Vidas de adulto, sueños de niño: el limbo de los adolescentes que cruzaron a Ceuta
No tienen cama, pero sueñan. Cada noche, Ayman y Zarkariya, de 16 años, buscan un escondrijo en el barrio ceutí de El Príncipe donde no haya militares, ni portales de viviendas, ni demasiada luz. Se enroscan en sus sábanas gemelas e intentan dormir.
Lo pretende también Zayd, de la misma edad, en su saco verde, dentro de una chabola con ocho adultos en el peor sector de la playa del Trampolín, donde cada noche estalla una pelea. Entró solo en la ciudad y en Tánger era mecánico. Cruzó con muchos sueños, pero el primero que menciona es aprender a escribir. El segundo, traer a su hermano pequeño con él.
A pocos metros, Abdelhamid, de 17 años, huye de todo en cuanto cae el sol. Sube con su manta marrón a alguno de los bloques de hormigón frente al mar y duerme mirando en dirección a la frontera por la que entró hace ya más de dos meses. Se arrepiente. No ha pasado nada de lo que soñó: acceder a un centro de menores, estudiar turismo en Barcelona, traer a su madre con él cuando logre un trabajo. “Sabía que sería duro. Estaba dispuesto”, dice sobre dormir al raso, hacer cola durante horas para lograr comida de Cruz Roja, pasar primero calor y luego frío. Le avergüenza parecer débil y no pronuncia la palabra “peaje”, pero suena a eso. Ahora ya solo sueña con la Policía. Desea que un día le despierten o le dejen entrar en comisaría, unirse a la fila de identificación para llevarle a un centro de acogida de menores. No ha pasado en 63 días, y el tiempo se le agota, discurriendo deprisa hacia otra frontera: la mayoría de edad. Le quedan meses para alcanzarla.
Centenares de adolescentes no acompañados que aún esperan plaza en los centros de Ceuta viven atrapados en el cruce de todas las contradicciones: no son adultos y tampoco niños, son menores pero por poco tiempo. Son vulnerables, pero no lo suficiente. Desde el cruce masivo, la ciudad acogió en los centros a los más pequeños, de los 8 hasta los 14 años, y también a las niñas. Pero ellos se quedaron fuera, convencidos de que serían los siguientes. Sin embargo, cuando la construcción de las instalaciones de acogida temporal se aceleró, la prioridad fue desalojar los asentamientos informales que más problemas generaban en la ciudad. Y volvieron a quedar excluidos. Aquellas eran para mujeres solas o con hijos, como la Hípica; o para varones adultos, como Loma Colmenar, Los Rosales y el Puerto. Aprovechando su apariencia de adultos, muchos se colaron en ellos, desesperados por un techo y una ducha. Pero la mayoría continúa esperando su turno, contando los días mientras el duro cascarón de los sueños con los que cruzaron se va agrietando.
Wahib, de 17 años, peregrinó durante un mes entre la Jefatura de Policía y el centro de menores de Las Naves de Tarajal, buscando plaza. Se hartó y llamó a un familiar en Tánger. Le pidió que le acercara hasta la frontera sus útiles profesionales: una maquinilla de afeitar, varias cuchillas y peines. Allí llevaba casi dos años trabajando de barbero, y aquí ha retomado su actividad junto a las olas del Trampolín, convencido ya de que necesitará pasatiempos y dinero para no enloquecer.

Wahib es el barbero más joven de la playa, el que deja a sus clientes un trozo de espejo roto, con forma de aleta, para que vean el resultado y le paguen la voluntad. “No tienen mucho. Gano por corte más o menos lo mismo que en Marruecos, unos 3 euros por cliente”, cuenta. Sus sueños tienen dos nombres: Saliha, el de su madre, y el de su futuro negocio, Wahib Barbería, como la piensa rotular. Los dos los ubica en Barcelona, donde vive un tío de su padre con el que espera reunirse. No quiere volver a estudiar, con una salvedad: “Español, sí”, apunta. Habla con su madre a diario por teléfono y renueva su promesa: va a traerla a España, él se encargará.
Ni adultos, ni niños
“Lo importante es que no volvamos a Marruecos”, dice Adam, también de 17 años y de Tánger. Allí ganaba de 8 a 10 euros al día, trabajando “de cualquier cosa”. Mecánico, obrero, manitas. Dejó el colegio a los 15, ya convencido de que sus sueños solo serían posibles al otro lado de la frontera. Lo planeó con un amigo, pero él se echó atrás el 31 de julio, cuando ya estaba en la orilla. “Él no sabía nadar y se asustó. Yo me tiré al mar”, recuerda. “No fue tan duro, tenía que haber venido”, lamenta. ¿Sigue pensado así viendo la condiciones en las que vive dos meses después? “Aquí estamos muy mal, pero hay alguna posibilidad. Yo estoy cansado, pero aún tengo fuerza. Allí no hay ninguna”, dice Adam, señalando hacia Marruecos.

Mohamed, de 16 años, se hizo nadador para poder cruzar. Lo intentó varias veces. El día que lo logró, pasó cuatro horas y media en el agua. Fue dos días antes de la entrada masiva. “Cuando vi todos lo que entraron el jueves, me derrumbé. Me dije que, con tanta gente, ya no iba a lograr [lo que quería]”. Buscaba, en esencia, lo mismo que todos: entrar en un centro de menores, cruzar el Estrecho, encontrar un trabajo, mandar dinero a sus padres y después traerlos con él. Su ensoñación tiene forma de isla: Ibiza, donde viven dos de sus tíos. “He visto las playas, no son como estas”, les desvela a los demás, socarrón. Saca el teléfono y les muestra las fotografías de su familiar en Instagram, donde se observa cómo hace el símbolo de la victoria frente a un arenal blanco salpicado de mullidas camas balinesas. Cuenta que es cinturón rojo de taekwondo y eleva la pierna hasta el cielo para demostrarlo. Ya ha consultado el club al que se unirá en Ibiza para escalar hasta el cinturón negro. Se atusa los rizos rubios y reconoce que aquí se ha metido en peleas, pero que ya está “más tranquilo”.
La mayoría solo habla dariya, pero las dos palabras que mejor conocen en español revelan mucho, casi todo: “Península” y “Familia”. En ellas atrapan los sueños con los que llegaron a Ceuta. Quieren cruzar el mar y ayudar a sus padres. Algunos son huérfanos; muchos, hijos de matrimonios separados o monoparentales a cargo de su madre; otros viven con abuelas o tíos.

La mayoría dejó los estudios para buscar un trabajo a una edad ilegal en la mayor parte de los países occidentales. Los hay que arrastran situaciones de violencia y pobreza, otros solo veían un horizonte negro, de una oscuridad incompatible con sus anhelos. Han llevado vidas de adultos en Marruecos, y en cuanto cruzaron el Tarajal se convirtieron en menores no acompañados. Sus padres no quieren que vuelvan, les instan a seguir intentándolo, a aguantar porque el tiempo les estrangula las posibilidades. Cualquier adolescencia es por definición un período intermedio, de transición entre dos mundos, pero la suya tiene además la urgencia de última oportunidad. Los 18 amenazan todo. Como adultos podrán ser expulsados, como menores pueden aferrarse a algo, para sí mismos y para quienes no les acompañan. Cruzaron una frontera, pero quedaron acorralados en otra: adultos en todo lo que la vida les exige y niños en todo lo que todavía esperan de ella.
Así que, siguen soñando. Y muchos de sus sueños son como los de otros chavales de su edad. “Yo quiero ganar el Balón de Oro”, dice Yasser, de 17 años, peloteando una superficie esférica a la que hay que poner voluntad para llamar balón. Él quiere ir a Valencia porque ha visto fotos y dice que allí las chicas son muy guapas. Anas, de 17 años, se visualiza cada noche viviendo en Francia, haciendo pasteles en su propio negocio y regresando después a una casa con jardín y muchos hijos. No da más detalles porque son ya las seis de la tarde, y tiene que ponerse a la cola de la comida, que tardará unas dos horas en recibir. Está contento porque hoy, tras muchos días, ha encontrado un colchón tirado en un contenedor y esta noche podrá soñar con pasteles sobre una superficie sucia, pero mullida.



