Sobrevivir a un terremoto desde la incubadora
Como en el Titanic, mientras el barco se hundía, un violinista comenzó a tocar en los pasillos de un hospital improvisado para calmar a los supervivientes. En esa clínica de Pereira (Colombia) nadie se hundía, pero 200 personas acababan de escapar de un brutal terremoto que amenazó con derrumbar las habitaciones sobre sus cabezas. Entre ellos, 13 bebés recién nacidos aún en las incubadoras. Y entre ellos, Isaac que, con apenas unas horas de vida y dependiente de una bombona de oxígeno, sobrevivió a su primera catástrofe en brazos de su padre.
El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente de Colombia el pasado lunes tuvo su epicentro en San José del Palmar, Chocó, a más de 100 kilómetros de profundidad. Pero fueron Cali, la tercera ciudad del país, y Pereira, donde murieron 93 de los 285 fallecidos, las más devastadas. Solo en ese municipio del Eje Cafetero hay todavía 270 desaparecidos, según la alcaldía.
Tras el violín, el director de la orquesta sinfónica de Pereira mandó a alguien con una guitarra.
El terremoto amenazó con partir la Clínica Comfamiliar en varios pedazos. La zona administrativa quedó inservible y se reconvirtió en carpas en el estacionamiento. Pero el hospital cuidaba de 200 pacientes y hubo que improvisar. En una operación de supervivencia exprés, todos se movilizaron y abandonaron sus habitaciones cargando monitores y bombonas de oxígeno.
El temblor sorprendió a Emiliana recuperándose de la cesárea tras haber dado a luz a Isaac, un bebé que se adelantó más de dos semanas y que acabó naciendo la madrugada tan solo unas horas antes de que la camilla de su madre comenzase a sacudirse.
“El niño llegó frío, casi no lloró y le pusieron oxígeno apenas nació”, cuenta su padre, Andrés Felipe León, en la puerta de la sala donde está el bebé. Metido en una incubadora y dependiente de un respirador, el pequeño Isaac dormía mientras varias de las paredes de la unidad de neonatos se derrumbaban.
El padre, de 26 años, mantuvo la calma. “Fui rescatista militar y estaba tranquilo”, cuenta. Primero agarró a la madre, aún muy dolorida por la cesárea, y la puso a salvo, después, corrió a por el niño, en otra planta. Fue el personal de la unidad, junto con él —el resto de padres todavía no había podido entrar a esa hora de la mañana— quien sacó a otros 12 bebés en brazos, desconectándolos uno por uno de las incubadoras. “Fue una escena de película”, dice Marisol Tavera, jefa de la unidad.
Los sacaron primero al parqueadero. Y ahí, sobre una camilla, hicieron el censo de todos los bebés antes de moverlos a un lugar seguro. Dos pequeños no resistieron y fallecieron, no tanto por el impacto del terremoto, sino porque su estado al nacer era muy delicado. “Gracias a Dios que Isaac aguantó el aire y la respiración”, dice el padre.
El hospital revivió rápidamente en el colegio contiguo, una escuela dedicada a la música. Las aulas se han convertido en UCI que conviven con pianos, y la sala de ensayo es la unidad de neonatos. “Estamos reaccionando, estabilizando la crisis y trazando la ruta de lo que sigue”, dice Lucas Arbeláez, director de la Caja de Compensación Comfamiliar Risaralda, propietaria del centro médico y la escuela. Arbeláez habla de demoler uno de los edificios, que quedó destrozado, y levantar un nuevo hospital.
Isaac ya no lleva oxígeno. Se lo quitaron 20 minutos el mismo lunes del terremoto y resistió. Su madre volvió a casa a descansar —si no dormía, no le bajaba la leche— mientras los espera. Al padre y al hijo, porque su esposo no se mueve de la puerta de la sala de ensayo donde Isaac duerme entre suspiritos y con los puños apretados.


