Nadie vio venir esto: Charli XCX al rescate del rock
En diciembre de 2024, en pleno furor por Brat, el multipremiado sexto disco de Charli XCX, la estrella británica realizó unas declaraciones extrañas. Por el nivel de detalle y por el sujeto reivindicado. Ocurrió en la gala de los premios Hitmaker of the Year, de la publicación Variety, donde recibió el galardón a Artista Revelación del Año. Después de asumir que había bebido mucho champán durante la ceremonia y de dar las gracias a productores y colaboradores, soltó: “El primer disco de The Velvet Underground es la cúspide del arte”, y dedicó un minuto a argumentarlo, con sentencias como: “Es una mezcla de lo sublime y lo vulgar, de poesía y drogas, de sinceridad y arrogancia”. Se refería a The Velvet Underground & Nico (1967) y pareció un elogio fuera de contexto porque el álbum por el que se la premiaba, Brat, incita a una noche de club con luces de neón muy alejada del turbio ambiente psicodélico que transpira el debut de la Velvet con la famosa portada del plátano diseñada por Andy Warhol. Ahora sabemos, un año y medio después, que durante aquel discurso, y a pesar de los aromas etílicos provocados por el cava (o quizá debido a ellos), Charli XCX estaba poniendo las bases de su siguiente movimiento: un disco de rock.
No por casualidad en la portada de Music, Fashion, Film, el nuevo álbum de Charlotte Emma Aitchison (nombre real de Charli, artista nacida en Cambridge, Inglaterra, hace 34 años) aparece John Cale, el músico que montó a mediados de los sesenta junto a Lou Reed The Velvet Underground. Los dos ya colaboraron en la banda sonora de la película Cumbres borrascosas (Emerald Fennell, 2026). Cale no está solo: le acompañan el cineasta Martin Scorsese y el diseñador de moda Marc Jacobs. Tres hombres retratados juntos para la portada del trabajo de una mujer, que ha querido representar con la terna las tres palabras del título: Música, moda y cine. O lo que es lo mismo: las expresiones artísticas que más le apasionan.
Hasta aquí los antecedentes y el envoltorio; ahora convendría dilucidar si realmente el álbum número siete de Charli se puede calificar como rock, y qué motiva a la artista a flirtear con un género con tan poca presencia en las listas de las canciones más escuchadas en las plataformas digitales, el termómetro (no queda otra) para saber hoy lo que escucha la masa. La ruptura con Brat, aquel fenómeno cultural que tiñó de verde lima hasta a la pasada campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos (Kamala Harris utilizó el chillón color), es evidente: de la rave popera a las guitarras.
En la crítica a Music, Fashion, Film del musiquero medio Pitchfork, que lo valora al alza con un 8,2 sobre 10, se referencian como influencias a Garbage, los Blur efectistas de Song 2 y hasta, en un exagerado ejercicio de optimismo, a los Pixies. También cita el medio a The Strokes. Precisamente Charli XCX subió al escenario de un concierto de The Strokes el pasado 8 de agosto en San Francisco para interpretar Take It or Leave It, la canción que cierra el influyente debut de los neoyorquinos, allá por 2001 (Charli tenía nueve años), acaso el último álbum revolucionario de rock. “Tenemos una invitada que es una superestrella”, anunció Julian Casablancas, quizá asumiendo que él ya perdió el estatus que ahora define a la inglesa. El vocalista de The Strokes llegó a arrodillarse para subrayar algo que estaba cantado: que el álbum de Charli vendería más en las primeras horas que el de su grupo, de título Reality Awaits, que se publicó el mismo día (24 de julio). “Tuvimos una gran batalla, y nos derrotaste”, señaló Casablancas.
Music, Fashion, Film, que dura solo 30 minutos, se abre con Rock Music, para que queden claras las intenciones. La letra dice: “Creo que la pista de baile está muerta, así que ahora estamos haciendo música rock”. Nada más lanzarse, Madonna no se pudo frenar y publicó en sus redes: “Si tu pista de baile parece muerta quizá estés poniendo la música equivocada”. Algunos vieron en este dardo digital un choque generacional: la veterana, cuyo reciente disco, Confessions II, se entrega al dance, defendiendo su territorio ante la descarada pujanza de la joven estrella.
Las letras del álbum no destacan por su profundidad. “Sí, tal vez saltes del escenario. / Espero que te atrapen hoy, pero si no lo hacen, no pasa nada”, continúa Rock Music en una dinámica chistosa que por momentos parece una especie de Spinal Tap de la era TikTok. En el vídeo que acompaña a la canción Charli se fuma un castillo de cigarros y lanza un televisor por la ventana, en lo que algunos interpretan como una parodia de los clichés del rock clásico. En otras letras se pone seria al tratar los altibajos de la creación artística, pero a la siguiente regresa la estrella fiestera: “Tal vez me acosté con tu padre. / Es broma, solo lo digo para causar impacto”, canta en Wink Wink. El sonido de guitarra, el instrumento principal del rock, que han pergeñado AG Cook y Finn Keane, productores de confianza de la estrella inglesa, se inspiran en riffs de bandas importantes del rock como Nirvana, pero desfigurados por la digitalización e utilizando el efecto bucle.
Las críticas arrojan un balance positivo, pero las excepciones son ruidosas. El especialista de Far Out Magazine dispara con bazooka: “En lugar de impulsar el pop hacia adelante, el álbum rebusca en el baúl de disfraces de ayer. Si bien hay momentos pegadizos y algún que otro emocionante, como en todas las fiestas de disfraces de un lunes por la mañana, carece de la convicción necesaria y todo se vuelve groseramente tedioso”. Tampoco se muestra entusiasmado el crítico de The Atlantic, que titula, irónicamente, “¿Es ella la nueva Britney Spears o el nuevo Lou Reed?” y finaliza: “Para una figura contemporánea como Charli, las preocupaciones del presente sí merecen ser tenidas en cuenta. Y la gran preocupación actual es el exceso de mediocridad”.

Una vía más comedida podría decir que los que busquen un álbum de rock a lo Foo Fighters o Jack White no la van a encontrar, pero la intención de condimentar al género con herramientas actuales funciona. En el sustrato de este movimiento se encuentra un afán por romper con lo anterior y dar un giro radical a su carrera (igual guion al de Rosalía) y en la perenne aspiración de las estrellas masivas del pop por transmitir autenticidad, ese insondable que siempre se asocia al rock.
La propia protagonista comentó en una entrevista con Rolling Stone: “Obviamente, sé que se ha hablado mucho de que estoy haciendo un álbum de rock, algo que nunca he dicho”. Y lo interesante lo dijo a continuación: “Pero, sinceramente, nunca he pensado en el género de forma binaria. Me parece una idea muy anticuada. Ni siquiera sé qué género es”. Esta es la Charli reconocible, una de las mayores estrellas musicales de la era internet que utiliza conceptos contemporáneos para expresar el clásico “no quiero que me encasillen”.




