, políticas, tecnológicas y financieras o económicas de esa época.
P. ¿Cree que este entramado se mantendría igual de sólido en un escenario en el que se revierte la “ola” y vuelven al poder gobiernos progresistas en la región?
R. Creo que el progresismo tiene que entender que el poder cambió y plantearse seriamente estrategias para abordar a los tecnomagnates, pero también a los fondos que los financian y que, a su vez, controlan las calificadoras de riesgo que puntúan a los países y determinan sus posibilidades de endeudarse o desendeudarse. Actores que, como decíamos, también limitan la capacidad de maniobra de los gobiernos por las regulaciones que les permiten litigar en tribunales internacionales. En este momento, todo ese tipo de entrega de soberanía hay que evitarlo en el Congreso, de la forma que sea. Y si el progresismo llegara al poder tiene que pensar una estrategia sobre cómo pararlos.
P. ¿Cómo se puede pararlos?
R. Globalmente. Se necesitan regulaciones a la inteligencia artificial, ambientales, regulaciones a las calificadoras de riesgo y a los fondos de inversión. Y para regularlos necesitás una alianza global.
P.Y gobiernos ideológicamente afines, pero en el sentido opuesto al actual.
R. Necesitás un escenario distinto, pero hay ejemplos como el de las tabacaleras, que tenían un gran poder y en 2003 la Organización Mundial de la Salud estableció, con acuerdo de países, una serie de regulaciones para la protección de la salud y las obligó a advertir sobre los riesgos, a admitir que en los cigarrillos había un peligro. Hubo una pedagogía, hubo campañas y hubo regulaciones internacionales que hicieron que pierdan peso. Del mismo modo, el cambio climático hoy es un tema importante porque existió la Cumbre de Río del 92 y organizaciones sociales presionaron la agenda para ponerlo en el tapete. Se necesitan la sociedad civil transnacional, la opinión pública.
P. Su postura corre el riesgo de ser acusada de antiinteligencia artificial, antidesarrollo.
R. No lo soy para nada, yo uso la inteligencia artificial, pero soy consciente de que hay un peligro. Yo lo pongo en estos términos: los que están sosteniendo este ecosistema son todos varones y les encanta la guerra. Si no los paramos, no paran las guerras, no para la destrucción del planeta. La política tiene que establecer una política humanística, poner a las personas en el centro y establecer dónde, por ejemplo, hay que automatizar y dónde no. Eso es una discusión política.
Una región balcanizada
P. Volviendo a la supuesta ola azul, no se ve que los gobiernos de Latinoamérica, más allá de la afinidad ideológica que puedan tener, estén interactuando mucho entre ellos. La sensación es de un vínculo radial con Estados Unidos.
R. O con China, sí. Se perdió el ethos comunitario, si es que alguna vez lo hubo seriamente, y también los posicionamientos comunes. Por otra parte, la interdependencia económica es menor. Lo que Brasil le vende a la región, por ejemplo, hoy pesa menos que Asia.
P. Pero para Argentina Brasil todavía es una relación central y aun así insulta a Lula y desencadena una crisis diplomática.
R. Milei insulta a Lula porque cree que así es coherente con su política exterior de alineamiento con Trump, cree que este tipo de mensajes contribuyen a captar atención y movilizar emociones en los electorados. No está pensando en la relación con Brasil porque no cree que esa relación bilateral sirva para algo. Tiene interés en que gane Bolsonaro, aunque si gana el liderazgo regional que cree Milei que tiene en la “ola azul” se le esfumaría, porque Brasil será geopolíticamente más importante para Estados Unidos. Es una asimetría que el propio Lula le hace saber cuando le contesta a sus insultos diciendo “¿Ese tipo quién es?”. El punto es que Milei puede intervenir en procesos electorales o insultar a opositores en los países que visita y el costo es bajo porque ningún gobierno de la región está trabajando por la integración regional o por fortalecer cadenas regionales, sean productivas o del tipo que sean.
P. Como nadie piensa en eso, vale todo.
R. Sin embargo, hay un efecto manifiesto muy perjudicial para todos: la balcanización de la región, la fractura, las enemistades fogoneadas por Estados Unidos generan la sensación de una región fragmentada. Y eso es precisamente lo que quiere y lo que le permite a Trump intervenir en la región sin siquiera el cuidado de las formas que tuvo en otros momentos. Es lo que permite la instalación de neoprotectorados, la captura de un mandatario o que haya una guerra a cielo abierto de la que nadie habla, con 221 asesinatos en los ataques a las supuestas narcolanchas en el Caribe y el Pacífico.



