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Dos derechas para un solo Gobierno: el gabinete que arma Abelardo De la Espriella



El gobierno de Abelardo de la Espriella iniciará en cinco días, y lo hará con el interrogante de hasta dónde será un ejecutivo propio de una derecha tradicional que ha gobernado en muchas ocasiones en Colombia, o si se trata de una de nuevo cuño, al estilo de las que han llevado al poder Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Jair Bolsonaro en Brasil o Donald Trump en Estados Unidos. Sus anuncios, sus intervenciones públicas y, sobre todo, las designaciones que ha hecho de miembros de su gabinete muestran que iniciará con una mezcla de los dos tipos de derecha, en una cohabitación que le permite ampliar sus soportes políticos, pero que también podrá ir trayendo tensiones a lo largo de su cuatrienio.

Los nombramientos de su equipo de trabajo son quizás la pista más fuerte por el momento. La dicotomía viene desde la propia campaña, cuando el abogado penalista —que se presentaba como un outsider que defendía “a los nunca” contra “los de siempre”— eligió a un miembro de la tecnocracia y el establecimiento de derecha como fórmula vicepresidencial: José Manuel Restrepo, economista, había sido ministro de Comercio y de Hacienda del presidente de derechas Iván Duque, rector de varias universidades, y era conocido en sectores académicos, empresariales y políticos. Se trataba, como se vio en ese momento, de una manera de tender puentes entre una candidatura disruptiva y una derecha con una larga tradición y muy establecida.

Esa misma derecha tiene varios representantes en el gabinete que ha designado De la Espriella. La ministra de Salud anunciada este jueves, Ana María Vesga, es una de ellas: abogada con más de quince años trabajando en asuntos de salud y líder gremial, es una muestra de la llegada de voces técnicas con miradas promercado, que han chocado con el saliente gobierno de izquierdas de Gustavo Petro. También llega con conocimiento de su tema el ministro de Defensa, Jorge Mora, un general retirado y con ideas muy a la derecha, algo que ha sido usual en los gobiernos más conservadores de las últimas décadas.

Un corte similar, aunque más político, tiene la anunciada ministra de Transporte, Elsa Noguera de la Espriella, exalcaldesa de Barranquilla, exgobernadora del Atlántico, antigua ministra de Vivienda, y quien ha tenido una carrera impulsada por el partido de derechas Cambio Radical.

Incluso allí podría ubicarse Rodrigo Lara, el ministro del Interior, que fue senador de Cambio Radical, ha sido cercano a expresidentes de derecha como Álvaro Uribe Vélez y Duque, y al exvicepresidente Germán Vargas Lleras, quien lideró una derecha que rivalizaba con el uribismo durante más de una década.

Del otro lado también hay caras notorias. Quizás la más visible es la del canciller designado, Omar Bula, un diplomático internacional y miembro de una tradicional familia antioqueña y cordobesa que defiende algunas de las ideas más características del movimiento MAGA en Estados Unidos: crítico de las Naciones Unidas, a la que llama “directorio de izquierda”, suele advertir sobre lo que llama “agenda globalista antioccidental” y argumenta que el cambio climático es una falsa “idea woke”.

Con rasgos similares, aunque quizás más local, está el designado para la cartera de Vivienda, exalcalde de Bucaramanga y pastor Jaime Andrés Beltrán, quien representa de forma clara la fuerza electoral de los movimientos cristianos. Pero quien quizás ha sonado más es una figura particular: la exsenadora y exfiscal general Viviane Morales. Aunque hizo camino en el Partido Liberal, ha mantenido un carácter de política cristiana que ha ido mutando con el tiempo: pasó de reflejar una defensa al Estado laico que trajo la Constitución de 1991 a cuestionar la apertura de la sociedad a situaciones como el matrimonio de parejas del mismo sexo, la adopción homoparental, la eutanasia o el aborto. Su designación en el Ministerio de Educación —que no es su especialidad, y es particularmente sensible por cuestiones como la educación sexual— ha despertado alertas en el movimiento LGBTI.

Este tipo de coaliciones entre figuras más conservadoras, más propias de una derecha conocida y que dan una sensación de continuismo frente a gobiernos previos y estabilidad para parte de la sociedad, se combina con las expectativas de cambio sin antecedentes que depara una campaña como la de De la Espriella. Las actividades del presidente entrante, centradas en anuncios calculados y muy simbólicos —como sacar entidades nacionales de Bogotá, designar a Barranquilla como sede alterna de gobierno, o cambiar el actual palacio presidencial para convertirlo en un museo— se combinan con anuncios fuertes, pero ya conocidos en Colombia: ultimátums a jefes de grupos armados ilegales, anuncios de endurecimiento de penas, guiños al sector privado y anuncios de recortes tributarios. Es una mezcla de un simbolismo más propio de la nueva derecha y recetas viejas y conocidas.

La suma de esas dos tendencias refleja la alianza amplia que impulsó al penalista a la Presidencia de la República, y marca un inicio con apoyos amplios y diversos. La intención de empezar su Administración emitiendo decenas de decretos de diferentes tipos le podrá dar juego a todos los sectores. Con un presidente que no ha ocupado cargos públicos y ganó más como comunicador disciplinado que como un experimentado administrador público, y probablemente la atención del país se concentre en desentrañar un Ejecutivo que fue elegido con enormes promesas de cambio, como el de Petro cuatro años atrás, y que a diferencia suya enfrenta una puja por el liderazgo en su espectro político, con la tensa relación entre el nuevo mandatario y el expresidente Uribe. Esta semana dará más pistas, y el 7 de agosto marcará de forma más clara el derrotero de Colombia.



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