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“Esto mata todo”: las penurias se multiplican en las comunidades afectadas por el incendio del pozo Krem-1, en Veracruz


“Mira a tu alrededor. ¿Qué más quiere que diga? Los animales, toditos, mueren. La siembra de maíz se acabó, no nos queda nada. Dicen que el aire no está contaminado, pero esto es la peste”. María Alegría Palma (63 años) interrumpe su relato, le hace una seña a su hija y ella acerca un par de sillas plásticas al patio de tierra donde merodean dos gallinas y un gatito con el lomo descascarado.

En esta zona rural, de sierras, a unos 80 kilómetros de la cabecera municipal de Las Choapas —el municipio más grande de Veracruz—, el 5 de marzo explotó el pozo de gas Krem-1. Estuvo casi cinco meses escupiendo lenguas de fuego de más de 40 metros y diferentes gases tóxicos, entre ellos metano, algo que Pemex aún no reconoce pese a la evidencia científica. La exposición al metano —famoso por ser un potente acelerador del calentamiento global— también está asociada a diferentes enfermedades.

“Mis nietos todas las noches tienen tos. Le dimos de todo, pero no se le quita”, dice María en su casa de madera en el ejido Ignacio López Rayón, a menos de cinco kilómetros del pozo que, recién el 2 de agosto, pudo ser controlado y sellado. “A mí nunca me agarraba gripa, pero desde marzo estoy con gripa. Y a todos nos pegó temperatura, náuseas. Hasta a los gatitos se les cayó todo el pelo”.

EL PAÍS recorrió algunos de los ejidos afectados —La Guadalupe, Las Cruces, Constitución Mexicana e Ignacio López Rayón—, entrevistando a decenas de familias. La vida les cambió muy rápido. Mujeres, hombres, niños y ancianos manifestaron problemas respiratorios, dolor de cabeza y garganta, náuseas, vómitos, afecciones en la piel. En los terrenos cercanos al pozo se encuentran filas de vacas muertas y cadáveres de otros animales tendidos entre árboles secos. Habitantes de diferentes ejidos denuncian contaminación de arroyos, “con una capa de aceite”, y han encontrado peces flotando. Por varios kilómetros a la redonda son visibles las cosechas arruinadas. El pasto se ve amarillo, seco, como quemado.

“Estamos en época de canícula, tiempo de plaga de la siembra, pero ahora ni eso sale. Esto mata todo. ¿A dónde vio mariposas, a dónde vio pájaros por acá?”, pregunta con énfasis Marco Palma Torres, de 38 años. Vive a unos cuatro kilómetros en línea recta del pozo y se queja porque sus animales “se mueren y están enfermos, como nosotros”.

El Krem-1 es un pozo de gas que aún estaba en etapa de exploración. “Los datos satelitales sugieren que el reventón quemó aproximadamente 250 millones de metros cúbicos de gas natural, suficiente para llenar dos buques metaneros (LNG)”, informa Aaron Clark, investigador en Data Desk, una organización especializada en medición de emisiones. “Los reventones de pozos como el de Pemex en Veracruz —apunta Clark— muestran cómo el desarrollo de combustibles fósiles puede amenazar la salud pública y el clima global incluso antes de que se venda o queme un solo barril”.

Hace un par de semanas, a partir de diferentes publicaciones de la Alianza Mexicana contra el Fracking, otras organizaciones de la sociedad civil y medios de comunicación que levantaron el tema, el pozo Krem-1 comenzó a ocupar un lugar en la agenda pública. Tras varios anuncios e intentos fallidos, finalmente se logró controlar el flujo de gas y colocar una nueva válvula. Sin embargo, la crisis socioambiental y sanitaria que provocó el Krem-1 aún no es asumida por Pemex ni por los gobiernos federal y estatal. Desde el municipio de Las Choapas, en cambio, calculan en al menos 27.000 las personas afectadas directamente.

Juan Diego Ortiz Ayala, director de gobernación municipal de Las Choapas, celebra la buena noticia del pozo sellado y, aunque destaca que Pemex comenzó a “mitigar en algo la angustia de la población, con mejora de caminos, equipamiento de escuelas y clínicas”, cree que la mayor preocupación no se toma en cuenta: “Las emanaciones han afectado mucho la salud de las comunidades, sobre todo a los niños y los más ancianos. Hay mucha gente con problemas respiratorios”.

El día que todo empezó a cambiar

“La casa vibraba”, recuerda Adán Castellanos, habitante del ejido La Guadalupe, a menos de cuatro kilómetros del pozo. Ese jueves 5 de marzo por la tarde, a causa de la presión subterránea del gas, el Krem-1 salió de control. En varios pueblos a la redonda sintieron una explosión, que se repitió al día siguiente, cuando las llamas se volvieron incontrolables. “Después de la segunda explosión, empezó a caer metal quemado, como si fuera una lluvia. A la gente le dio miedo cuando vio a todos los de Pemex huyendo”, recuerda Adán, quien luego estuvo trabajando durante un mes y medio cerca del pozo. “Quedé botado 15 días. Me dolían los oídos, los huesos. Sentía que me moría. Mi esposa también estuvo mal, como un mes con vómitos. Acá hubo familias completas así, con diarrea y tos, que decidieron ir a vivir a otra parte. Pero Pemex dice que exageramos”.

Varias personas consultadas por EL PAÍS aseguran que el día de la explosión “murió gente, pero lo ocultan”. Una joven de un ejido cercano pide anonimato. “Mi hermano estaba en el pozo. No le dio tiempo a sacar su moto ni su mochila. Hubo gente que no apareció”. También bajo reserva de no revelar sus nombres —porque según cuentan se les obligó a entregar sus teléfonos celulares y se les prohibió subir videos a redes sociales o hablar de lo ocurrido—, diferentes trabajadores dieron detalles de ese día. “La lumbre se tragó la torre, la broca perforadora, las camionetas, generadores, la oficina”, reveló un empleado de Pemex. Por el camino de tierra que atraviesa varios ejidos y llega hasta el pozo, hasta hace unos días se veían pasar tráilers con restos completamente quemados de camionetas, contenedores e infraestructura. Hay quienes aseguran que “es imposible que no haya muerto nadie”; otros, en cambio, lo niegan o dicen no tener información. Este cronista intentó por diferentes vías tener una declaración oficial de Pemex al respecto. No hubo respuesta.

Lo que se vivió a partir del 5 de marzo —y hasta el 2 de agosto, cuando el pozo fue sellado— fue similar en muchos ejidos. En las noches, el cielo se veía naranja por las llamas. Mucha gente no podía dormir por el ruido, las vibraciones y olores que provocaban dolor de cabeza, de garganta, náuseas. A medida que pasaban los días, todo empeoraba. “Caía como un sal que mató todo el pasto”, comentaba Alba Torres, de Las Cruces. “Lo peor eran los días de lluvia, esa nube gris bajaba y no se podía respirar”, describe Ulises González Andrade, un ganadero del ejido Constitución Mexicana al que se le murieron 27 vacas.

Adolfo Pérez es maestro y director de la escuela Vanguardia revolucionaria, del SNTE, en Las Cruces. Llegó desde Poza Rica, una zona petrolera donde son comunes los accidentes y derrames de la industria. “Pero allá resuelven más rápido, acá pasaron meses y nada. La gobernadora Rocío Nahle y la presidenta Claudia Sheinbaum dijeron que estaba controlado, pero la mayoría de los niños están con gripe y tos, no se les quita”. Las quejas respecto a la atención de las brigadas médicas de Pemex se repetían en todos los ejidos. “Tú le dices ‘me duele la cabeza, me duelen los ojos’, y te recetan pastillas o gotas, pero no traen aparatos para revisarnos”, decía a mediados de julio Francisca Ramírez, de 68 años, quien se quejaba por un dolor de cabeza de cuatro días seguidos.

¿Terminó la tragedia?

Recién el sábado pasado Pemex logró lo que viene anunciado desde marzo: controlar el incendio, y que el pozo deje de emitir ese bramido ensordecedor que liberaba a la atmósfera una cantidad obscena de metano. “Un solo pozo quemó más de un tercio del gas que consumirían en todo un año los hogares de México”, apunta Manuel Llano, director de CartoCrítica, asociación civil dedicada a la producción de evidencia socioambiental para la defensa de los territorios. “Más de quinientas niñas y niños de primera infancia estuvieron casi cinco meses viviendo directamente bajo el humo de un pozo que Pemex no podía apagar”, puntualiza Llano.

Para Beatriz Torres Beristain, bioquímica en la Universidad de Veracruz y especialista en conflictos socioambientales, la mayor sorpresa es que aún no haya estudios epidemiológicos ni atención médica permanente ante una situación tan grave, sobre todo teniendo en cuenta que son poblaciones vulneradas en su salud, con poca atención médica y recursos escasos. Integrante del Comité de científicos convocado por la presidenta Claudia Sheinbaum para analizar las consecuencias del fracking, Torres Beristain compara la situación de Las Choapas con la explosión en la fábrica de plaguicidas Anaversa, de 1991, un caso emblemático de contaminación masiva ocurrido en Córdoba, Veracruz. “Nunca hubo evaluaciones a las poblaciones afectadas, pese a las muertes, cánceres diversos y enfermedades degenerativas en primera, segunda o tercera generación. Acá sucede lo mismo, va a empezar a enfermar y morir gente, y no se va a relacionar”.

EL PAÍS intentó entrevistar a la secretaria de Salud de Veracruz, Mariela Hernández —médica y expresidenta municipal de Las Choapas— y a funcionarios del gobierno estatal, pero evitaron hablar del tema. Con Pemex ocurrió lo mismo. Solo se puede acceder a comunicados de prensa que durante estos meses aseguraron que “el incidente no representa riesgo para la población civil cercana” o que “los líquidos y gases emanados del pozo se incineran de manera segura y controlada bajo monitoreo permanente de personal técnico especializado”.

La doctora Kathleen Nolan es una de las científicas más reconocidas a nivel internacional a la hora de hablar de impactos de la industria del gas y petróleo. La cofundadora y directora de la organización Concerned Health Professionals of New York expresó su preocupación por la rapidez con la que se manifestaron los efectos en la zona de Las Choapas. “En muchos casos que he visto en Estados Unidos, los problemas de salud asociados a pozos de petróleo, gas y fracking aparecen de forma gradual, a lo largo de meses o años. En este caso, los reportes sugieren que muchas consecuencias se presentaron en muy poco tiempo, lo que hace que la situación sea especialmente grave”, afirma.



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