La solidaridad que conmovió a Colombia tras el terremoto: “Nos quedó agradecimiento con la vida”
Colombia regresó esta semana al dicho que dice que en los momentos difíciles cada persona descubre realmente con quién cuenta. Hace solo dos meses, los colombianos estaban en medio de una polarizante campaña política por la presidencia, y pensaron que estaban más divididos que nunca. Las familias pelearon a la hora de la comida, los amigos dejaron de hablar por WhatsApp. Pero llegó una crisis lo suficientemente fuerte para cambiar las emociones con el vecino: un terremoto de magnitud 7,4 que removió al occidente del país, destruyó cientos de miles de casas, y dejó a casi 300 personas muertas. En medio del dolor y el miedo, los colombianos descubrieron que aún se tienen a sí mismos. Los miles de rescatistas en Pereira, por ejemplo, la ciudad con más personas fallecidas, aprendieron el valor del silencio: solo así es posible escuchar a quien está vivo y necesita ayuda entre los escombros. “Yo no voy a dejar solo a mi país”, dice conmovido a los medios un adolescente pereirano que se sumó a remover los restos que dejó la tragedia.
Sin pedir un peso a cambio, los psicólogos quieren dar terapia a quienes tienen miedo, los ingenieros civiles quieren revisar grietas de quienes no saben si pueden regresar a casa, las cocineras quieren hacer una sopa para quienes tienen hambre porque “donde comen uno, comen dos”. Un grupo de ciudadanos montó una página web donde los locales pueden ver en tiempo real dónde se necesitan guantes, linternas o medicinas. En Manizales, otra de las ciudades capitales duramente golpeadas, otra página web muestra dónde hay mascotas asustadas que se perdieron en medio del movimiento.
Mayerly Arrigui, en Cali, no ha parado de sacar escombros desde que empezó la emergencia. Vende velas en los buses, fue habitante de calle durante 10 años, y hoy trabaja con las manos peladas mientras su hija de dos años duerme en un coche, en la esquina, a la vista de todos. “Lo hago por vocación”, dice, sin soltar el balde. Como ella está Elizabeth Serna, una lideresa social del Distrito de Aguablanca, quien no ha dormido más que siestas cortas. No tiene a nadie bajo los escombros, pero eso no le impidió lanzarse a las calles junto a su hija Melissa Rodríguez, de 17 años, convertidas en dos manos más de las miles que hoy sostienen a la ciudad. Han reunido fondos de los vecinos para abastecer de gasolina la maquinaria pesada que abre paso entre los escombros. Cuando el dinero no alcanzó, se plantaron en una bomba de gasolina a pedirles a los conductores unos pesos más.
En Quibdó, otra de las ciudades capitales golpeadas por el sismo, está Alberto Morales, quien asumió una de las peores tareas en medio de la tragedia, pero también una de las más importantes: ser quien le dice a los damnificados si sus casas son inhabitables. Se ha ido a los barrios más pobres de la ciudad a asesorar voluntariamente a la gente que tiene sus casas llenas de grietas y muros colapsados, y no sabe si pueden seguir durmiendo en ella. Ha visto sueños de una vida entera destruirse en segundos.
“Lo que más me ha marcado es eso, tener que decirle a la gente que sus casas son irrecuperables”, cuenta. “La mayoría son personas que viven del diario y que habían logrado tener una casa después de decenas de años de trabajo”. Morales señala que la mayor destrucción la ha visto, precisamente, en los barrios más empobrecidos de una ciudad ya pobre. “En esas zonas siempre priorizan la economía para poder construirse un hogar”. El ingeniero cuenta que para reconstruir una casa de una planta, y hacerlo de una manera segura, se necesitan al menos unos 25 millones de pesos (unos 8.000 dólares). Un valor impagable para una familia quibdoseña promedio que vive del salario mínimo, que no supera los 600 dólares. Pero con metro en mano, quiere poder ayudarle con información a quien busca conocer el futuro de su casa.
Ante el dolor que queda tras perder la casa, también hay solidaridad. “Han pasado grupos orando y nos hemos unido a ellos. El corazón de los caleños me ha reconfortado”, dice Dayana Castaño, una mujer de 35 años en Cali, cuyo edificio tiene grietas y ella teme volver a dormir en su apartamento. Duerme entonces en unas casetas improvisadas donde también están unos jóvenes voluntarios: Alejandro Villegas, Valentina Valencia y David Correa.

“Aquí damos atención psicológica gratuita”, cuenta Villegas, quien también avanza estudios en medicina. “Ha venido gente que perdió familiares, y también quienes no tienen dónde dormir. A veces vienen personas muy ansiosas, sobre todo rescatistas voluntarios”, dice. También han enviado enseres a Buenaventura, Dagua o Roldanillo, otros municipios afectados. “Aquí todo es voluntad”, dice. “La gente viene y deja agua, o alcohol antiséptico, o plata”, remata.
En la carpa contigua, Alexa Mena y Neiber Moreno, pareja del municipio Unión Panamericana, en el Chocó, reparten sudado de pollo con papa y arroz y sirven aguapanela helada, sin cobrarle un peso a nadie. “Allá [en el Chocó] la familia está bien, gracias a Dios. Nos quedó agradecimiento con la vida. Dios nos cuidó, y queremos retornar lo que nos da”, cuenta Mena. La gente se abalanza por su plato de icopor.
Los empresarios del país también se volcaron a las donaciones, y en una reunión en Cartagena que organizó la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia, ya recaudaron en dos días 72.000 millones de pesos para ayudas (unos 23 millones de dólares). Dinero que va llegando poco a poco a quienes más los necesitan. Mientras tanto está Patricia Varela, una mujer en Cali que ha abierto su casa para la gente que busca día y noche a los sobrevivientes. Cocina para cien, doscientos. Y cierra su vivienda pasada la una de la mañana. “Lo mínimo que podemos hacer es abrir la casa para la gente. La solidaridad se nos ha vuelto un sello”.




