Política

Hablan los niños migrantes en Ceuta de los que todos hablan

Cuentan sus sueños en un campo de fútbol sala al aire libre, vallado y convertido en un campamento improvisado por los vecinos de la barriada de La Reina, en Ceuta. Aquí duermen cada noche 350 mujeres y niños que llegaron a nado desde Marruecos hace 11 días. Sobre el suelo, con un poco de suerte, sobre una alfombra, esperan. Esperan porque, detrás de esas cuatro vallas y de los dos hombres que custodian la puerta y hacen guardia durante la noche, el mundo parece un lugar más seguro. Entre ellos hay niños que todavía sueñan con ser futbolistas, estudiar tecnología o enfermería. Niños que han cruzado el mar y que, sin saberlo, se han convertido en el objeto de discursos que hablan de ellos antes de escucharles.

EL PAÍS les ha pedido que escriban cartas para que los políticos conozcan sus aspiraciones, sobre todo los que aseguran que no les quieren aquí. No hablan de fronteras ni de leyes. Hablan de sus sueños, porque a veces detrás de la palabra “migrante” hay un niño que todavía no ha dejado de imaginar quién quiere ser.

Hola:

Me llamo Ismaíl. Quiero quedarme en España para cumplir mi sueño de convertirme en un gran futbolista. Si me dejan quedarme en su país, me ayudarían muchísimo. Con un poco de suerte y mucho esfuerzo, algún día podría llegar a ser un jugador con talento y representar a España con su selección.

Ismaíl tiene 12 años y está completamente solo en un país desconocido del que no habla la lengua. Aun así, sonríe mucho, al hacerlo, muestra orgulloso los huecos que todavía tiene entre los dientes. Llegó a Ceuta a nado junto a su hermano mayor, de 20 años. Desde entonces, no ha vuelto a verle. Duerme sobre el suelo. Para ducharse, sale al descampado junto al campamento y se echa agua por encima, con la ropa puesta, usando un cubo rosa de playa. Después, el cubo pasa de unas manos a otras entre las mujeres y los niños que viven allí.

El pequeño no sabe nada de la polémica que ha provocado la llegada a Ceuta de cientos de menores extranjeros no acompañados. No sabe que la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, ha convocado una reunión este jueves para abordar la excepcional crisis de la ciudad autónoma. Tampoco sabe que Vox se opone a su acogida. No conoce los discursos, las fronteras, ni las palabras con las que otros han decidido hablar de su futuro. Pero no le sorprende a pesar de su corta edad porque dice que sabe “muy bien que los políticos en España no quieren que los marroquíes entren en su país”.

A su lado está Maryam, de 15 años. Lleva el pelo oscuro recogido en una trenza y todavía viste la misma ropa con la que llegó a España. Con un bolígrafo, escribe en árabe sobre una libreta:

Quería venir a España para trabajar y ayudar a mi familia. Sueño con terminar el bachillerato y ser enfermera para poder ayudar a otras personas. Por favor, regularicen mi situación para que podamos construir juntos un país mejor. Demostraremos que somos dignos de vuestra confianza. Solo queremos tener un futuro mejor.

Llevaba tres años pensando en venir. El pasado 30 de julio, a las cuatro de la mañana, decidió intentarlo. Salió de Tetuán junto a un primo y dos amigos. Tenía miedo porque no puede nadar bien y sabía que dejar atrás a su madre no sería fácil. Cuando consiguió llegar a España, lo primero que hizo fue conectarse a Instagram para hablar con ella. No le había avisado de que se marchaba y quería disculparse. “Estaba muy preocupada, pero cuando le dije que estaba bien me deseó todo el éxito del mundo porque comprende que siempre había sido mi sueño venir aquí”, cuenta Maryam, que sonríe con vergüenza cuando le preguntan por qué no avisó a su madre de sus planes.

Samia, de 20 años, era profesora en Marruecos. Ahora, después de llegar a Ceuta a nado, hace de traductora para Maryam. Le explica que hay partidos de extrema derecha que se oponen a que los menores migrantes lleguen a otras comunidades autónomas. Maryam abre los ojos, sorprendida. “¿Pero por qué no nos quieren dar papeles?”. La pregunta sale limpia, sin entender de partidos ni de discursos. Samia se ríe.

Las horas se hacen interminables bajo el calor abrasador. El suelo quema cuando uno intenta sentarse. En el descampado, justo fuera del recinto, dos operarios tratan de instalar un baño portátil. Será el segundo para las más de 350 personas que se refugian aquí. El Ayuntamiento acaba de traerlo después de las reiteradas peticiones de ayuda del presidente de la barriada, Abdellah Mustafa, impulsor también de la idea de convertir la pista de fútbol en un lugar de protección para los migrantes.

Al lado de los baños, una mujer lava la ropa junto al carrito mientras su bebé gatea por el suelo. Cuando el sol de media tarde se vuelve insoportable, el pequeño rompe a llorar. Otras niñas se sientan exhaustas en el bordillo y sacuden su ropa. Pese a todo, ellos son los afortunados, al menos tienen un lugar donde pasar la noche. Más mujeres siguen llegando para preguntar si queda sitio, pero el recinto está lleno. Ya no cabe nadie más. Quienes lo custodian no pueden acogerlas y tendrán que pasar otra noche al raso. Save the Children calcula que más de mil menores duermen en la calle en Ceuta fuera del sistema de protección.

Mohamed y su madre observan la escena mientras juegan a las palmas para matar el tiempo. El niño tiene ocho años, unos ojos grandes y muy marrones. Cuando alguien le hace una pregunta, se queda unos segundos en silencio, pensando la respuesta, con la boca entreabierta y las mejillas sonrojadas. Hasta encontrar este refugio, Mohamed y su madre dormían en la calle, frente a una casa. Él cuenta que sentía terror cada vez que veía a los soldados desplegados en Ceuta.

Como Ismaíl y Maryam, Mohamed también escribe en un papel su sueño:

Quiero ser policía y trabajar para el bien de mi mamá. Quiero conseguir los documentos que necesito porque merezco una oportunidad para demostrar mi valía.

Mientras tanto, espera. No sabe explicar por qué, pero está convencido de que este limbo durará dos semanas más. Hasta entonces, repetirá la misma rutina: desayunar, buscar a algún niño con quien jugar, comer y esperar a que pase otro día. “Y así sucesivamente”, dice.


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